sábado, 19 de septiembre de 2026

Gran manual del fracaso Desmontar el éxito, la identidad y el amor Juanpe Sánchez López ¿Se puede aprender a fracasar? ¿Se puede fracasar bien? ¿Cómo romper ese palito recto con el que nos medimos?

https://www.anagrama-ed.es/libro/nuevos-cuadernos-anagrama/gran-manual-del-fracaso/9788433950833/NCA_112 Entrelazando lo personal con el análisis cultural, Gran manual del fracaso, de Juanpe Sánchez López, reflexiona acerca de la dicotomía entre éxito y fracaso y cómo estos conceptos han permeado en nuestras vida, en ocasiones convirtiéndolos en la vara de medir diversos aspectos íntimos, como nuestros cuerpos, el amor o incluso la forma en que nos acercamos al arte. Aprovechando que la semana pasada este ensayo llegó a librerías, hemos conversado con el autor sobre algunos de los aspectos claves del libro. El título, Gran manual del fracaso, con la ironía. ¿Crees que existe el riesgo de convertir también el fracaso en una nueva forma de rendimiento? Fracasa mejor, aprende de tus errores, conviértete en una versión mejor de ti mismo. El título es irónico no solo con la propuesta contradictoria que supone en sí la idea de manual con el fracaso, también es juguetón con el propio formato del libro, que es una cosa pequeña, manejable, corta; y a la vez ese «gran manual», como si ahí fueran a estar encerradas todas las respuestas. Lo que quería hacer con esa contradicción del título es encerrar justamente el oxímoron al que nos enfrentamos cuando intentamos manejar, controlar e incluso aprovechar el fracaso. Y contestando a la pregunta, no creo que exista el riesgo porque ya es una realidad. El fracaso ya se está convirtiendo en una parte del discurso neoliberal: fracasamos para tener éxito, nos caemos para aprender a ser mejores. Esta idea de que todos tenemos que pasar por la fase del fracaso es una trampa, porque invisibiliza el hecho de que hay personas que juegan con ventaja, que están mucho más cerca del éxito, por su clase, por su género, por su raza; y, sobre todo, crea una idea individualizadora del camino: eres tú quien tiene que trabajar, eres tú quien tiene que aprender, estás solo. Cuando este fracaso lo absorben los discursos de la productividad y de la normatividad, se borran las condiciones sociales, culturales y económicas. Hay una imagen muy potente que aparece a lo largo del libro: ese «palito recto» con el que desde pequeños aprendemos a medir nuestras vidas, y que, sin embargo, tú sostienes que estaba roto desde el principio. ¿El problema está en nuestra incapacidad para alcanzar la medida o quizá se encuentra en la medida misma? ¿En qué momento uno se empieza a plantear esa reflexión? No sé si hay un momento generalizado o único que te hace saber que el problema no afecta meramente a lo individual y que es, sobre todo, una cuestión colectiva, social y cultural. Desde luego, sí creo que este conocimiento está ligado a una sensación en la que uno se piensa como insuficiente, como fracasado. Ocurre cuando no pasamos una prueba, cuando no conseguimos algo que supuestamente queríamos (...) cuando de repente detrás de esa decepción, de esa tristeza, se amaga un atisbo de placer, de honestidad, de que ahí hay algo que importa, de que en ese hacerlo mal, hacerlo fracasadamente, existe un destello de espacios que desearíamos transitar, aunque no sean los más aplaudidos, los más prestigiosos o los más normativos. Quiero decir: sospechamos que aquello a lo que llamamos éxito no nos encaja cuando fracasamos; y ese fracaso nos hace ver que hay otros caminos y que esos caminos quizás sean más alegres y más disfrutables para nosotros. Reflexionas también sobre el discurso del fracaso y el cuerpo como una economía de compensaciones: si no puedo ser deseable de una manera, intentaré ser excepcional de otra. ¿Hasta qué punto nuestras identidades se forjan como estrategias para compensar aquello que previamente hemos aprendido a considerar una falta? Nuestras vidas se comprenden dentro de unas dinámicas que pueden ser crueles y violentas, en las que uno debe poseer ciertos rasgos, actitudes y aptitudes para ser mínimamente querido, mínimamente respetado, mínimamente incluso tolerado. Una vida tranquila significa, muchas veces, ajustarse más o menos a estos patrones. Cuando uno detecta que puede haber algún o algunos fallos en uno mismo con respecto a ese sistema de valores, que no es capaz de cumplir algunos de esos criterios, la respuesta –diría que más obvia e instintiva– es la compensación. Ahora bien (y espero explicarme de forma clara): esta compensación no es un desvío de nuestra verdadera identidad sino que es en sí un rasgo fundante de nosotros mismos. La compensación que se nos empuja a producir para poder ser queridos, respetados o tolerados forma parte intrínseca de quienes somos. Es una estrategia de supervivencia, pero también es un trozo verdadero de nuestro corazón. Ahí está su carácter trágico, porque debajo de lo que nos pasa y de lo que hacemos, debajo de nuestro cuerpo o de nuestros sueños, no hay nada, no hay un verdadero yo: nuestro yo está en aquello que somos capaces o incapaces de hacer para poder ser queridos. Es la condena y a la vez la fortuna de estar vivos: qué hacemos con lo que fuimos, con lo que queremos ser, y cuál es nuestra capacidad de acción, cuáles son nuestros límites. También analizas el fracaso desde la perspectiva amorosa. El amor es uno de los lugares donde intentamos convertir la vida en una historia de éxito. De hecho, quizás uno de los mayores fracasos amorosos sea precisamente exigirle al amor que garantice que no vamos a perder. ¿No es esa una contradicción irresoluble? Es un cliché decir esto pero el amor es una cosa compleja. Por un lado, porque nos proporciona seguridades, promesas, visiones hacia el futuro. Por otro, porque es fragilísimo, muchas veces ininteligible y, por supuesto, incontrolable (¿podemos hacer cosas para que nos amen más?). Pero también, por esa misma complejidad, es una cosa hermosa. Vivimos en un momento muy concreto donde se han deshecho muchos mitos del amor romántico y de esa idea que parecía irrompible del «para siempre». Eso nos lleva a terrenos de la incertidumbre: ¿qué hacer entonces si hay cosas que no son duraderas?, ¿a qué nos podemos agarrar? Es quizás más difícil, pero seguro que también es más justa y más satisfactoria una idea del amor que no se da por supuesta, que es dependiente de los sucesos, de los roces, que es accidental. Es mucho más interesante pensar en que las cosas se pueden acabar y que, de hecho, se acaban, porque así podemos contarlas, porque así sabemos que son frágiles, que son importantes, que nosotros estamos inmersos en un mundo donde, a pesar de muchas cosas –y a la vez: gracias a muchas cosas–, terminamos mirando alrededor, buscando miradas, buscando las manos, queriendo que nos quieran. La existencia del amor nos recuerda que no podemos vivir solos y, sobre todo, que seguramente no querríamos vivir solos. Y ese pensamiento que mira hacia lo comunitario es profundamente político.

