domingo, 1 de febrero de 2026

El extravío de los signos Natalia Mendoza

https://letrascorsarias.com/tienda/ensayo/el-extravio-de-los-signos/ “En México, la discusión pública se ha vuelto forense: discutimos a qué temperatura arden los cuerpos, qué tipo de evidencia deja una ejecución extrajudicial, cómo reconocer el sitio de una fosa clandestina”, escribe la mexicana Natalia Mendoza en el ensayo El extravío de los signos. “No podemos hablar propiamente de una guerra porque ese término se quedó atrapado entre el abuso metafórico de la guerra contra las drogas y el purismo conceptual que exige distinguirlo de la criminalidad, pues la guerra tendría en principio un propósito político, unos actores definidos y un desenlace. Entonces hablamos de violencia a secas. Sin trama ni protagonistas, como una sustancia o un viento que lo fuese llenando todo: un proceso ajeno a la voluntad humana, sin agencia ni intenciones”. Las cursivas no son inocentes. En el momento en el que las palabras ya no designan con precisión la realidad, la misma realidad se vuelve inasible, inaprensible, inactuable, como una esfera fantasmagórica y lábil que cada quien desplaza y justifica a su antojo, reescribiendo la historia o lanzando misiles en alguna parte. Las palabras como marcas que designan acuerdos colectivos, señales que delimitan zonas de peligro, raíces sobre las que construir un futuro. La muerte del lenguaje como víctima colateral y como condición necesaria para la espiral de la violencia y el agotamiento de la búsqueda de sus razones últimas. Un informe de 2025 calculaba que había ciento veinticinco mil personas desaparecidas en México, donde el verbo desaparecer toma un carácter transitivo: te desaparecen. Mendoza es antropóloga y vive en Altar, un pueblo del desierto de Sonora, a cien kilómetros de la frontera con Estados Unidos, donde dirige un centro de investigación sobre la memoria y las ideas. La colección de ensayos que recoge El extravío de los signos nace de ese territorio, donde el viejo contrabando a caballo dio paso a sicarios en sus furgonetas blindadas y se convirtió en lugar de paso de migrantes hacia el lejano sueño americano. El libro se construye en una doble perspectiva en la que conviven el pensamiento y la crónica de lo vivido, siempre en relación al concepto de lo insepulto, de la cultura fantasmal que se genera alrededor de los cuerpos que no han recibido un rito funerario. Comienza con la figura haciendo un paralelismo con la figura de Tiresias, el adivino que fue consejero de los reyes tebanos durante siete generaciones, un personaje secundario en la tragedia de Antígona. Ante el cuerpo arrojado a las bestias de Polinices, hermano de Antígona, el oráculo no consigue leer los augurios de la ciudad, su futuro. El duelo pasa de ser una cuestión privada a algo político: el ritual de despedida como forma de encontrar un camino colectivo. Miranda baja el foco hacia la tierra y traza una pequeña historia de Altar como territorio en disputa por el crimen organizado: la penetración de esas redes en el entramado social, el ansia de posteridad expresado en los corridos. En La varilla vidente, cuenta su experiencia con el grupo de madres buscadoras de Sonora. La hermandad en el dolor compartido, su manera de recorrer el monte buscando cualquier indicio, un golpe de suerte en esa inmensidad de territorio: tierra removida, basura, restos de una hoguera. Un México lleno de fotos, la galería de la tragedia. Ni siquiera buscan justicia, sólo encontrar los cuerpos y dejarlos en un lugar donde llevarles flores. “Lo único peor que desaparecer es desaparecer y que nadie te busque”, escribe. Si hay unos detectives salvajes, son ellas. ¿Cómo parar todo eso? Al final, Mendoza plantea que “lo forense tal vez no baste, sino la fundación de un relato que incluya todas las causas e imagine un futuro sin violencia”. No ofrece soluciones –quién las tiene–, pero sí la certeza de la necesidad de un relato, una refundación simbólica. “No sé cómo es ese relato, no sé qué voz le dará vida, desde qué nosotras, desde qué nosotros se enunciará. Pero intuyo que su ancla será una tumba, un-lugar-adonde-llevar-flores, un sema en ambos sentidos. Intuyo que se fundará en el duelo, en el reconocimiento del sufrimiento que ya ocurrió. Sólo queda esperar que no imponga la exigencia de un sacrificio mayor todavía por realizarse”. Su perspectiva, la profundidad de su pensamiento junto con el aliento de experiencia convivida, hacen que nos parezca un libro magnífico para pensar en nuestro tiempo. Porque, como señala Mendoza, “las periferias no deben señalarse como excepciones sino como lugares privilegiados para entender la contemporaneidad en su conjunto. Aquí aparecen expuestos engranes que en otras regiones están ocultos”.

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