lunes, 11 de marzo de 2019

En busca del alma perdida | Babelia | EL PAÍS

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En busca del alma perdida

¿Procede del cielo o se asienta en el cerebro? Guillermo Serés repasa 2.000 años de arte y literatura para relatar cómo ha visto cada época un concepto decisivo en Occidente

Un ángel se hace cargo del alma del fallecido, en un fragmento de 'El entierro del conde Orgaz', del Greco.
Un ángel se hace cargo del alma del fallecido, en un fragmento de 'El entierro del conde Orgaz', del Greco.
La erudición —para qué nos vamos a engañar— no tiene buena prensa. En la escuela llamamos empollones a los que estudian de más y, cuando pasan a mayores, terminamos tachándolos de ratones, si no ratas, de biblioteca. Cómo será la cosa que el mismísimo Cervantes dictó sentencia contra los que “se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”. Se nos hace más llevadero el relumbrón, pero el conocimiento verdadero solo se alcanza con el trabajo diario y silencioso, que luego, eso sí, ha de iluminarse con inteligencia.
Pues imaginen los afanes y los días que Guillermo Serés se habrá metido entre pecho y espalda para poner en pie lo que desde la Antigüedad hasta la Ilustración han elucubrado los seres humanos en torno al alma y su naturaleza. Hace falta un ejercicio desmesurado de erudiciones y lecturas inverosímiles —con el Aristóteles en metro castellano¿es título de libro? de fray Diego de Canales a la cabeza—, pero también de discernimiento y rigor, para condensar esos 2.500 años de pensamiento, literatura y arte, y presentarlos a los lectores como una historia ya monda, sin piel y sin espinas, aunque aderezada con la preciosa edición que Galaxia Gutenberg comparte con el Centro para la Edición de Clásicos Españoles, cuya labor para la cultura española resulta hoy por hoy insustituible.
No es la primera vez que el profesor Serés nos abruma con su sabiduría, pues este libro es primo hermano de otro que vio la luz hace casi un cuarto de siglo, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la Antigüedad al Siglo de Oro, un ensayo ya clásico e imprescindible para quien quiera saber de cómo los amantes se transmutan uno en otro e intercambian sus almas así, como si nada. A esas almas ha vuelto aquí los ojos para hacer un recorrido apasionante, que comienza con los héroes homéricos y sigue con Platón, cuyas almas descienden del cielo a encerrarse en el cuerpo; Aristóteles y todos sus secuaces indagando en sus funciones vegetativas, sensitivas e intelectivas; los estoicos y aun los epicúreos, que con Lucrecio entendían que el alma era materia conformada por átomos en un movimiento incesante.
El cristianismo irrumpió en ese panorama para apropiarse de algunas ideas de los paganos y condenar otras, en especial las que atendían a la condición material y mortal del alma o a su transmigración en diferentes vidas. Por el contrario, los cristianos insistieron en la noción de un alma creada con el hombre, nacida para la eternidad y decisiva en su salvación o su condena. Entre la Edad Media y el primer Renacimiento se acumulan reflexiones filosóficas y teológicas con las explicaciones que ciencia y medicina dieron del alma, que unas veces, como quería Miguel Servet, se asentaba en los espacios vacíos del cerebro; otras, según supuso Pedro Mexía, participaba del semen que descendía desde el cerebro hasta los órganos sexuales, y otras se embargaba de melancolía, es decir, de eso que hoy llamaríamos depresión. Los neoplatónicos imaginaron que la belleza del cuerpo manifestaba de modo palpable la del alma y aun llegaron a considerar que había un orden cósmico con el que el alma armonizaba por medio de la música. Y de ahí partieron místicos como santa Teresa o san Juan de la Cruz para perfilar los deleites que sentían en sus encuentros con Dios.
En busca del alma perdida
Uno de los principales aciertos del libro es el de ofrecernos una imagen viva de todas estas entelequias, plasmándolas en versos, en grabados o en lienzos. Unas veces son las palabras de Quevedo, de Lope, Aldana o de Fray Luis; otras, los trazos de Velázquez, que dio al alma la forma de un niño, o los del Greco, que pintó al conde de Orgaz subiendo al cielo ya solo alma con la apariencia de recién nacido y en los brazos de un ángel. Y es que el alma —la conciencia que de nosotros mismos tenemos— se nos presenta para siempre joven. Por eso Francisco de Villalobos, médico de Carlos I, aseguraba que “cuando estoy con otro viejo como yo, pienso que él es viejo y yo no. ¿Qué lo hace? No por cierto otra cosa, sino que a él véole el cuerpo y no el alma. A mí no me miro el cuerpo, sino el alma, que la siento tan verde y tan moza como cuando era de 20 años”. Tenía razón, pues a partir de cierta edad es mejor no mirarse demasiado al espejo.
Podrá decirse que todo son delirios, que estas gentes eran idiotas o ignorantes; pero erraríamos porque estamos ante sabios verdaderos que procuraban comprender el funcionamiento y la complejidad de la vida humana. Esta Historia del alma traza una guía precisa y manejable para que cualquier lector, curioso o entendido, se adentre en este fascinante laberinto de pasiones. Acaso pueda resultar algo lejano, pero lo cierto es que, después de tantos siglos, seguimos indagando en las mismas cuestiones, en lo que somos como individuos, en el sufrimiento, el amor, la felicidad o en la muerte. Algún neurobiólogo vendrá que identifique el alma con una enzima. A saber. Pero, aun cuando así fuera, el enigma permanecerá en lo oscuro y sentiremos todavía la necesidad de ahondar en las razones de nuestra existencia. Y en esas andamos, aunque a tientas.
Historia del alma. Guillermo Serés. Galaxia Gutenberg, 2019. 450 páginas. 23,50 euros.

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