Limitación y Liada La mejor venganza contra nuestros adversarios es la longevidad creativa, no la autodestrucción espectacular o el diletantismo flaneuresco. POR KIKO AMAT

https://www.anagrama-ed.es/noticias/general/limitacion-y-liada-1692 Los escritores tenemos una relación complicada con el alcohol; esto no debería ser una novedad para nadie. Josep Pla afirmaba que, para los autores que «no disponían de ninguna capacidad ni de ninguna chispa de imaginación» (entre los que se incluía, con impropia modestia), el alcohol era «un elemento que más o menos la produce». En efecto, la experiencia nos enseña que el bebercio, como bien afirmaba el senyor de Llofriu, producía en el escritor una cierta «riqueza interna», pero que a la vez, a la hora de manifestarla, uno ya no podía seguir confiando en él [el bebercio], porque tendía a «debilitarla» [la riqueza]. (i)

Una conversación con Juanpe Sánchez López

https://www.anagrama-ed.es/noticias/general/una-conversacion-con-juanpe-sanchez-lopez-1693 Hay una imagen muy potente que aparece a lo largo del libro: ese «palito recto» con el que desde pequeños aprendemos a medir nuestras vidas, y que, sin embargo, tú sostienes que estaba roto desde el principio. ¿El problema está en nuestra incapacidad para alcanzar la medida o quizá se encuentra en la medida misma? ¿En qué momento uno se empieza a plantear esa reflexión?

