miércoles, 11 de febrero de 2026

Ruido blanco

https://www.labellavarsovia.com/ruido-blanco/ Este volumen que tienes entre tus manos podría resumir una vida o, al menos, las tentativas para trazar el mapa de su incendio. Son años que se pueden medir hacia adelante y hacia dentro, en espiral, contra su propio tiempo. La poesía, en todas sus formas, ha sido mi estrategia para enfrentarme al mundo. A todo lo que hay en él que no entiendo, a lo que no soporto, a lo que me fascina y no tiene aún palabras. Ha sido mi forma de intervenir en la conversación que lo configura. He dicho antes que la poesía es el pasillo de las puertas infinitas. He dicho que se lee sobre cristales rotos. He dicho que todo tiene que ver con la intersección entre la música y el pensamiento, la comunicación oscura que hibrida sentido, sentimiento y sensación física. Que se trata de romper las palabras para habitar una realidad otra que ensanche los contornos alambrados de aquello que vemos o quieren que veamos. El título de este volumen ha de servir como poética y así ya no diré más. Al final todo está dicho en cada uno de los libros y cada uno de los versos que tienes entre tus manos. He dicho. Esto es pues un testimonio en llamas, a tientas, perplejo, de mi paso por el mundo. En 2002 publiqué Grietas, antes hubo más poemas pero están cubiertos de ceniza. Estudiaba en Granada y era muy poco lo que sabía de casi todo. Este libro, pequeño y primerizo, ha quedado también lejos, pero sería injusto que no apareciera aquí. Sirva también para reivindicar aquellos años fundacionales y tantas horas perdidas en el bar La Tertulia y el frío callejero de tantas conversaciones con Rubén Martín y otra gente imprescindible. La piel del vigilante (2005) también fue escrito en Granada y responde a la fiebre contagiada por la lectura del Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons, y me dejó claro que la poesía siempre es una mascarada y que cualquier tema, cualquier material, es oportuno si sabe arder. Vaya aquí un reconocimiento a la labor de Sergio Gaspar y a aquella DVD que plantara tantas semillas. Los Poemas del Cabo de Gata (2007) fueron compuestos en Almería, embriagado de paisaje y con la música mental de José Ángel Valente y Javier Egea sonando en la punta de mi lengua. Joan de la Vega supo darle cuerpo en La Garúa y Toño Jerez, eterno poeta de guardia, lo llevó hecho cuaderno a los presos de la cárcel del Acebuche años más tarde. Con La flor de la tortura (2008) cuajaron varios años de búsqueda y toma de conciencia, casi definitiva, de las posibilidades estéticas y políticas del poema: esa línea tan difusa entre el horror y la belleza, los horrores y los silencios de la historia, gritados, cantados, el poema siempre como pregunta. Allí ya estaba casi todo. Ruido blanco (2012) fue el primer libro que publiqué en La Bella Varsovia, la que ha sido mi casa desde entonces. Este volumen perfectamente podría estar dedicado a Elena Medel, que siempre ha sido mi hada particular, protegiendo y potenciando todo lo que he hecho. Imagino que con el tiempo se sabrá reconocer lo mucho que su labor ha servido para cambiar el paradigma de lo poético en este país. Ruido blanco supuso una liberación formal, acorde también al tema abordado, porque es bien sabido que en poesía no hay distinción entre forma y contenido, significante y significado reverberan el uno en el otro y quiebran el sentido único del lenguaje y ensanchan el horizonte de lo posible. Aquí me adentro en el misterio de la comunicación en la era de la saturación informativa y el subsiguiente colapso de los códigos, y miro también al agujero de determinadas derivas desarrolladas dentro de ciertos medios de comunicación y sucedáneos con la sombra proyectada del suicidio en directo de Christine Chubbuck como fondo. La escritura de La lengua rota (2019) coincide con el ciclo de empoderamiento popular que siguió al 15M y mi época de mayor compromiso militante, hay pues un aire furioso fruto de los tiempos y también supone mi aportación al falaz debate sobre los límites de la libertad de expresión que se dio en el ámbito de las guerras culturales que buscaban posicionar el sentido común de la extrema derecha. La censura es otra cosa, el no poder decir es otra cosa. Contra eso propuse la lengua rota y nueva de la poesía, la luz en las sombras de las amnesias inducidas. El idioma y la memoria son un territorio en disputa, y había, y hay, que arrebatar las palabras de la boca de los monstruos. Sola (2020) era un cuaderno que escribí en 2019, que en principio iba a ser publicado por Gabriel Viñals en su colección de Ejemplar Único y que finalmente Elena Medel rescató como edición limitada para La Bella Varsovia. La idea de Sola parte de mi época en la universidad cuando estaba obsesionado con ese microcuento de Thomas Bailey Aldrich que recogieron Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo en su Antología de la literatura fantástica de 1940. Desde entonces supe que quería escribir sobre esa mujer y ese extraño fin del mundo. Coincidió que la pandemia del COVID19 le agregó un contexto inesperado y la realidad cruzó sus sentidos, como siempre pasa en los poemas. El Cuaderno de la peste de 1348 sí que fue escrito durante los días de cuarentena y confinamiento de aquella crisis, en una situación personal de percepción alterada por el cansancio y la angustia. Los deseché durante largo tiempo, pero tras algo de trabajo aquí están, porque hay una música y una extrañeza en los textos que abren nuevas puertas dentro de mi obra. Quede claro, por tanto, que una de las cuestiones que me han llevado a escribir y, sobre todo, a no escribir poesía, ha sido el buscar nuevos caminos, el decir siempre distinto, el no repetir fórmulas y el querer forzar siempre los límites de mi propia escritura. Termina el volumen con algunos poemas que han sido rescatados de encargos, revistas y caminos sin salida, para dar muestra de lo perdido que al final estoy.

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