
CONVERSACIONES ESTÚPIDAS 5© [14]
By Víctor Norberto Cerasale Morteo®
Mario era una persona de pocas palabras, apenas las suficientes… solía tener miradas prolongadas donde ordenaba su entorno y de él extraía sólo lo útil… no entraba en discusiones estériles ni en debates estúpidos, él sabía mantenerse al margen de la estupidez humana… al mismo tiempo, identificaba rápidamente a las personas, su condición humana, su calidad humana, pero sobre todo tenía un “detector” de intenciones, él tenía un lado mágico que le permitía diferenciar la palabra de la intención subyacente, así es que reconocía a las personas antes de que abriesen la boca… algo que lo distinguía… claro está, su niñez en Polonia no había sido fácil… había escapado del nazismo y de los campos de concentración, sin embargo, tenía un código numérico grabado en su brazo, algo trataba de ocultar porque, seguramente, le producía vergüenza… su verdadero nombre no era Mario, pero en el grupo había otros “Marios” que ostentaban el mismo apellido, es decir, que las visas habían salido todas de la misma fuente… y curiosamente, todos habían escapado por diferentes vías, convergentes hacia un mismo lugar, la Argentina de fines de los años cuarenta, del Siglo XX, claro está… los “Marios” caracterizaban nombres que guardaban la tragedia en sus silencios, sucediendo lo propio con el mismo repetido apellido, que me guardo por respeto a la historia de estas personas de bien, que transitaron la vida sin joder a nadie…
Alguien decía que Mario era químico, pero otros decían que era ingeniero mecánico, pero en la diaria, Mario sabía de química tanto como de mecánica, así es que no tenía importancia si era ingeniero o no… conocía la química a la perfección y lo que nadie podía resolver, el sí podía hacerlo… llegaba… miraba… y con escasas palabras, decía: “el problema está acá”… o bien: “esto está mal”… o bien: “no es este el camino”… pero siempre iba hacia la misma conclusión, que se repetía como una muletilla, “la solución es esta”… y exactamente así era… nadie sabía dónde había estudiado, pero indudablemente lo había hecho, y mucho… nadie sabía dónde había aprendido, pero con seguridad, lo había hecho, y mucho… seguramente en Polonia… sin embargo, era evidente que la química lo había elegido a él, y del mismo modo, era evidente que la ingeniería mecánica también lo había elegido a él, porque sabía de máquinas lo que nadie, sabía de engranajes, y de fresadoras, y de crisoles, y de temperaturas, y de combinaciones, y de ensayos, y de hornos, y de pipetas, y de balones, y de mecheros, y de cualquier cosa que se te pueda ocurrir… él sabía… y había construido su vida alrededor de lo que conocía… a veces asesoraba a otros, pero no con mucha frecuencia… y les salvaba el día… a veces desarrollaba máquinas para terceros, cosa que hacía con habitualidad… y les salvaba el día… a veces hacía máquinas para su propio trabajo y él vivía cómodo con su vida… había recalado en San Miguel de Tucumán, pero solía viajar con frecuencia a Buenos Aires… tanto como solía viajar con frecuencia a Córdoba… pero jamás se alojaba en hoteles, ya que siempre tenía un amigo a mano, un amigo que se llamaba Mario y que tenía su mismo apellido… y su tiempo se compartía con aquellos que habían venido a parar a la Argentina, habiendo salido del mismo campo de concentración… todos se llamaban Mario… todos tenían el mismo apellido, y se reían de ello (nuca supe qué les hacía gracia)… desde luego, nunca nadie conoció el verdadero nombre de los componentes de la tribu… desde luego, de la guerra ni se hablaba… y si alguien osaba preguntar algo, ellos se miraban entre sí, y permanecían en silencio… lo vivido ya había sido suficiente experiencia, estaba enterrado en alguna parte del alma… así es que cada quien la llevaba como podía, como sabía, como quería… pero la guerra estaba impregnada en el alma de Mario, tanto como lo estaba en el alma de los otros “Marios” …
