lunes, 17 de septiembre de 2018

Formas de escalar ‘La montaña mágica’ | Cultura | EL PAÍS

Formas de escalar ‘La montaña mágica’ | Cultura | EL PAÍS



Formas de escalar ‘La montaña mágica’

La novela había invernado en la casa cerrada durante nueve meses y este verano he vuelto a ella una vez más, con solo alargar la mano desde la cama

Fotograma de ‘La montaña mágica’ (1982), con Hans Christian Blech (de pie) y Christoph Eichhorn.

Fotograma de ‘La montaña mágica’ (1982), con Hans Christian Blech (de pie) y Christoph Eichhorn.





Como quien bebe de una fuente que nunca cesa de manar, este verano he vuelto a La montaña mágicade Thomas Mann, libro que reencontré, olvidado en la mesilla de noche desde el año pasado, con la señal de la página en la que abandoné su relectura al final de las vacaciones. La novela había invernado en la casa cerrada durante nueve meses y este verano he vuelto a ella una vez más, con solo alargar la mano desde la cama.
Comencé a leer, o más bien a escalar, trabajosamente la novela de Thomas Mann a los 18 años, en el Voramar de Benicasim. Durante aquellas vacaciones de verano solía escuchar las historias que, por la tarde, en la terraza del hotel contaba el doctor Manuel Rozalén, un médico represaliado, locuaz, sabio y humanista, quien a su vez se sentía feliz solo con que le dejaras hablar. Era como el doctor Settembrini, el personaje de La montaña mágica. Pero en aquel rincón de las villas la montaña mágica era un balneario de termalismo marítimo situado cerca del hotel, a la altura de unos 40 metros sobre el nivel del mar. Para llegar hasta allí había que pasar por el apeadero del ferrocarril junto al oratorio y subir un centenar de pasos por un sendero bajo los pinos. Entre otros clientes que solo iban a darse baños de barro y de algas, en aquel establecimiento había también paralíticos en sillas de ruedas, artríticos y asmáticos. Como en la novela de Mann, el doctor Rozalén se refería a aquellos enfermos como “la gente de arriba”, que al mediodía bajaban a la playa para tomar el sol y meterse en el agua, ayudados por enfermeras. Los veraneantes del Voramar se denominaban a sí mismos “la gente de abajo”.
“¿Qué era, pues, la vida?” —leía yo entonces en la novela de Thomas Mann—. La vida era calor, una fiebre de la materia, un equilibrio de placer y dolor, era una materia esponjosa hecha de agua, proteínas, sales y grasas, eso que llamamos carne que luego se convierte en forma, en elevada imagen de belleza sin que deje la sensualidad y el deseo. Materia orgánica en continua composición y descomposición, de nutrición y excreción, un soplo excretor de anhídrido carbónico y sustancias nocivas de procedencia y naturaleza oscuras”.
Del mismo modo que la imagen de la vida se revelaba a los ojos del joven Hans Castorp, el protagonista de la novela, que reposaba mirando el valle cristalino de la montaña suiza de Davos, envuelto en mantas y pieles, y trataba de sublimar la carnalidad de su cuerpo, así creía yo que el mar podría liberarme de todas las excrecencias religiosas, de la moral, de cualquier clase de maldad e incluso del terror a la muerte. ¿Qué era la enfermedad si no un desorden de la naturaleza?
En aquel paisaje tan armonioso, el sonido perenne del oleaje lo interrumpía cada mañana la campana del oratorio, que llamaba a misa, a cuyo reclamo muchos burgueses de las villas acudían muy acicalados con mantillas y corbatas. El sonido de la campana estaba distorsionando también el equilibrio de la naturaleza. Aquel verano, mientras trataba de escalar por primera vez La montaña mágica, decidí dejar de lado la misa del domingo y sustituirla a las doce del mediodía por un baño en el mar, y realizarlo como si se tratara de un acto litúrgico. ¿No era, acaso, el mar un dios más asequible, más profundo, al que bastaba con abrazarlo desnudo para sentirte poseído por su belleza?
Pero en la terraza del hotel Voramar el doctor Rozalén, mi Settembrini particular, durante horas de charlas ante la caída del sol por detrás de las Agujas de Santa Águeda, me reveló el misterio de la cara oculta de la Guerra Civil. Fue de labios de aquel médico represaliado y humanista que supe por primera vez de los crímenes del franquismo. A medida que el doctor me hablaba de los hechos terribles que habían sucedido en el bando nacional, algunos de los cuales sin que yo me apercibiera que estaban vigentes todavía a nuestro alrededor, sufrí la misma angustia del niño que se adentra en una gruta llena de sombras inquietantes que le atraen y al mismo tiempo le causan terror. Aquella revelación hoy se llama Memoria Histórica, una nueva y distinta narración de aquella guerra fratricida que a los niños de mi generación nos fue hurtada bajo los himnos patrióticos que cantábamos en la escuela. Según las palabras de aquel doctor Settembrini del hotel Voramar, el odio civil entre los españoles era una grave enfermedad contagiosa, casi siempre mortal, que había que superar, y la reconciliación una nueva montaña mágica que había que escalar. En mi caso recuerdo aquel verano ya tan lejano como el de mi iniciación a una espiritualidad de los sentidos y también del primer germen de mi conciencia política, el otro rostro de la historia.


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