domingo, 22 de febrero de 2026

Didier Eribon Filósofo y sociólogo. Considerado uno de los intelectuales franceses de mayor proyección internacional, su obra combina análisis de clase, la identidad sexual y la memoria personal.

https://kosmopolis.cccb.org/es/participants/didier-eribon/ Tras la muerte de su madre, el escritor francés Didier Eribon escribió que con ella se perdía a la archivera de la memoria familiar. ¿Quién podría seguir contándole anécdotas sobre el niño que fue?, se preguntaba el sociólogo, ¿quién bosquejaría la cartografía familiar, el árbol genealógico? Con su muerte ya no quedaba más familia que generar. Las reuniones que ella organizaba y que «certificaban la permanencia de la familia y su cohesión», que construían esa ficción social que son los vínculos familiares, habían desaparecido. Los padres, sin que nos demos cuenta, archivan nuestra juventud: su testigo privilegiado y único guarda la versión de lo que fuimos y ya no recordamos. Con su fallecimiento, también se desvanece toda una memoria: ¿quién la recuperará? En el caso de Emmanuel Carrère fue su padre quien reunió toda la documentación dispersa, desordenada y acumulada a lo largo de setenta años. La fue clasificando y sintetizando de forma escrupulosa en cinco voluminosas carpetas, encuadernadas y divididas en capítulos. Ahí estaba el archivero de la memoria familiar, y es a partir de esos cuadernos que Carrère da comienzo a un ejercicio de escritura y reconstrucción, sirviéndose de la literatura como una herramienta para indagar en el pasado. En su nuevo libro Koljós, y en catalán Kolkhoz, el autor admite que en los archivos de su padre «lo único que estaba bien ordenado […] eran las carpetas que contenían sus investigaciones genealógicas». En las primeras páginas de la novela, galardonada con los premios Médicis y Grand Continent en 2025, el célebre escritor francés sostiene que solo le conmueven las narraciones que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. ¿A qué se refiere? Por un lado, en el plano horizontal están el amor, la amistad, «las alianzas que se forjan cuando se cruzan las mismas aguas, la misma época». Y por el otro, en el vertical, las relaciones entre generaciones, esa mirada dirigida hacia los padres o los hijos, hacia los antepasados o los descendientes, esa mirada que une aquellos que vivieron en mundos distintos y, por lo tanto, compartieron «otros relatos colectivos, otros valores, otras certezas». Puede que un archivero de la memoria sea precisamente aquel que trenza la dimensión horizontal con la dimensión vertical de la historia: el que sabe hacer de las distancias, proximidades, y de los elementos compartidos, un relato particular. Carrère confiesa que con los años y conforme se hace mayor la realidad que más le interesa es la vertical, pese a que nunca pueda aislarse, y se convierte, como ya hizo en Una novela rusa y Yoga, en el responsable de bosquejar la propia cartografía familiar.

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