Mario hablaba polaco, claro… pero también hablaba ruso… y también hablaba alemán… y también hablaba francés… y hablaba dialectos de vaya a saber dónde, y desde luego, hablaba el español a la perfección… con algún acento arrevesado, pero no le faltaban recursos… hablaba y entendía muchas conversaciones de otras gentes que intentaban ocultar sus circunstancias… él no hacía ostentación de ello, simplemente sabía las lenguas y cuando se daba la ocasión, hablaba… lo cual descolocaba a más de uno… curiosamente, no sólo hablaba de química o de mecánica, también lo hacía de la rutina, lo cual le confería categoría de sabio… o de filósofo… atravesar la guerra te prepara para ser más allá del “ser”… y te prepara para estar, más allá de “estar”… indudablemente, las imágenes las llevaba consigo en lo más íntimo de su alma, y cuando alguien hablaba de la guerra, él se limitaba a escucharlo, sin agregar palabras ni datos… ¿para qué hacerle pasar vergüenza al interlocutor?, solía decir… no es bueno avergonzar a la gente, repetía… la vergüenza encierra a las personas y les impide entender… si la persona cree que lo que dice es cierto, hay que dejar que lo siga pensando… decía: “muchos hablan por hablar, para llenar el tiempo, pero no tienen ni idea de lo que dicen”… agregaba: “muchos hablan de la guerra, y que la guerra esto, y que la guerra lo otro, pero cuando no se estuvo allí, lo que recitan los libros no se ajusta a ninguna realidad”… complementaba: “no tenés idea de lo que significa que te disparen mientras corres”… y la verdad es que no, cuando el miedo acosa, los recursos mentales nunca son suficientes, y los corporales, tampoco… la guerra deja huellas indelebles en aquellos que vivieron dichas circunstancias… no sólo el olor de la sangre derramándose, el dolor de la sangre fluyendo… saberse perseguido… reconocerse acorralado… siempre repetía lo mismo: “nosotros nos refugiamos aquí, pero ellos, los nazis, también lo hicieron, y finalmente terminamos conviviendo, víctimas y victimarios”, “paradojas de la vida”… luego se sumergía en silencios interminables… así es que aprendí a entender sus miradas… café por medio…
Cada vez que viajaba a Tucumán, cosa que hacía con cierta frecuencia, comía en su casa, allí en pleno centro… a veces, nos íbamos a tomar café en la esquina, y dábamos vueltas alrededor de extensas conversaciones sobre las cosas de la vida… él tenía dos hijas de un primer matrimonio… siempre supuse que me quería como el hijo que no había tenido… un día, bajando la escalera de la casa, vio al marido de una de las hijas sentado y emponchado, lo saludó, y cuando ya habíamos girado me dijo: “él está esperando que me muera”… “nunca quiso trabajar, y después que muera, tendrá tanto que no necesitará trabajar”… “mi hija no lo entiende, no lo ve, pero yo sí que lo siento”… debo agregar, que tenía razón… era tal cual lo pensaba… sus visiones de la guerra le habían prodigado una fina sensibilidad sobre los terceros… podría decirse que sabía lo que pensaban, pero mejor aún, reconocía sus intenciones…
Con él quisimos instalar un laboratorio en Córdoba… pero la muerte lo sorprendió mientras dormía, a los setenta años… y el proyecto se desvaneció de un día para el otro… luego, me costó remontar el barrilete, pero con el tiempo y algunas ayudas, lo conseguí… desde entonces, extraño su presencia… las conversaciones… los silencios… curiosamente, pocos años después de su fallecimiento, las vueltas de la vida me llevaron a Alemania… a conocer su Polonia, cuando eran territorios divididos y ocupados… nunca pude saber de qué parte de Polonia era… pero desde aquel fatídico día, lo llevo en mi memoria… seguramente, desde el más allá, él me envió un reemplazo para seguir adelante con nuestras ideas, con la voluntad enarbolada… el proyecto tomó entidad en otras manos, pero para mí fue una inmensa satisfacción… y eso me condujo a Europa… giros de la vida que estaban escritos, y él lo sabía… estoy seguro que él lo sabía…
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