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1955. Un poeta desconocido se sube a leer un texto larguísimo, desbordado, obsceno y visionario. Un poema con cánticos, melopeas, llantos, gritos y lamentos, que proclama un modo nuevo de hacer literatura totalmente sincera y auténtica. Esa noche, en la Six Gallery de San Francisco, Allen Ginsberg leyó por primera vez Aullido y cambió para siempre la poesía norteamericana. Un siglo después de su nacimiento, Ginsberg sigue siendo algo más que el autor beat por excelencia: es el escritor que convirtió la experiencia marginal en el centro de la literatura contemporánea.
La generación beat se cuenta como una constelación de nombres míticos: Jack Kerouac, William S. Burroughs, Neal Cassady. Sin embargo, fue Ginsberg el gran organizador emocional e intelectual del grupo. Ginsberg entendió que aquella revuelta no era solo estética, sino que se trataba de algo histórico. Él fue su cronista y, también, quien logró sobrevivirla. Atravesó los años sesenta, la ola hippie, Vietnam, la contracultura y la institucionalización de la rebeldía. E hizo algo paradójico: entrar en el sistema sin perder del todo la memoria de la radicalidad. Terminó enseñando en la universidad, publicando en grandes editoriales y convertido en un referente cultural, sin dejar nunca de hablar de sexualidad, meditación, pacifismo o drogas psicodélicas.
Por eso Aullido sigue siendo un texto fundamental. No solo por el escándalo judicial que despertó en 1957, cuando fue llevado ante la justicia por obscenidad, sino porque el poema marcó estéticamente una generación de poetas. Ginsberg abandonó la contención académica y escribió versos larguísimos; se inspiró en el ritmo del jazz y de la misma respiración; fundó una poesía que sonaba como Charlie Parker y contenía la velocidad de la ciudad moderna, las alucinaciones químicas, el sexo entre hombres, la violencia policial y la angustia espiritual. ¿Quién no recuerda su primer verso? «Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura.»
Aullido es un manifiesto y un parte de guerra: manifiesto porque «los mejores» son los visionaros arruinados, los homosexuales perseguidos, los jóvenes que escapan de la sociedad obsesionada con el consumo y la normalidad; parte de guerra porque todos ellos fueron destruidos por el sistema. Ginsberg convirtió lo que debía permanecer oculto en materia poética y, después de Aullido, fue imposible escribir como antes: había abierto la puerta a la poesía confesional, a la contracultura, a una nueva idea de autenticidad artística.
Kaddish, publicado en 1961, es su obra más devastadora: gira alrededor de su madre, Naomi Ginsberg, inmigrante judía rusa que padeció graves episodios de paranoia y terminó internada en hospitales psiquiátricos. El título remite al rezo judío por los muertos, pero el poema no se construye como una elegía convencional. Ginsberg mezcla los recuerdos de infancia con escenas clínicas, culpa, ternura, rabia y humor negro, en una amalgama que narra el deterioro mental de la madre y el impacto de la locura en su familia.
El volumen Ginsberg esencial, publicado en Anagrama en 2018, funciona como una puerta de entrada ideal para quienes quieran entender la amplitud de su escritura. Cartas, fotos, apuntes de diarios y entrevistas que muestran cómo el autor fue construyendo una memoria de la generación beat y se convirtió en su gran archivista. Él explicó el significado de Kerouac cuando Kerouac ya estaba destruido. Él mantuvo viva la leyenda de Cassady. Él defendió a Burroughs hasta el final. Puede que esa sea la verdadera singularidad de Ginsberg: no solo renovó la poesía, sino que, a riesgo de convertirse en mercancía o caricatura, dedicó buena parte de su vida a impedir que esto ocurriera.