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Hemos visto estos días una fotografía de Gregor von Rezzori que se sale de los parámetros de la mayor parte de las imágenes que se encuentran de él, que se mueven en el espectro que va de joven apuesto a anciano apuesto, pasando por galán maduro apuesto. En ella está al pie de las escaleras de lo que parece el porche de un jardín mediterráneo: mampostería irregular, madera rústica, árboles de sombra. Viste de blanco, pañuelo al cuello y sombrero de paja que deja ver unas enormes patillas. Con una mano saluda, en la otra porta una cabrita negra. Pertenece al rodaje de ¡Viva María!, una película francesa-italiana rodada en México por Louis Malle en 1965, donde interpreta a un mago de circo que vive en algún país imaginario de América Latina.
La foto nos ha hecho pensar en otra película del mismo año, Campanadas a medianoche ( Falstaff) y con la misma actriz, Jeanne Moreau. Un Orson Welles de cincuenta años buscando en España el dinero necesario para seguir llevando al celuloide toda esa desbordante imaginación visual que Hollywood rechazaba. Welles engañando al productor español Emiliano Piedra, al que había prometido hacer una versión de La isla del tesoro que ni siquiera llegó a escribir. Un Welles de físico excesivo interpretando un personaje de Shakespeare que parece un retrato suyo en la que quizá sea su mejor película (al menos dijo alguna vez que era su favorita). Un artista desplazado, arruinado, utilizando su arrolladora personalidad para invertir cada céntimo en algo que llevarse a la cámara, en seguir adelante con su obra y su leyenda, si es que pueden separarse.
No tienen mucho que ver la obcecación de Welles y el diletantismo de Rezzori, que escribió bestsellers, colaboró con superficiales revistas ilustradas y trabajó por supervivencia –la supervivencia de un dandi– para lo que él llamaba “los cerdos del cine” mientras bullía en él la necesidad de escribir algo que él considerara verdadera literatura. Pero resulta tentador emparentarlos bajo la luz del mito de lo crepuscular. Cada uno a su manera, testigos de algo que deja de existir.
“Me siento como extraviado en el vestuario de un teatro: bajo montones de disfraces polvorientos y raídos. Podría ataviarme con cualquiera de ellos; sin embargo, ninguno encajaría conmigo”, escribía Rezzori en Monólogo del desorientado. Rezzori trabajó sobre una idea que llamó Epochenverschleppen: sentir que vivimos el presente, pero en nuestra vida, desde los valores hasta los muebles, se superponen capas del pasado que nos determinan. Ser anacronismos andantes.
Gregor von Rezzori (1914-1998) nació en la Bucovina, una región oriental del Imperio Austro-Húngaro que fue anexionada a Rumanía y luego a la Unión Soviética. Su leyenda de apátrida errante dice que nació en un carruaje camino del hospital. Y el mundo que habían vivido sus padres dejó de existir, se convirtió en una pieza más del puzzle de entreguerras, esa época que él definió como los treinta años de guerra civil europea. Su vida está llena de nombres que remiten a esplendores pasados: Viena, Trieste, Przemisl, Dornbirn, Transilvania, Linz, Sarajevo, Leibach, Charnovitz –su ficticia Chernopol–, Budapest, Keckmet… enumera en un breve estudio sobre los cafés del imperio. Esa geografía, esas resonancias, están presentes en su obra.
Su escritura es un trabajo de recogida de fragmentos de la vieja Europa, que se alimenta de la nostalgia pero su actitud aristocrática de ceja levantada, el humor y la ironía nos hacen sentir que todo aquello sigue vivo, al menos en su escritura, que es lo que nos importa. Ante la derrota de lo perdido, derrocha una especie de actitud de celebración. El pintor Georg Grosz –con quien compartió una crítica despiadada hacia la conciencia de la que se nutrió el nazismo– celebró ese tono en una carta comparando su obra con “la seriedad bestial” de Alemania. Junto a eso, su desapego del género humano cuando actúa como colectivo, el poder devastador del futuro.: “No se les puede reprochar a las bacterias que sean unos hongos desintegradores, esa es su función”, escribe.
Cuando empezamos con esa manía nuestra de elegir nuestros libros favoritos del año, el primero fue su La muerte de mi hermano Abel. Unos meses después, nos visitaron José Aníbal Campos –que ha traducido la mayor parte de su obra– y su viuda, Beatrice Monti della Corte, galerista italiana con la que se instaló ya en la cincuentena en una casa en la Toscana que ella convirtió después en una acogedora residencia para escritores sobre la que ya hemos escuchado muchas historias.
De Conatus acaba de editar ahora Tras mi rastro, las memorias que publicó unos meses antes de su muerte. En ellas está todo: el territorio perdido de la infancia, la tensión entre la recepción de su obra en Alemania como la de un escritor de entretenimiento y su voluntad de escribir gran literatura, la efervescencia cultural de entreguerras y el auge del nazismo, la historia con minúscula y con mayúscula. Hemos vuelto a disfrutar mucho dentro de ese mundo perdido, vagando por su memoria de cautivador y su estilo brillante.