Londres se está ahogando y yo vivo junto al río

Londres se está ahogando y yo vivo junto al río A partir de la muerte violenta de un joven de clase media-alta, periodista Patrick Radden Keefe ha escrito el libro sobre el Londres del siglo XXI. Lo leemos y te contamos todo lo que pasa esta semana en Corsarias. https://letrascorsarias.com/noticias/noticias.php Lo que pasa en Corsarias Esta tarde se la dedicamos a la editorial Consonni, uno de los sellos fijos en la librería. Dos libros recientes, dos autoras. Danele Sarriugarte presenta otra cosa, una novela kuir y mutante “cuya protagonista vive desplazada por el hambre de cambio, por el deseo de ser otra persona, y así escribe”. Sarriugarte ha traducido al euskera la obra de Angela Davies, Barthes o McKenzie Wark. Alba Dalmau trae Si una familia, donde se pregunta: “¿Qué es una familia? ¿Qué formas puede adoptar? ¿Existen alternativas al vínculo de sangre o, como dice el tópico, la familia no se escoge?”. Conversa con ellas Marina Capasso. Mañana, sábado a las 19h, Enrique Ariño plantea una lectura de su poemario Estructura de la Tierra, deriva, que se articula en torno al sentido del viaje como un imán que dirige hacia el destino y el regreso. “El viajero no logra evadirse pues cada estación agranda las ausencias”, escribe. Arqueólogo y viajero, Ariño recorre territorios lejanos y cercanos. Más poesía el martes. Fernando González García, meticuloso investigador de las prácticas cinematográficas y traductor de Pasolini, comenzó su trayectoria poética con Visita nocturna y ahora presenta su segundo libro, Bajo techos a dos aguas de roca viva, “madre, madriguera, refugio, ruina”, una exploración sobre el espacio convertida en lenguaje. Conversa con Antonio Marcos. Domingo Hernández se ha sentado en esas butacas que ponemos para los encuentros a conversar con gente como Gospodínov, Anna Starobinets o Cărtărescu. Ahora le toca a él hablar de su libro. Traductor de Hegel y gran especialista en Ortega y Gasset, su escritura ensayística mira a la tradición de la estética como disciplina filosófica y chisporrotea con los ejemplos contemporáneos de la cultura popular, que lee con profundidad. Salir sin guardar tiene la convicción de que la imaginación nos ayuda a distinguir entre “narraciones y ficciones y Narrativas y Relatos” como un “pequeño ejercicio destructivo, un leve antídoto contra la planitud de lo obvio y la información construida”. Es el miércoles, le acompaña Víctor del Río. Jueves para Ayesha L. Rubio: “Desde lo alto de una colina, Coyote, tan antiguo como el mundo, contempla la historia de los humanos, que le fueron confiados”. Volverán como fuego es su obra de debut y en estos cuentos compone un retrato coral del desarraigo y el desplazamiento, destinos no elegidos, empatía con vidas aparentemente remotas. “Cada relato es una amenaza que te mira de frente, firme como una serpiente de cascabel”, ha escrito Lucía Solla. Conversa con el escritor Juan Gómez Bárcena. Próximo fin de semana repleto: el viernes vienen Mariano Peyrou y Ángela Segovia, y el sábado una sesión infantil por la mañana con Habichuela y música de cine de terror por la tarde con Javier Castellanos. Tenemos plazas disponibles para esa sesión infantil, titulada Cuento que te cuento, donde Encarna jugará con libros como Ernestina la gallina, 27 casas, de Raúl Vacas, o El gallo sale a ver el mundo, de Eric Carle. Anímate. Está recomendado a partir de 4 años y puedes reservar por teléfono en el 923 216 704 y en nuestro correo principal, letrascorsarias@gmail.com.

