domingo, 5 de octubre de 2025

Prende fuego Jacqueline Crooks

https://letrascorsarias.com/tienda/narrativa/prende-fuego/ A veces, las mejores cosas surgen de una carencia, o al menos de una necesidad. Es casi siempre así en la cultura popular. Nos referimos no tanto a la expresión individual sino a cómo algunos géneros arraigan profundo porque pulsan teclas que los convierten en un refugio colectivo desde el que reconocerse, una vía para canalizar corrientes y estados de conciencia que adoptan las formas concretas del arte. Estamos pensando en el dub, llevamos una semana metidísimos en el dub, esa música nacida en Jamaica formada alrededor de una sustracción: canciones reggae a las que se deja en su esqueleto rítmico. Líneas de bajo y percusión traídas hasta el primer plano, puro ritmo en el que se incrustan los ecos de las voces como recuerdos lejanos, un flujo para la improvisación del DJ y sus versos lanzados como barcas al fluido denso de la música. Un sonido fragmentado y lleno de huecos que llenar con el recuerdo perdido de bailes y cantos de los esclavos cimarrones de las islas caribeñas y que alimentó la identidad de los hijos de la diáspora. “Aprendemos a hablar con los pies, a no horcarnos con la lengua”, le dice Oraca –emigrante jamaicana de primera generación– a Yamaye, protagonista de la novela Prende fuego, de Jacqueline Crooks. Londres, finales de los setenta. Margaret Thatcher subiendo al poder con su traje azul y pendientes de perla. La Babilonia de los rastafaris: “Oraca habla en una voz baja abrasadora, y me doy cuenta de que, como yo, contiene la rabia. Porque ningún sitio es seguro: ni las calles, gobernadas por policías con alambre de espino en las venas, ni nuestras casas, donde mandan hombres con el poder de los puños tan retorcido como sus heridas. El único lugar en el que vivir y desde el que rabiar son nuestros corazones”, escribe. Yamaye y sus amigas encuentran “una versión mejorada de nosotras mismas” en La Cripta, un espacio donde suena fuerte el dub: se mueven como anémonas vestidas de color en el fondo marino, mecidas por las corrientes del sonido, formando parte de un movimiento y una conciencia única que entra en el cuerpo por las ondas y el humo. Un espacio autocreado y autodefinido en el que la piel es una superficie porosa y no la identificación inmediata del racismo. El lugar donde sentir que la vida no puede ser sólo lo que ocurre de día: la tristeza de los suburbios, los trabajos de mierda, las miradas torvas del rechazo. La música como el camino hacia la sensualidad, lo palpitante y el afloramiento de una cultura heredada que permanece oculta hasta que se manifiesta ahí, bajo tierra y a todo volumen. Prende fuego es una de las novelas más inmersivas que hemos leído en mucho tiempo porque consigue convertir la historia de Yamaye –fiel reflejo de la vida de la autora en Southall– y la de la comunidad afrocaribeña en una escritura convertida en puro ritmo, un paso de la oscuridad a la luz convertido en un lenguaje que progresa y explota como una canción dub. Desde la rabia a la reconciliación con un pasado que siente en las tripas, más allá del océano, la sintonía con una vibración lejana y su respiración. “El hombre predica la revolución, pero la mujer lleva su sonido”, escribe. Hay que hacer una mención especial a la edición de Colectivo Bruxista y al cuidado puesto en la traducción de Enrique Maldonado Roldán. Enrique ha inventado un lenguaje a medida para no traicionar el espíritu musical y la particularidad de ese inglés no normativo del original y, como ocurre siempre con las buenas traducciones, nos permite meternos a fondo en la radicalidad literaria de la autora, en su voz intrasferible. Podemos colocar a Enrique ya el calificativo de Hermano del Ritmo.

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