domingo, 14 de julio de 2024

Los vulnerables Sigrid Nunez Un trío inusual se ve forzado a convivir en un apartamento durante el confinamiento. Una novela preciosa sobre la amistad y la empatía.

https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/los-vulnerables/9788433922977/PN_1133 Esta semana, en nuestra penúltima newsletter antes del descanso estival, queremos poner el foco en uno de los libros de la rentrée: Los vulnerables, la nueva obra de Sigrid Nunez, que publicaremos el 18 de septiembre con traducción de Mercedes Cebrián. Una novela sobre amistad y relaciones humanas, sobre literatura, vida y duelo, en la que un inusual trío de personajes se ve obligado a convivir durante el confinamiento. Sin más preámbulos, os dejamos con este maravilloso fragmento del libro: Me gusta la forma en que Rousseau declara en la primera frase de su autobiografía que está a punto de hacer algo que nunca se ha hecho antes y que nunca se volverá a hacer. El problema con cualquier primera frase, dijo Joan Didion, es que te quedas atrapada en ella. Todo lo demás fluirá a partir de esa frase. Y en el momento en el que pongas las dos primeras frases, todas tus opciones se habrán esfumado. Antes de empezar, demasiadas opciones. Después, en la siguiente exhalación, ninguna. Cuando no puedas dormir, dice un viejo remedio contra el insomnio, empieza a contarte la historia de tu vida. Por alguna razón, el bloqueo del escritor siempre me ha parecido una especie de insomnio. Me gusta que Norman Mailer dijera que hay un toque del bloqueo del escritor en el trabajo diario de un escritor. No recuerdo quién dijo, El insomnio es la incapacidad para olvidar. Cuando te cueste escribir, levántate, sal, date un paseo por la calle. Descubrirás que ciertas calles existen precisamente con ese fin. Una vez vi a un hombre –sin hogar, por su aspecto– rebuscando en la basura. Sacó un par de páginas de periódico, las examinó y las volvió a tirar. Buscando más al fondo, sacó una revista, echó un vistazo a la portada y la volvió a tirar. Mierda, dijo, alejándose. Ya no hay nada que leer en estos putos contenedores. Rousseau continúa diciendo que ha adornado la historia de su vida solo para llenar vacíos cuando le fallaba la memoria. Pero, por descontado, nunca te avisa. Nunca escribas «no me acuerdo», dice el Editor; debilita tu autoridad. Pero si escribes como si lo recordaras todo el Lector se olerá que algo no cuadra. Me cae bien el estudiante de mi curso de posgrado en narrativa que dijo, He leído tus novelas y hay una cosa que tengo que preguntarte: ¿te has inventado algo? Me gusta que Allen Ginsberg le dijera a un adolescente que quería saber sobre qué debía escribir, que escribiera sobre el amor que sentía por sus amigos. Una vez cometí el error de escribir sobre un amor demasiado pronto después de que se acabase, olvidando el consejo de Chéjov de que uno debe sentarse a escribir solo cuando se sienta frío como el hielo. ¿Cómo puede ser un gran novelista un hombre que no sabe nada sobre el amor?, dice un personaje de una novela de J. M. Coetzee acerca de un personaje llamado John Coetzee. Me gusta que Virginia Woolf dijera, Todo lo que leo estos días, incluida mi propia obra, me parece demasiado largo. Que Borges dijera, A diferencia de la novela, un relato puede ser, a todos los efectos, esencial. Pero no que Jeanette Winterson haya dicho, Creo que los libros largos son groseros. No que Céline dijera, Las novelas son algo así como el encaje, un arte que se extinguió con los conventos. Cada vez me gusta más la idea de un seudónimo. Sugared Nouns fue la sugerencia del ordenador, después de pasar el corrector ortográfico. Algunos escritores usan seudónimos para poder ser más veraces; otros, para poder decir más mentiras. Me gusta cómo Lily Tomlin solía presentar una parte de su actuación, El siguiente sketch es sobre mis padres. He cambiado sus nombres para proteger su identidad. Puedes empezar por el cine de ficción o por el documental, según Jean-Luc Godard. Empieces por el que empieces, inevitablemente acabarás encontrando el otro. Me gusta el témpano de hielo en el corazón que, según Graham Greene, todo escritor ha de tener. Yo lo tengo. Y la pizca de estupidez de la que Flannery O’Connor dijo que el escritor de ficción no puede prescindir. Yo también la tengo. Me gusta que Alan Bennett haya dicho, Para un escritor, nada es tan malo como para los demás, porque, por espantoso que sea, le puede ser útil. El oncólogo dice, Eso no me suena a ningún escritor que yo conozca. Me gusta la paráfrasis que hace John Banville de Bennett: Los escritores no sufren tanto como las demás personas. Como un enorme golpe de suerte describió García Márquez su diagnóstico de cáncer, pues le animó a empezar a escribir su autobiografía. Siempre hay una hoja de papel. Siempre hay un bolígrafo. Siempre hay una salida, escribió H. L. Mencken, quien, sin embargo, esperaba que su vida no durara demasiado. Escribir..., papel..., lápiz se dice que fueron las últimas palabras del poeta Heine. A menos que fueran: Por supuesto que Dios me perdonará; ese es su trabajo, como también se ha dicho. Me gusta que, al final de su vida, Darwin dijera que querría haber leído más poesía. Que Keynes dijera que querría haber bebido más champán. Que Chéjov dijera, Hace mucho tiempo que no bebo champán, y luego apurase su copa y muriera. Me gustan las últimas palabras. Beethoven: En el cielo oiré. Käthe Kollwitz: Buena suerte a todos. Tráiganme una escalera. ¡Rápido, una escalera! (Gógol) Y epitafios chiflados: Sé que no a todo el mundo le parece triste esto. Quería escribir una novela cómica, entonces me di cuenta de que tenía mi propia vida a mano. Sugared Nouns: Mi vida y muerte como escritora. Una vez que emprendes el camino de la autobiografía, se preguntaba Calvino, ¿dónde te detienes? Siempre habrá encajeras, siempre habrá conventos. Pero hacia ti, mi amor, nunca me sentiré tan fría como el hielo.

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