HIJO DEL OLIGARCA, EL UN JOVEN IMPOSTOR. UNA TRAGEDIA FAMILIAR. UNA CIUDAD DEVORADA POR LA CORRUPCION RADDEN KEEFE, PATRICK

https://letrascorsarias.com/libro/hijo-del-oligarca-el_142521 Del Londres de leer sabemos unas cuantas cosas. Del Londres de viajar también y se resumen en una: no vayas con poco dinero. Tal vez esto del dinero sea importante más adelante (más adelante en este texto, queremos decir). Londres, la gran metrópoli. Charles Dickens arrastrando su insomnio por las calles, escuchando a borrachos, vagabundos y desesperados en las tabernas, mirando con sus ojos entre la niebla del Támesis, ese río que era a la vez un gran estercolero, “una imagen de la muerte”, y la vía por donde entraba toda la riqueza colonial, una especie de sumidero que tragaba todo lo que vertía la ciudad y todo lo que el mundo tenía para tomar en los territorios de ultramar. En el capítulo titulado ’Las calles de Londres’, de su sátira colonial Música acuática, T.C. Boyle agarra a Dickens y lo pasa por aquel chiste de los Monty Python titulado ‘Los cuatro de Yorkshire’, unos ricos que compiten a ver quién era más pobre en su infancia. “Hubo una época en que las calles de Londres, plagadas de miasmas y enfermedades, eran una sucesión de estercoleros unidos en vasos comunicantes, dos veces más peligrosas que un campo de batalla y tan aquejadas de incuria como las mazmorras de un manicomio. Eran tiempos muy duros”, escribe. Y continúa con una detallada descripción de todo lo que se encontraba por la calle. El antihéroe Ned Rise, entre el fango y la alta alcurnia, el casi llegar pero no, siempre ha habido clases. Will Self nos llevó al oscuro corazón de sus mercados y callejones ocultos en ‘Foie humano’, un cuento incluido en Hígado: un tugurio clandestino llamado The Plantation donde beben y beben y vuelven a beber gentes de toda condición, donde se mezclan artistas de éxito con hombres de negocios y otras gentes del hampa. Esa imagen de Self seguramente toma algo de la obra de Iain Sinclair, el paseante, el lector de indicios, una especie de médium entre las capas sepultadas de la ciudad y el presente, como se ve, por ejemplo, en La ciudad de las desapariciones. Hay en Sinclair la certeza de la maquinaria pesada del comercio y la explotación haciendo crecer una ciudad que él recorre, explora y documenta desde los años sesenta: fábricas, toda la actividad portuaria, tiempos de hardware. Él ha vivido lo suficiente para asistir a un tiempo de software, donde la economía obedece a la especulación, las transacciones desde paraísos fiscales, toda esa red opaca que ha configurado la Londres del siglo XXI. Una ciudad todo fachada donde no es oro todo lo que reluce y todo lo que brilla esconde algo. Y en esto que llega a la ciudad el periodista Patrick Radden Keefe y escribe un libro sobre esa Londres del presente, la de la apariencia. A primera hora de la madrugada del 29 de noviembre de 2019, un joven de diecinueve años llamado Zac Brettler cae al Támesis desde un balcón del quinto piso del edificio Riverwalk, una lujosa propiedad en una zona de expansión inmobiliaria. Era el menor de dos hermanos de una familia británica de clase media-alta, pero en otros ámbitos se le conocía con un apellido ruso: se había hecho pasar por el hijo de un oligarca, ese tipo de nuevos ricos que se repartieron los muebles en la mudanza de la antigua URSS hacia el capitalismo y que en Londres encontraron tendida la alfombra roja que siempre despliega el olor del dinero. Decía que estaba metido en negocios, mucho moni en el banco. Cuando murió, la policía investigó su cuenta corriente: tenía cuatro libras. ¿Se suicidó o fue asesinado? El hijo del oligarca es su historia. “Tengo la sensación de que ha resuelto varios asesinatos”, dijo su colega de The New Yorker, Jia Tolentino, sobre la tenacidad de Patrick Radden Keefe (PRK) para internarse en los laberintos de los sumarios judiciales. La adaptación a serie de televisión de No digas nada –su retrato coral sobre los años duros del conflicto en Irlanda del Norte y ensayo corsario del año 2020– le han colocado en una posición extraña para un periodista, alguien más acostumbrado a hacer las preguntas que a contestarlas, a prestar atención que a convertirse en su centro. Si en libros como El imperio del dolor –sobre la crisis del fentanilo en USA– y Cabeza de serpiente –la inmigración china a Nueva York– había aterrizado grandes tramas hasta el detalle, ahora pone el foco en un caso muy concreto y se mantiene muy cerca de los padres de Zac, que mantuvieron a lo largo del tiempo abierta la pregunta sobre cómo había ocurrido lo que le pasó a su hijo. El cómo es importante. El hijo del oligarca es un compendió total de PRK: el investigador implacable en busca del dato preciso, el perfilador de personajes (algo que ya comprobamos en su magnífico Maleantes), el que amplia la mirada para ofrecer todo el contexto. El que ha depurado su forma de contar las cosas hasta llegar a un texto que es puro músculo: ese vigor del periodismo narrativo para implicarnos en una historia real con toda la fuerza de las ficciones mejor construidas, una extraña mezcla rítmica entre lo transparente y lo adictivo. PRK huye de las estrategias tan ubicuas y sensacionalistas del true crime: no hace trampas, no inflama, no inventa hipótesis espectaculares. Busca comprender: a los padres –fuente de la que proviene la gran parte de su investigación– y su sentido de culpa, las genealogías familiares de los sospechosos –desde la Uganda colonial a la metrópoli o a los gánsteres tipo Carter–, la ciudad como un ente en transformación vendida al pelotazo, el dinero viejo y el nuevo y sus colegios de pago como vía de acceso a la élite. El pasado colonial y el presente reflejándose como espejos. Es un libro sobre la mentira, el fingimiento, la ocultación, ese camino al éxito cuya cara B acabó con la vida de un chaval de diecinueve años al que un criptobró le ardía dentro. “Es como si la ciudad hubiera pasado directamente del siglo XIX al XXI”, dijo un periodista sobre la mentalidad del pelotazo. “Londres se está ahogando y yo vivo junto al río”, cantaban los Clash en ‘London Calling’. London Falling se titula la versión original de este libro. Gran periodismo, gran narrativa. El hijo del oligarca es nuestro libro de la semana.

