viernes, 12 de junio de 2026

Dulce basura E. Kayla

https://letrascorsarias.com/tienda/comic/dulce-basura/ “El mundo adora a los artistas atormentados, y los artistas atormentados crean porque no les queda más remedio. Nadie se ha curado jamás creando arte. Imagino que algunas personas quizás hayan encontrado cierto alivio o hayan visto cambiar su suerte. Pero el arte no cura. Es una muleta. Es una herramienta para sobrevivir al día siguiente”. No le habíamos escuchado a nadie afirmar esto de manera tan rotunda. Desde hace algún tiempo, la literatura del trauma ocupa un lugar preferente en el imaginario lector y en la selección editorial. Del trauma colectivo e histórico dejó el siglo XX ejemplos sobrados. El XXI es el momento del trauma personal, atomizado, la materia que nutre obras que conectan de individuo a individuo, ese momento de reflejo en el que lo silenciado –abusos sufridos de puertas hacia dentro– se convierte en una conversación pública a la que acogerse, cuando la experiencia traumática adopta una forma literaria o artística para trascender. Quien afirmaba lo de que el arte no cura es el autor de cómic Mark Newgarden, en una conversación con Kayla E. sobre su obra gráfica Dulce basura, que se acaba de editar aquí. Ella le da la razón: su sensación de alivio no llegó escribiendo y dibujando –un proceso que comenzó después de años de terapia–, sino cuando vio una reseña en el New York Times describiendo con detalles el infierno que había sido su infancia en Texas entre el abandono familiar, el abuso sexual y un amortiguador y temprano alcoholismo. Ahí pensó: todo eso es cierto, me ha pasado a mí y ahora está escrito negro sobre blanco en ese periódico. Cuando la semana pasada te hablamos de backrooms y mundos tarta alrededor del libro Estéticas liminales, de Valentina Tanni, estábamos leyendo el cómic de Kayla E. Tanni ubica el traumacore como esa estética subcultural que parte de una infancia rota para crear imágenes que insertan lo dulce –peluches, muñecas de Hello Kitty– es espacios inquietantes como habitaciones antiguas y casas abandonadas, remarcadas con frases como “estoy roto” o “niño podrido”. Inocencias quebradas que emiten una nostalgia por un mundo de seguridad apenas rozado o desconocido, ubicado temporalmente a principios de siglo. Kayla E. va mucho más atrás en su apropiación de estéticas infantiles. Recupera y recrea clásicos de las tiras cómicas y las revistas de los años cincuenta, aquella época que nos ha llegado como un Technicolor de familias modélicas, tartas de manzana y electrodomésticos brillantes. Pasatiempos, anuncios publicitarios con promesas de remedios para todo, personajes de cartoon que proyectaban en el imaginario infantil con su despliegue de castigos corporales, violencia y velocidad. “Tu obra es una especie de comedia del Correcaminos sobre agresiones seriales”, le dice Newgarden. Es en su operación estética sobre esa realidad dramática donde la autora consigue una obra brillantísima, donde el horror de lo que cuenta va unido a un enorme magnetismo visual. Toma la fragmentación que caracteriza a todas las narrativas sobre el trauma y la aplica a la manera de Chris Ware, uno de sus maestros: el poso de nostalgia de los tebeos antiguos, las secuencias cargadas de silencios incómodos, el contexto como algo que transfiere una atmósfera, un estado de ánimo. Pero no esperes ese color delicado de Ware: aquí la paleta es ácida y apagada a la vez, como si los recuerdos llegaran en flashes con un filtro que impide apreciar esa realidad, el color de la disociación que llega hasta la vida adulta como una sombra. Dulce basura ha sido nominada a un par de premios Eisner y ganó el Ignatius, y nos parecen más que merecidos estos reconocimientos. Ha creado un cómic lleno de inteligencia y atrevimiento artístico con un material lleno de dolor y vulnerabilidad que evita siempre el lugar común de lo melodramático, algo muy bello con una estética que encuentra en cierto grado de feísmo el tono exacto para lo que quiere contar. No sabemos si el arte puede ser un proceso sanador, pero estamos seguros de que nos ilumina y alimenta como lectores. Lo que pasa en Corsarias Como hemos adelantado esta carta al jueves porque mañana es fiesta local, la del santo patrón de Salamanca, santo muy milagrero, te recordamos que hoy mismo recibimos a Ana Garriga y Carmen Urbita, Las hijas de Felipe, las filólogas que han traído hasta el presente los modos de vida y convivencia de las monjas del Barroco. Tiene pinta de que se va a llenar la librería, vente prontito. Las acompaña Mariano Acosta. Pasado mañana, sábado, uno de esos Diálogos Corsarios que tanto nos gustan, dos autores poniendo en común sus obras, sus referencias cruzadas, sus decisiones estéticas. Borja Navarro y David Pascual (akaPerfumme) llegan desde Valencia y en sus nuevas novelas –Perros de cazay Carne, respectivamente– exploran un territorio limítrofe marcado por lo terrible. Navarro hace una abrasiva revisión poética de la decadencia –la de los lugares y la personal– y Pascual recupera el fenómeno de la telebasura informativa alrededor de una niña que desaparece camino de una discoteca. Tienen mucho para conversar. El escritor Alberto Torres Blandina les hace de maestro de ceremonias. Última semana del curso. El martes –ojo, en el cartel figura el lunes por error nuestro– viene Marta Kayser con La fábrica de papel, un cómic en el que indaga en las raíces familiares a partir de una foto encontrada de su bisabuelo, unos dibujos y un recorte de periódico. Arquitecta y escenógrafa de profesión, Kayser debuta con una obra llena de atmósfera que conjuga lo hiperrealista con lo poético, una especie de brújula para saber de dónde se viene y adónde se va. Conversa con Javier Heras. Seguimos con cómic. Miércoles para el salmantino Alberto Martín Curto, autor de Saturnia. Años treinta, Inés esconde en casa a sus dos hijas. Estudian los insectos, la pequeña dice que le gustan las mariposas pero no las polillas. “Son hermosas a su manera. Deben adaptarse a sus condiciones de vida, a la noche”, le dice la madre. Martín Curto desarrolla poéticamente esa idea: lo que tiene que ocultarse en la noche para disponer de su libertad, resistir y sobrevivir, como Clavel de Luna, la cabaretera travesti que entra en sus vidas. Le acompaña Seve Acosta. El jueves regresa la poeta y fotógrafa Elvira Jardón con su nueva obra Teotzin, que en la lengua náhuatl significa venerable energía sagrada. Jardón explora la idea de transmutación: “un ascenso a los territorios donde el cuerpo, la memoria y lo sagrado se reconocen como una misma corriente. Un canto a la existencia como metamorfosis y un recordatorio de que la conciencia no pertenece al yo, sino a aquello más vasto que nos habita y al mundo que nos rodea”. Conversa con Luis Boullosa. Nos queda, para el próximo sábado Daniel H. Barreña, te lo contamos en la siguiente carta.

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