miércoles, 11 de marzo de 2026

Donde hierven ahora todos los poemas | La newsletter de La Bella Varsovia

1. De repente un día el ruido, tal vez un rugido o una mueca, trae un significado descifrable y creamos un idioma. Fundamos una ciudad creyendo en un imperio lejano que, desde luego, no llegará. Nos alimenta durante. 2. No es el tiempo, al menos no el tiempo lineal, el que delimita los subconjuntos. Es una niña que dice antes. En la sorpresa, una onda expansiva que lo arrasa todo. 3. Podría haber sacado el móvil del bolsillo y grabar otro vídeo. Mandárselo a las abuelas y que estas lo reenviasen a las tías y así sucesivamente hasta que, por azar o equívoco, alcanzara los bancos de imágenes o China. Elegí el cuaderno. 4. Escribí este libro emulando a Claudio Rodríguez. Me convertí en un poeta andariego que, lejos de mirar las espigas, empujaba un carrito. El traqueteo de las ruedas servía para contar las sílabas, hilvanar endecasílabos erróneos y creer. Los treinta minutos exactos que se dormía calmaban las palabras. Configuraban un orden desconocido. 5. Pensé mucho en el amor. En los amores. En cómo un amor tan grande recluido en un frasquito pequeño parecía terminar, de golpe, con las mayúsculas, con las canciones, con los puntos kilométricos. Con los conceptos que parecían arraigados. 6. Dijo «papá». 7. Un quirófano, una niña que asoma entre la carne como una promesa bíblica. Moisés, las aguas, todo eso, ya sabes. La vida y la muerte en un mismo habitáculo. Las variables descartadas. Nosotros. 8. El poeta cree que domina el lenguaje. Cree poseerlo, manejarlo, moldearlo si es preciso. El poeta brilla en algún verso, en una metáfora nueva que envejece en su propiedad y silencio. El poeta no lo dice, pero mira desde arriba (no sé si desde lo alto). El poeta escucha las primeras palabras de su hija y descubre que nada sabe. Que ha vivido en una ilusión de cartón piedra. 9. Sin manual de instrucciones llegó el beso. La mano tonta que se desliza. El enardecimiento, que decía Don DeLillo. Llegaron también las noches sin dormir y las ojeras. La contemplación. «Mi oído como de mastín que falsamente duerme a la sombra de una higuera esbelta.» 10. Decía Carlos Pardo en una carta como esta: «Pienso que la poesía debiera ser el género que se escribe sin querer». Escuchar esa voz, el redondeo de las palabras para hacerlas manejables, decir las cosas para que existan. Toda la teoría, también, sin querer. Toda aquella poesía que perseguí, presente, jugando sobre la alfombra.

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