lunes, 22 de marzo de 2021

CONVERSACIONES ESTÚPIDAS© [22] By Víctor Norberto Cerasale Morteo®

CONVERSACIONES ESTÚPIDAS© [22] By Víctor Norberto Cerasale Morteo® Siempre me sentí agradecido de la vida… los pesares suelen ser parte del paisaje así es que hay que agradecer por cada día que uno amanece, tal vez porque en ése día se encontrará la respuesta del día anterior, o quizás algún indicio del pasado distante, nunca se sabe… uno debe ser agradecido por aquello que le conceden, y también debe serlo por aquello que no se concede, ya que siempre hay motivos celestiales para que unas cosas se den y otras no… la perspectiva te puede facilitar el entender por qué algunas cosas sí y por qué otras definitivamente no, trátese de cosas, trátese de hechos, trátese de personas que se acercan y se alejan al modo de un complejo planetario donde todo es posible… a cada astro su órbita… a cada galaxia su razón… a cada sistema su orden… de eso se trata… el razonamiento crítico te permite abordar los temas de menor a mayor… esto es que primero entiendes menos y después, si se dan las condiciones, entiendes más… todo lleva su tiempo, y a veces te cae la ficha mucho después de los sucesos de la circunstancia… eso me ha ocurrido desde siempre, así es que tomo las cosas con naturalidad y me sumerjo en cada día como una bendición, aún cuando las cosas no salgan, aún cuando las cosas salgan mal… En 1996 me designaron director de un complejo hospitalario… casi una manzana… diecisiete pisos en la planta del frente, trece pisos en la planta trasera, la primera daba a la Avenida Rivadavia y la segunda a la calle Rosario… ambas se unían por un pasadizo casi secreto que atravesaba los subsuelos, de los cuales habían seis en la planta trasera y cuatro en la delantera… léase… había mucho personal dando vueltas siempre… muchos médicos (1.700), muchos enfermeros y enfermeras (3500), muchas mucamas, muchos técnicos, mucho de todo… sentía que estaba en una ciudad dentro de otra ciudad ya que si al personal le sumas los pacientes y sus familiares se produce un remolino de proporciones bíblicas… el remolino nunca cesaba, era más intenso a la mañana y amainaba a la tarde, pero a veces atropellaba por las noches donde había embotellamiento de ambulancias realizando traslados desde todos los rincones de la Ciudad de Buenos Aires y allende ella… en el hospital había de todo y para todos… y mi llegada allí había sido un especie de aquelarre y concertaciones, ya que muchos empujaban para que un investigador de cuestiones médicas llegase y otros repelían la idea porque buscaban alguien manejable… esa vez ganaron los que empujaban y terminé sentado en la dirección, viendo cómo el tsunami amanecía, crecía y arreciaba todos los días, sin cesar… Me había hecho amigo de uno de los miembros del directorio, podría decirse el que aglutinaba las fuerzas y las ordenaba evitando confrontaciones y choques… se llamaba David… era médico de los buenos… medio en acción y medio retirado… ex presidente de la DAIA… un hombre de una sapiencia singular se había acercado con su característica amabilidad a conversar, una noche, como si estuviésemos de guardia, una de las primeras… y nos habíamos quedado hasta la madrugada charlando de los atentados a la Embajada de Israel, y más tarde a la AMIA… él tenía familia en Israel y a mí me sobraban amigos allá, algunos colegas y otros también… nos unía mucho más que una relación de jefe a director… él lo sabía y yo también… su hija mayor es médica… y a veces se agregaba a las tertulias, donde comentábamos los acontecimientos del día y las mareas de recursos humanos envueltos y atropellados por miles de pacientes… mantener ordenado el desorden es una tarea de coordinación de inteligencias, así es que para ello nos íbamos reuniendo secuencialmente con jefes y asistentes de servicios de todo el hospital, y cuando llegábamos al último volvíamos a