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Un padre y un hijo se encaminan hacia Ozogoche, una zona de lagunas de origen glaciar en el Parque Nacional Sangay, en Ecuador, donde cada año las aves migratorias conocidas como cuvivíes llegan desde Norteamérica y, de forma inexplicable, se lanzan a las aguas de las lagunas para morir. Una leyenda indígena asocia este gesto con un tributo sagrado a las lagunas, pero ¿quién sabe la verdad? ¿Acaso es posible descubrirla? ¿Tiene que ver con el agotamiento del viaje? ¿Es por la presión atmosférica y los corrientes del aire? ¿O es porque el suicidio no es un acto exclusivamente humano?
En Catálogo de aves muertas, de Ernesto Carrión, un padre y un hijo se dirigen hacia Ozogoche porque Elisa, la esposa de Leónidas y la madre de Lautaro, una prominente bióloga que estudiaba el misterioso fenómeno de los cuvivíes, también se ha suicidado. El dolor es inconsolable, pero ambos quieren entender. Intentar llegar a una verdad reluciente. Comprender lo ocurrido. Aunque, tal vez, lo que llevó a Elisa al suicidio fue un dolor sin lenguaje. Algo inexplicable.
Es así como Ernesto Carrión traza un paralelismo entre el reino animal y el de los humanos en Catálogo de aves muertas, una novela que se lee a la vez como una historia de conocimiento, un viaje iniciático, un ensayo literario y una reflexión filosófica. Carrión reúne casos documentales de cetáceos que dejan de respirar voluntariamente, primates que desarrollan conductas autodestructivas en cautiverio, jirafas que sienten el duelo después de la muerte de sus descendientes.
El libro no pretende hacer un paralelismo ingenuo, más bien sugiere que la desesperación podría no ser un privilegio humano. Además, al tratar de entender estas conductas animales, padre e hijo tienen la esperanza de encontrar alguna una respuesta para el suicidio de Elisa. La esencia de la muerte voluntaria siempre se nos escapa; lo dijo Albert Camus y Carrión lo cita en el libro: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio y es el suicidio».
La idea que más sacude es el paralelismo que trazan Leónidas y Lautaro entre la muerte de Elisa y los cuvivíes, algo que pone en crisis nuestra narrativa predilecta: la excepcionalidad. Si los animales también pueden experimentar algo parecido a la angustia existencial, entonces la distancia entre ellos y nosotros se reduce drásticamente. Es imposible no descubrir en el dolor del cetáceo, del primate o de la jirafa un espejo que apunta directamente a nosotros: ciudades saturadas, rutinas alienadas, desconexión emocional. El ave que deja de cantar para dirigirse directamente a las aguas de Ozogoche no está tan lejos de la persona que pierde toda voluntad de vivir.
El dolor, realmente, no necesita lenguaje para existir. Y, sin lenguaje, hay algo de la comprensión que siempre se escapa, que nunca se llegará a comprender. He aquí el sufrimiento que comparten los animales humanos y los animales no humanos: hay cosas, como la muerte misma, que permanecen siempre como un secreto.