sábado, 28 de marzo de 2026

“Nací en Villafranca del Bierzo, confín occidental de la provincia de León, y allí empecé a leer, en mi adolescencia”.

https://www.fundacionantoniopereira.com/biografia/ «Escribo para que me quieran», dijo el escritor Antonio Pereira. Pronunció esta frase en una conferencia en la Universidad de Navarra, donde celebraba una de las mayores satisfacciones que le había dado la literatura: la creación de un buen número de amistades. Hace apenas unas semanas, Mayte Gómez Molina, poeta y narradora, confesaba en una conversación con Noelia Ramírez y Begoña Gómez Urzaiz que la inteligencia había sido, a lo largo de su infancia, una estrategia para demostrar a los demás que merecía ser querida. Que era digna de ser amada. Esto es algo que también siente Anna, la protagonista de La boca llena de trigo, la primera novela de Gómez Molina, que recupera su universo poético declinado ahora en una historia sobre los entresijos del mundo del arte, entre galeristas famosas y artistas ricos. Un día, Anna recibe la llamada de Maria Manzoni, una conocidísima coleccionista de arte contemporáneo que le ofrece una oportunidad única en ese mundo: una exposición individual de quince cuadros, con la promesa de recorrer un largo camino juntas. Entonces aparece, implacable, la duda: ¿pintar esos cuadros es un deseo genuino o responde a la necesidad de cumplir? ¿Crea para ella misma o para complacer a esa galerista reconocida? ¿Se ha convertido la creación en un intento de satisfacer las expectativas de los demás? Después de esa llamada, parece que algo está a punto de pasar, «pero imposible saber si ese algo era bueno o era malo». Crece la duda en Anna, que trasciende el síndrome de la impostora y acaba preguntándose algo todavía más profundo: por qué se crea y para qué. ¿Cuál es la intención final del arte? ¿Con qué pretensiones nace, qué objetivos quiere cumplir? Es por eso por lo que Anna regresa a su infancia y al recuerdo de unos años atravesados por el rechazo y la culpa. También piensa en el presente: en una amistad que se resquebraja cuando el éxito inesperado llama a la puerta. Puede que todo lo que rodea el arte vaya mucho más allá del arte, y que la pregunta por la creación no la responda la creación misma, sino algo más hondo, más humano y esencial: ¿creamos para sentirnos queridos? En esa conversación con Noelia Ramírez y Begoña Gómez Urzaiz, Mayte Gómez Molina afirma que es muy difícil mirarse a una misma y descubrir las verdaderas intenciones que nos mueven. ¿Y si no somos tan humildes como nos pensamos, cuando estamos creando? ¿Y si, en el fondo, deseamos el éxito, la aprobación social, el reconocimiento? Otra forma de amor: el amor del público, el aplauso global, la celebración colectiva. La historia de Anna retrata todo lo que ocurre cuando la creación deja de ser algo que se hace en el espacio íntimo, sin pretensiones (durante esos intensos años de universidad, por ejemplo, cuando la ingenuidad lo baña todo), y se convierte en una actividad en la que se instala la mirada de los otros: la recepción. ¿Es posible mantener entonces una idea pura del arte? ¿O mantener una idea pura del amor? La historia de Anna nos enternece porque, de algún modo, habla también del lector: cuando alguien proyecta expectativas sobre nosotros, cuando nos hacen la promesa de llevarnos muy lejos, incluso nuestros deseos más sólidos, eso a lo que llamamos «esencia», pueden cambiar. Puede que entonces crear ya no vuelva a ser jamás lo mismo.

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