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“Un texto escrito por un escritor minoritario solo es efectivo si logra convertir en universal ese punto de vista minoritario”, escribía Monique Wittig en su ensayo Lo universal y lo particular. Hemos estado pensando esta semana mucho en esto, en el poder transformador de la literatura que nace como minoritaria, la que no añade a su coctelera los ingredientes de lo que es fácilmente distribuible, comprable, aceptable. La que no adopta un punto de vista dentro de la corriente sino que convierte el lenguaje en una nueva manera de decir, que condensa dentro de la sola escritura todo un programa disidente. En la que lo político no es el tema sino la materia misma del punto de vista y las palabras. La que tiene el poder de generar una raíz sobre la que, más pronto o más tarde, germinarán nuevas líneas de pensamiento.
Le contaba Sara Torres a Nerea Pérez de las Heras que había escrito un poemario a los diecinueve años en el que imaginaba una comunidad de mujeres viviendo en una isla al margen de la ciudad, y que cuando leyó a Vittig pensó: “muchas hemos estado buscando cómo decir lo mismo desde lugares distintos de la historia y lo que escribió ella fue increíble”. Esa novela, Las guerrilleras, la acaba de editar ahora Tránsito, con traducción de María Enguix Tercero, y coincide también con la reciente salida de El Opoponax en la editorial Bamba, su primera ficción, traducida por Gudrun Palomino. Una feliz coincidencia.
Wittig –fallecida en 2003– fue una escritora y activista francesa con una enorme presencia en los movimientos de la liberación de la mujer en torno a Mayo del 68, un ejemplo de que creación, teoría y política surgen de una misma base de coherencia. Su ensayo El pensamiento heterosexual, publicado originalmente en inglés a finales de los setenta, cuando ya vivía en Estados Unidos, contiene las tesis principales de su radical pensamiento transformador. Muy simplificada: concibe lo heterosexual como un régimen político que organiza todos los asuntos humanos conscientes e inconscientes, en el que la mujer se concibe como un otro del hombre, un constructo social a su servicio, con una serie de obligaciones físicas y económicas. No es una cuestión de “nacer en un sexo” ni de algo biológico, sino de una asignación política –una clase social– que conlleva la opresión.
“Las lesbianas somos desertoras de nuestra clase, como lo eran los esclavos norteamericanos fugitivos cuando se escapaban de la esclavitud y se volvían libres”, escribe en No se nace mujer. Es rastreable la influencia de este posicionamiento lesbiano en el pensamiento queer y la certeza de que ninguna revolución social ha impugnado ese binarismo que ella perseguía derrocar. Su publicación, a finales de los setenta, cayó como una bomba, también y quizá principalmente, en los movimientos feministas contemporáneos.
Todas esas ideas las había plasmado antes como literatura. “¿Qué ha habido en literatura entre Safo y El almanaque de las mujeres y El bosque de la noche de Djuna Barnes? Nada”, se pregunta. “Dicen, me niego a seguir hablando ese lenguaje, me niego a ir mascullando tras ellos las palabras carencia carencia de pene carencia de dinero carencia de signo carencia de nombre. Me niego a pronunciar las palabras posesión y no posesión. Ellas dicen, si yo me apropio del mundo, que sea para desposeerme de él al instante, que sea para crear otro tipo de relaciones entre yo y el mundo”, escribe en Las guerrilleras.
Todo fluye en esta narración, párrafos que se desvanecen, antiguas estelas con los nombres de Ellas encontradas en medio de la selva, raíces, hojas, árboles, una mitología en creación y disolución que toma las formas de poema épico enunciado desde un ellas donde se afirma otra forma de estar. “Dicen que no necesitan símbolos o mitos. Dicen que el tiempo en que ellas partieron de cero se está borrando de sus memorias. Dicen que a duras penas pueden referirlo. Cuando repiten, este orden debe romperse, dicen que no saben de qué orden se trata”.
Marguerite Duras escribe en el postfacio de El Opoponax (1964): “Todas las personas hemos escrito este libro, tanto vosotras como yo. Solo una de nosotras ha descubierto este Opoponax que todas hemos escrito, lo quisiéramos o no. Una vez cerrado el libro, se produce la separación. Mi Opoponax, el mío, es una obra maestra”. La infancia como lugar todavía no tocado por lo social, el lenguaje puro y objetivo de las primeras aproximaciones al mundo.
Es significativo que muchos de los planteamientos más radicales de transformación nos lleguen desde la órbita de lo queer, que debates sobre el lenguaje que parecen recién llegados aquí se plantearan con toda su ambición hace más de cincuenta años. El rescate de estos libros, de estas literaturas minoritarias a cargo de pequeñas editoriales, va conformando un pequeño mapa de disidencias que parece hoy tan necesario como siempre.
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