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El otro día, escribiendo sobre el último cómic de Candela Sierra, nos asaltó una imagen: esos trozos tierra negra y ácida que se veían en algunos descampados de las afueras donde señores manitas le cambiaban el aceite al coche los domingos por la mañana, los bajos con olor a gasolina muerta de un 850 amarillo abandonado con bloques de ladrillos en vez de ruedas. Espacios de frontera donde lo natural empieza a dejar de ser, pequeños muestrarios de la ruina. Porque la ruina en nuestros alrededores, sólo hay que darnos tiempo.
Entendemos muy bien a esos autores que rehuyen la lectura cuando están escribiendo. La literatura, cuando pega –y si no pega, para qué– es un ritmo que se mete en la cabeza, un filtro que te hace mirar a su merced. Así que escribíamos sobre una cosa pero pensando desde otra, y esa otra es Perros de caza, la novela de Borja Navarro que acaba de publicar Malastierras.
“Mi abuelo me enseñó qué significa la tragedia / Los arcenes son espacios donde ocurre la tragedia / Siempre muere algo en los arcenes”, escribía Navarro en los intertítulos de un cortometraje grabado durante una caminata por la CV-500. Una sensibilidad por lo arrastrado al margen y lo contaminado que plasmó en Arcén, un libro de relatos en cuyo prólogo María Bastarós le aupaba a mejor escritor de su generación, que sólo había que darle tiempo y espacio.
Ni siquiera nos hemos parado a mirar a qué generación se refería, pero lo cierto es que esta novela nos ha golpeado de una manera infrecuente: su escritura brota de un lugar extraño donde el territorio y las personas se impregnan mutuamente, una topografía emocional y áspera de la decadencia, de la asimilación de lo extraordinario y lo perdido como algo cotidiano, una bilis que estraga y deja marcas. Un mapa de isobaras desolado del tiempo nuestro de cada día.
“La carretera tenía un cambio de rasante. No se sabía lo que venía a Almansa. Lo que se iba se perdía al instante. Uno miraba la carretera como quien mira el futuro. Esperanzado. Ignorante. Con un ojalá entre los labios. Podría ser ya. Ahora. O ahora. Podría ser que por ahí apareciera lo que llevaba años necesitando. Podría ser que apareciera la desgracia”, escribe.
Perros de caza es como una canción de los Pixies –hey!, must be a devil between us– melódica y salvaje. Es como si Nick Cave fuera valenciano y hubiera sabido escribir novelas. Por decir algo. Por decir algo porque de qué serviría detallar argumentos o hechos reales de los que se sirve si es de esos libros cuya escritura lo es todo y en ella se encierra todo lo que hay que contar sobre él.
“El hecho peninsular transformado en poema trampa y la dolorosa definición de su aura, sus humores, sus paradojas, amputación, miseria y redenciones”, escribía Luis Boullosa sobre Ars poética de Sarah Connor, de Víctor Pérez, quizá el único escritor del panorama español con el que podemos encontrar resonancias con lo que hace Navarro. “Una experiencia de feísmo sacramental”, decía. “Pelear por ser bonito es una lucha a la que no quiero pertenecer”, ha afirmado Navarro. Alguna verdad se esconde en las mesetas.
También encontramos trazas de esos personajes imbuidos en algo intangible y feroz que construye Chema García Ibarra en la mágica película Espíritu sagrado, el peso de posesiones que emanan del suelo, el hogar como perfilador de la vida. A un paso de lo milagroso y a otro de la condición humana de siempre.
Su sonido nos lleva a los territorios polvorientos de Denis Johnson o al Barry Gifford guionista con su cualidad para hacer tangibles esferas fantasmagóricas que se meten en la conciencia de personajes cuyo sentido de la realidad queda para siempre alterado. Como en aquella canción de Franky Franky y el Ritmo Provisional titulada Soy del llano –Arizona / Tarazona / San Diego / Villarrobledo”–, hay una influencia norteamericana indudable en Borja Navarro, y su valor radica en haber convertido en algo propio esa música que hace la vida al disolverse, el uso de lo sucio y de ese ritmo de frase corta que hace explotar imágenes calcinadas. Un pedazo de escritor.
“Mostrenco miraba a Ella, que ya no era Niña. Ya adulta, no era Niña, era Ella. Más oscura. Ella. Más siniestra. Ella. Mostrenco la miraba como un perro de caza que intenta hablar con la mirada. Como un perro de caza que quiere hablar con la mirada de los humanos. Son los perros de caza quienes hablan como humanos. Son los humanos quienes hablan como bestias”.
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