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“Rentería era el paraíso de los instaladores de verjas y los cristaleros”, le dice Alberto Muñagorri a Ander Izagirre en La mochila. El pueblo es Rentería, años ochenta. Muñagorri es el adulto que fue un niño de diez años al que el 26 de junio de 1982 le explotó una bomba que ETA había colocado la noche anterior dentro de una mochila a la puerta de un almacén de Iberduero, a pocos metros de su casa. Pasaba por allí cuando iba a jugar al fútbol con sus amigos. Su madre escuchó la explosión, otra más, y antes de saber nada sintió alivio porque tenía abiertas las ventanas y eso evitó que se rompieran los cristales. Alberto sobrevivió, con una pierna amputada, sin visión en un ojo, los tímpanos reventados y heridas de metralla en todo el cuerpo. Escribir es recoger cristales, escribe Izagirre, y eso hace en este libro: juntar fragmentos de algo roto, construir una mirada que los recomponga, examinar huellas en forma de cicatrices después de tanta violencia y tanto silencio.
Ander Izagirre tiene un talento extraordinario para enfrentarse a historias complejas y extraer todos los matices, para explorar las contradicciones y las zonas grises que laten bajo cualquier historia humana. Se coloca lejos de cualquier protagonismo: reúne voces, escucha, inquiere, da contexto, y luego lo vuelca en un lenguaje en el que no caben las medias palabras, los discursos construidos a medida. Escribe para nosotros, los lectores, de forma directa, confiable. Esa reputación se la ha ganado texto a texto: buenas noticias para el periodismo.
A grandes rasgos, el periodismo consiste en revelar algo que la opinión pública no conoce o en ofrecer una mirada inédita sobre algo conocido. La historia de Alberto Muñagorri es el hilo conductor que le permite explorar un campo más amplio: Rentería como un pueblo producto de la industrialización con una tradición de lucha obrera y social, la espiral violenta cada vez más delirante de ETA, el terrorismo de Estado, los pasos dados hacia la reconciliación tras la disolución de la banda. Ese es el plano general y sólo por eso ya valdría la pena. Pero dentro late algo que nos parece todavía más valioso: la certeza de que la deshumanización del otro es el requisito imprescindible para que una sociedad pueda tolerar y normalizar lo inaceptable. Es a la vez una historia individual y una colectiva, ambas marcadas por el dolor y el sufrimiento. Es la historia de cómo la libertad termina cuando empiezan las amenazas, la muerte, el miedo continuo a hacer cualquier gesto que te incluya en el campo de “los otros”.
“Lo mío no es una historia de superación. Yo corro enseñando las cicatrices”, le dice Alberto a Ander. Su madre, Sara, le inculcó una idea fuerte: tienes que vivir feliz, no odiando. Se hizo mayor con eso en mente: disfrutar la vida, ya fuera en las juergas de fin de semana haciendo caballitos con una Vespa o después con el deporte. Y el libro tiene algo de eso: no ocultar las cicatrices de una sociedad que sufrió un trauma profundo, exteriorizar las secuelas antes de que sea tarde. Dice Alberto en algún momento que Rentería ahora parece Suiza si la comparas con aquellos años de humo, coches incendiados y explosiones, una grisura urbana y emocional. Pero también dice que ahora “no sé si convivimos o coexistimos”. “Tenemos una deuda pendiente. Todo esto lo está corrigiendo el paso del tiempo y eso no puede ser. Lo tenemos que empezar a corregir la sociedad”. Y habla de que tiene la sensación de que se intenta pasar página, “pero la pasamos sin leerla”.
Cuando coges cristales del suelo, es posible que te cortes. Izagirre utiliza un tono neutro cuando relata un atentado tras otro, o cuando transcribe manifiestos, actas de plenos municipales. Juntos, todos esos actos, tienen un impacto en el lector, reviven algo que alguna vez leímos en un titular de periódico, insensibilizados ante el goteo de la violencia. Vuelve a traer al presente aquel dolor con nombres concretos, familias rotas, heridas de por vida, y también nos desvela qué pasaba después, cuando los focos se retiraban: el silencio, la incomodidad de la convivencia, el agachar la cabeza por miedo, la falta de control, la sensación de que eso no iba a terminar nunca.
Muñagorri no sabe quién puso aquella bomba que explotó cuando pasaba por allí. Le gustaría saberlo, hablar con él, perdonarle, preguntarle por qué, qué sintió. Quizá este libro sirva para eso. Nos parece un libro que llega en el momento justo: hacer memoria cuando no han pasado décadas y los supervivientes pueden contar sus historias sin miedo, cerrar una herida de manera que no vuelva a suceder, conocer toda la verdad. Y porque la deshumanización del otro sigue siendo el combustible que alimenta la mayor parte de los conflictos larvados y explícitos de las páginas de internacional y nacional de los periódicos.