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Uno de los poemas más conocidos de Mary Oliver, «The Journey» [«El viaje»], narra un despertar personal que podría ser tanto el de la autora como el del lector que se encuentra con sus versos por primera vez. El despertar llega como un destello, como un nuevo nacimiento: «y se oyó una voz nueva / que lentamente / reconociste como tuya, / que te hacía compañía / mientras a zancadas / penetrabas cada vez más en el mundo».
Hay pocos poemas que capturen la emoción y la transcendencia de un comienzo como lo hace este de Mary Oliver, pese a que se ha escrito muchísimo, sin parar, sobre los comienzos. Ya lo dijo Heráclito: «El sol es nuevo todos los días». Cada mañana marca el inicio de otra vida.
Ante la repetición de los días, que son siempre iguales, y de la rutina, que convierte el tiempo en espesor, el psicoanalista Jean-Bertrand Pontalis consideraba fundamental saber cómo emocionarse con aquello que hace las cosas distintas. Cada primer día de regreso al trabajo después de las vacaciones, el profesor lo dedicaba a ocupaciones que podían parecer fútiles: ordenar el escritorio y renovar el vestuario. Era su forma de no sentirse un espíritu indiferente y de acentuar la sensación de existir con la alegría que rebuscaba en los detalles. Es así, pues, recurriendo al poder de las cosas para renovarse, que el psicoanalista, año tras año, repetía el ritual que le hacía sentir que se encontraba, de nuevo, al comienzo de la vida. La clave está en borrar las huellas de la cotidianidad, decía, en hacer que la repetición parezca distinta.
Entre su extensa obra, Pontalis firmó El amor a los comienzos, donde narra una breve aventura amorosa con estas palabras: «Estos dos jóvenes, que no pueden ser sino extraños el uno para el otro, se confunden por una noche». El milagro de su amor es haberse encontrado y haber borrado los límites entre los dos, aunque sea solo por una noche, pero también es el rastro que ese evento imprimirá en ellos. Pontalis retrata una relación «sin mañana» que nace para ser solo un comienzo.
Los comienzos no tienen por qué ser triunfales, grandilocuentes y excesivos, con sabor de posteridad. Los comienzos pueden tener forma de voz que de repente se reconoce como propia, de ritual que convierte la repetición en un hito o de noche que no va a perdurar. Qué más da. Lo importante es empezar.
Es Claire Marin, la autora que conocimos con el balsámico ensayo Estar en su lugar, quien indaga en las varias formas y sentidos de las primeras veces, partiendo de textos como los de Jean-Bertrand Pontalis, en su nuevo ensayo Los comienzos. «Se dice a veces que las historias se escriben para saber cómo acaban. Tal vez se escriban también para descubrir cómo empiezan», propone la pensadora. El objetivo: crear una filosofía de las primeras veces. La forma: un ensayo que recopila textos breves, destellos fugaces.
¿Cómo reconocer el amago de un comienzo y aprovechar la ocasión? ¿Por qué los comienzos son a veces tan laboriosos? ¿Y esa nostalgia que nos producen, de dónde viene? ¿Qué es lo que esperamos tan febrilmente al comenzar? ¿Vivir un comienzo es empezar de cero? Marin escribe respuestas para todas estas preguntas, pero puede que hoy, justo al inicio de un nuevo año y con él otro ciclo, podamos darles respuesta nosotros mismos.
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