https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/reliquia/9788433949486/NH_781
Años más tarde de que Clarice Lispector se irritara por la comparación con Virginia Woolf que un crítico hizo de ella, la autora insistía en ese símil que consideraba odioso: «No me gusta cuando dicen que tengo una afinidad con Virginia Woolf (por cierto, no la leí hasta después de escribir mi primer libro): es que no quiero perdonarla por haberse suicidado. El terrible deber es el de llegar hasta el final».
https://elpais.com/cultura/2018/12/10/actualidad/1544426497_594113.html
Virginia Woolf se suicidó el 28 de marzo de 1941. Se adentró en el río Ouse con los bolsillos del abrigo llenos de piedras. En Reliquia, el nuevo libro de Pol Guasch, que publicamos en catalán y castellano, con traducción de Unai Velasco, el autor lo cuenta así: «Tenía cincuenta y nueve años. La encontraron semanas después. Su marido, Leonard, decidió incinerarla y enterrar sus cenizas bajo un árbol en Rodmell. A él le dedicó las últimas palabras, en una carta que escribió a mano, temblorosa, como pudo.»
https://elpais.com/cultura/2018/01/25/actualidad/1516835051_025456.html
No es para menos que esa nota haya pasado a la historia como una de las despedidas más bellas que podemos recordar. En ella escribe: «Estoy segura de que me vuelvo loca otra vez. Siento que no podemos pasar por otro de esos momentos terribles. Y que esta vez no me recuperaré. Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. Así que hago lo que me parece que es lo mejor que puedo hacer».
Eso es lo que Clarice Lispector nunca perdonó: que en esa misma carta de despedida, Woolf le dijera a Leonard «no creo que dos personas hayan podido ser más felices», tampoco que rompiera la promesa que le hizo a su colega E. M. Forster de cenar a final de mes, y que se entregara al caudaloso río Ouse para no regresar jamás.
Lispector no perdonaba el abandono. O puede que lo que no perdonase fuera la retirada, la rendición. Miraba la muerte con cierta superioridad: «No llores a los muertos: ellos saben lo que hacen», dijo una vez. Escribir era la única forma que tenía de sentirse viva. Puede que, para ella, el suicidio de Woolf fuera una suerte de espejo en el que veía reflejados sus miedos: la locura, la capitulación, el olvido... Fuere como fuere, el juicio de la escritora brasileña denota una verdad reluciente: que no es fácil comprender las decisiones de los demás; ni tampoco sus huidas, que se convierten, para los que se quedan, en abandonos.
En Reliquia, Pol Guasch recupera la historia de Woolf y la de Lispector, juntamente con muchas otras, como las de Anne Sexton, Sylvia Plath, Henri Roorda, Lucia Berlin, Alejandra Pizarnik o John Berryman, precisamente para comprender la suya propia: el suicidio de su padre y la nota de despedida que no existió. Guasch se sirve de las biografías de estos escritores para intentar encontrar las palabras de una nota final que él no tuvo. Si para Lispector, Virginia Woolf era un espejo, aquel en el que se veía reprochándole no haber resistido lo suficiente, Woolf y todos los otros autores son para Guasch, como lo serán para el lector, un espejo donde mirarse directamente: aquel que le permite reconstruir los vacíos de su propia historia.
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