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Como cada enero, en Anagrama contamos con una nueva cosecha de «Compactos» que, desde el pasado miércoles, ya están en librerías (os los presentamos un poco más abajo). Aprovechando la publicación de estos doce nuevos títulos, hemos recogido el hilo de varios artículos, posts de X y correos electrónicos que teorizan sobre la elección de los colores de la colección, y también hemos investigado para daros algunos datos sobre este tema. Para ello, lo primero que hicimos fue abrir la conversación en nuestro perfil de Instagram con estas preguntas: ¿existe un código secreto para decidir el color de cada portada? ¿Hay una lógica oculta, un sistema, una jerarquía cromática?
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Las respuestas no tardaron en llegar. Algunos lectores se aventuraron a decir que el color refleja el estado de ánimo o las emociones que despierta la lectura del libro; otros, que tiene que ver con la temática –la razón más apostada–, con el estilo o incluso con el nivel de intensidad. Hubo quien habló de la época o el año en que fue escrita la obra, de la estación en la que transcurre la historia, de la nacionalidad del autor, de la tipología del libro…
También aparecieron hipótesis más concretas: desde una escala cromática organizada por orden alfabético de los autores hasta decisiones relacionadas con la imagen de la cubierta, el color favorito del autor o una lógica visual y de marketing pensada para facilitar el reconocimiento y crear identidad. Algunos lectores más pragmáticos dijeron que se trata de una decisión simplemente estética: ¿a quién no le gusta llenar la casa de estantes coloridos? También comentaron que era cuestión de pura intuición: «ese libro no podía ser de otro color». Y no faltó quien pensara que, como en todo proceso creativo, hay siempre una parte inevitable de azar, aunque a veces tan coherente como que Knausgård sea azul: «azul noruego».
La realidad combina un poco de todo esto. En «Compactos», lo que manda es la ilustración de la cubierta. A partir de ella se elige el color de fondo, con criterios flexibles, claro. Después, el estudio de diseño gráfico propone distintas opciones y el equipo editorial elige la que mejor acompaña al libro (tal vez, al final, sí que es una cuestión de intuición y experiencia…). Hay pocas reglas fijas, aunque hay una que se repite con cierta constancia: cuando la ilustración es en blanco y negro, el fondo suele inclinarse hacia ese «rojo Ferrari» –como lo llamaba Jorge Herralde–, lo que justificaría las cubiertas de Biografía del hambre de Amélie Nothomb, Trilogía de la Ocupación de Patrick Modiano, Formas de volver a casa de Alejandro Zambra o Mi amor en vano de Soledad Puértolas, entre otros.
Cuando preguntamos al editor a cargo de la colección por otras coincidencias cromáticas entre libros muy diferentes, como novelas de muy distinta temática que comparten un mismo color, la respuesta fue clara: pese a que haya felices coincidencias entre libros afines, a veces un color es simplemente un color.
Desde su nacimiento en 1989, «Compactos» fue concebida como una colección singular: una de las primeras en España dedicada a la mejor literatura contemporánea en formato de bolsillo. En una carta a Sergio Pitol en junio de ese año, el fundador de Anagrama, Jorge Herralde, escribió: «Estoy muy ilusionado con la nueva colección de bolsillo, los “Compactos”, parece que están gustando mucho. Estoy haciendo listas y más listas para el curso próximo, alternando hit parades de la casa con rescates variopintos».
En ella se reunieron, desde sus inicios, los grandes nombres del fondo editorial y títulos destinados a no desaparecer nunca de las librerías. Nabokov, Highsmith, Kerouac, Carver, Tabucchi, Kennedy Toole, Martín Gaite, Pombo… Libros como Lolita, El talento de Mr. Ripley o La conjura de los necios encontraron aquí una vida cuidada y persistente en el tiempo.
«Compactos» afianzó una de las claves de la buena fortuna de Anagrama: la vitalidad de las reimpresiones y la confianza en la duración de sus títulos. No se trataba de recuperarlos de forma excepcional, sino de integrarlos en un sistema regular y reconocible. La colección se pobló de clásicos, de recuperaciones ansiadas y de debilidades confesadas. Su crecimiento fue progresivo: en la década de los noventa se incorporaron más autores en lengua española y la colección se acabó de implantar en América Latina. En once años, alcanzó los doscientos títulos y se consolidó como una pieza central del catálogo.
Quizá por eso los colores de «Compactos» funcionan más como un juego que como una norma y crean una especie de familiaridad con los libros que nos recuerda que siguen vivos, disponibles y, por encima de todo, esperando a ser leídos –o releídos– una vez más.
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