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En una actualidad en la que el verano se presenta casi como una condena, la literatura nos permite recuperar su naturaleza más compleja: tiempo suspendido, tiempo de deseo, tiempo perdido, tiempo de iniciación, tiempo de familia, de sensualidad y de dolor; tiempo de amores imposibles, de urbanizaciones, piscinas y calor. No hay verano sin todo eso. Y no hay verano sin libro. Ese libro que marca las vacaciones, que acompaña durante días larguísimos y semanas muy cortas.
El verano todo lo puede. Y por mencionar algunos inolvidables podríamos decir que no hay verano sin la mirada irónica y noir de Esther García Llovet en Spanish Beauty, donde urbanizaciones, carreteras, piscinas y calor se convierten en el escenario de una extraña comedia criminal. En Las chicas, Emma Cline hace del verano un territorio de iniciación, fascinación y peligro, donde la promesa de libertad se mezcla con la manipulación. En Leche caliente, Deborah Levy retrata una madre y una hija en la costa de Almería, donde el verano se abre como el tiempo para buscar una cura alternativa para la enfermedad de la madre. Perturbación y sensualidad: así se despliega allí esa temporada calurosa e inexplicable. También está el día más caluroso del verano de 1935, en la gran casa de campo de la familia Tallis, que Ian McEwan retrata en Expiación: amores imposibles, guerra y novela de novelas.
El verano no es una experiencia única, ni una idea totalizadora. Cada uno tiene su manera de vivirlo. Lo mismo sucede con la literatura: no todos buscamos lo mismo en un libro. Ricardo Piglia recordaba que la pregunta «qué es un lector» es también la pregunta por cómo llegan los libros a quien los lee. Partiendo de esa idea, hemos preparado ocho recorridos literarios, ocho maneras de leer estos meses estivales y de encontrar ese libro que acabe convirtiéndose en el libro de verano.