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Parece algo inaudito no saber cuándo vamos a hacer algo por última vez: el paseo final, ese giro de la llave en la cerradura de la puerta, un abrazo, alguna conversación insubstancial. Es probable que hiciéramos tantas cosas de otro modo si supiéramos que las hacemos definitivamente, sin posibilidad de repetirlas. Quizá es por ello por lo que T. S. Eliot insistía en el comienzo que se abre en cada desenlace cuando recitaba el verso: «El final es desde donde empezamos». O Emily Dickinson, que escribía «No pude detenerme ante la Muerte / Ella, amable, esperó por mí».
Nos sorprende no saber cuándo haremos ese último gesto, nos sorprende no saber qué hicieron nuestros muertos antes de morir, y nos sorprende todavía más que esos últimos momentos fueran en apariencia insignificantes, carentes de trascendencia, como si no dijeran nada de sus biografías. En otras ocasiones, como pasa con el suicidio, los instantes previos se convierten en el enigma que es necesario descifrar, como si pudieran contener la clave que explicara el motivo de su partida. Ya sea el consuelo para los que se quedan, el perdón para los que se van o, simplemente, la comprensión de lo que ha sucedido.
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