Ayocuan Cuetzpaltzin: el poeta-filósofo nahua que desafió la fugacidad de la vida

https://revistaliterariaelcandelabro.blog/2026/09/ayocuan-cuetzpaltzin-poeta-filosofo-nahua/ Entre flores y cantos, Ayocuan Cuetzpaltzin convirtió la poesía náhuatl en una búsqueda de respuestas ante la fugacidad de la existencia. Señor de Tecamachalco y vinculado a los tlamatinime, interrogó el tiempo, la muerte, la belleza y la posibilidad de hallar una verdad duradera en este mundo. ¿Qué podía permanecer cuando todo estaba destinado a desaparecer? ¿Podía la palabra poética vencer al olvido?

Maddalena Casulana: la primera mujer que publicó música en Occidente

https://revistaliterariaelcandelabro.blog/2026/09/maddalena-casulana-primera-compositora-publicada/ Entre los muros de la Italia renacentista, donde publicar música era casi un privilegio masculino, una mujer decidió firmar sus propias obras y desafiar los prejuicios de su tiempo. Maddalena Casulana convirtió el madrigal en su instrumento de emancipación y dejó su nombre impreso en la historia musical de Occidente. ¿Cómo logró abrirse camino en un mundo que apenas concedía espacio a las compositoras? ¿Y qué revela hoy su música sobre el talento femenino del Renacimiento?