comenzar… una especie de sinfín… donde no faltaban ateneos, reuniones, conferencias, descripciones, exposiciones, y llamados oportunos e inoportunos… me asistía una médica con la que habíamos establecido una gran amistad y estábamos obligados a sostener vínculos con Obras Sociales y sobre todo con el PAMI… ella era yo… yo era ella… Nuestras reuniones se habían hecho frecuentes al punto de que a veces comenzaban a la mañana y se extendían durante el día, para luego alargarse a extensas noches donde el descanso nos esquivaba obligándonos a ocuparnos del vaivén diario… En ese mismo año llegué a la fundación FEIAS del Hospital Italiano de Buenos Aires… siempre me gustó “docencia e investigación” y las circunstancias me empujaban a participar en cursos de auditoría médica y administración de medicamentos, así es que me acercaba al hospital a unas quince cuadras del de donde era director, y más tarde regresaba a seguir con mis tareas… dicho paisaje se fue multiplicando con los años y se agregaron el Hospital Naval Buenos Aires, el Hospital Durand, el Complejo hospitalario Policial Churruca-Visca, y otros donde me fui sumando a la misma actividad… siempre… docencia e investigación… te cuento que siempre entendí que hay que devolver algo de lo que uno recibe, así es que esta participación salvaba mi alma… y como valor agregado, contribuía a mis largas conversaciones con David… él encantado de mi extensión académica y yo agradecido porque la docencia me ayudaba a mantener limpio el cerebro… A veces se hacía la una de la mañana… a veces las dos… a veces las tres… y estaba en posición desde la seis de la mañana, es decir, en un hospital de semejante envergadura, las cosas nunca dejan de suceder y todo amerita atención y si bien estaba rodeado de médicos amigos, siempre había cuestiones que atender que se caían del mapa de las habitualidades… siempre había familiares pidiendo algo y por alguien… y la recorrida por los pisos demandaba mucho tiempo… 600 camas son algo equivalente a un mundo… cuando llegas a la última no tienes ni idea de lo que está pasando en la primera, y así todo el tiempo… por suerte nos habíamos organizado y el engranaje funcionaba… Una noche, muy tarde, venía caminando por el hall central yendo hacia la Avenida Rivadavia… cansando… traspirado… agotado… pretendía irme a la que creía mi casa… de pronto, escucho que alguien le pregunta a otro alguien por “quien era el director”… me detengo, interpelo, “yo Señor”, qué necesita… se acerca… me toma del brazo… dice: “mi mamá está mal doctor, necesito que me asegure que la cuidarán, no quiero que se me vaya”… ¿dónde está?, pregunto… en el piso tal, en la sala cual, y la atiende el médico x… está en buenas manos, respondo… por favor doctor, acompáñeme hasta el piso… vamos, contesto… ascensor… calor agobiante… llegamos… nos acercamos a la habitación y sale el médico a cargo… ¿cómo está la paciente?, pregunto delante del hijo… me describe toda la circunstancia… ¿ve?, como le dije, está en buenas manos… quédese tranquilo que todo va a estar bien… él se queda acompañando a la madre y yo regreso al ascensor… imposible… sube y baja de los pisos superiores… decido bajar por la escalera… extenuante… aún en bajada… Cuando llego a la planta baja me llama el jefe de guardia… che, esperá, no te vayas… tenemos un camillazo (sinónimo de que la guardia rebalsaba de pacientes y que los colegas no daban abasto) … pienso para mis adentros, ¿qué hago?... le digo, quédate tranquilo, lo coordino… se harán las seis de la mañana, para qué me voy a ir, mejor me quedo… permanecer tiene sus beneficios, pero también sus precios… sentí que mientras me esforzaba por ejercer mi voluntad, alguien me estaba apuñalando por la espalda… una vez más, no me equivocaba… la dignidad siempre se reduce al uno mismo… más allá, todo es posible, hay que aceptarlo como es…

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