viernes, 10 de julio de 2026

Pol Guasch lee 'Reliquia'

https://www.anagrama-ed.es/video/pol-guasch-lee-reliquia--264

Booktrailer de 'La Antártica empieza aquí', de Benjamín Labatut

https://www.anagrama-ed.es/video/booktrailer-de-la-antartica-empieza-aqui-de-benjamin-labatut-269

Presentación de 'Las jefas', de Esther García Llovet

https://www.anagrama-ed.es/video/presentacion-de-las-jefas-de-esther-garcia-llovet-267

Marta Morros, traductora de Yoko Tawada

Roger Bartra presenta 'Ecos de la melancolía'

Brigitte Vasallo habla sobre 'La fosa abierta'

Troya Stephen Fry Traducción de Rubén Martín Giráldez La guerra de Troya como nunca la habían contado: espectacular, vibrante, divertida y conmovedora.

https://www.anagrama-ed.es/libro/argumentos/troya/9788433906298/A_598 Hay escenas, imágenes, atmosferas, que sobreviven a los siglos no por su grandiosidad, sino por su delicadeza. Imagina un perro que lleva veinte años esperando. Imagina que aparece un mendigo. Imagina que el mendigo baja la mano para acariciarlo. Imagina que el perro levanta la cabeza y gime de alegría. Emite un gruñido grave y el perro expira. Imagina que el mendigo entra, justo después, a un palacio entre lágrimas, «con el mayor esfuerzo de autocontrol que jamás había necesitado». Imagina que respira hondo, se serena y se recompone. Y, luego, encorvándose de nuevo como un mendigo, gira el pesado anillo de bronce de la puerta y entra en el que, un día, fue su palacio. El perro es Argos. Y el mendigo, Odiseo. «Lo había visto por última vez casi de cachorro, aullando lastimero en el muelle veinte años atrás cuando su amo partía rumbo a Troya», escribe Stephen Fry en Odisea, su reinterpretación del texto homérico, relatado por un gran narrador contemporáneo que consigue reavivar la historia y ofrecer nuevas perspectivas sobre la interpretación clásica del mito. En esta escena, una de las finales, Odiseo regresa por fin a casa después de una larga travesía. Es él, aunque nadie lo sabe. Los años, las guerras y las pérdidas han cambiado su rostro, ahora más cansado, agotado, y ni los criados ni los pretendientes de Penélope que ocupan su casa son capaces de reconocerlo. Solo Argos. Quizá toda la Odisea se pueda leer a través de este pasaje. Se suele decir que el poema de Homero es la historia del viaje por excelencia, aunque el viaje, en realidad, ocupe menos espacio del que parece. Lo verdaderamente extraordinario es el regreso, porque regresar no consiste solo en volver a un lugar, sino en enfrentarse a la pregunta sobre si todavía existe un lugar al que regresar. El mundo ha cambiado durante ese período de ausencia. Odiseo vuelve a Ítaca convertido en otro hombre. Y el tiempo ha hecho su trabajo sobre él. Nadie lo reconoce, no porque el disfraz sea perfecto, sino porque toda transformación vuelve irreconocible incluso a aquello que permanece. La fidelidad de Argos es conmovedora: no se trata de obediencia, sino más bien de memoria. El perro recuerda. Ve la esencia allí donde los demás solo perciben la apariencia. Mientras el resto necesita un nombre o un rostro, Argos reconoce una presencia. Tal vez esa sea una de las preguntas fundamentales: ¿qué es lo que permanece cuando el tiempo lo transforma todo? ¿Qué es lo que queda sin corromperse, sin marchitarse? La aventura se vuelve una interrogación sobre la identidad, el paso del tiempo y lo que permanece intacto, y Stephen Fry entiende muy bien la vigencia de todas estas cuestiones, como ya vimos en las entregas anteriores de su tetralogía sobre los mitos de la antigua Grecia conformada por Mythos, Héroes y Troya. Hay algo que no se encuentra en las batallas: algo que solo permanece en los instantes mínimos que iluminan la condición humana. Una mirada. Un gesto. Un reconocimiento silencioso. Ese alzar la cabeza de Argos y esa mirada cruzada entre ambos que dice: estoy aquí, estás aquí, he vuelto.