lunes, 30 de marzo de 2026

Dos mujeres desnudas Luz

https://letrascorsarias.com/tienda/comic/dos-mujeres-desnudas/ Al principio no hay nada: un lienzo en blanco, una página en blanco. Es 1919 y el pintor Otto Mueller y su mujer, María Meyerhofer –Maschka–, están en un bosque en los alrededores de Berlín. Ella, como tantas veces, posa. Él acaba de empezar la que será su obra Dos mujeres desnudas. Quiere tenerla a tiempo para una exposición a punto de inaugurarse. Es algún momento de los años veinte de este siglo y el autor de cómic Renald Luzier –Luz– acaba de empezar la que será su obra Dos mujeres desnudas, la historia de la pintura de Mueller. Podría haber empezado mostrándonos cómo nace el cuadro, sus primeros trazos ante nuestros ojos. Pero opta por una decisión radical: hace que sean nuestros ojos los que nazcan, nos coloca en el punto de vista del recién nacido cuadro. Nuestra realidad se va construyendo con cada pincelada. Un testigo, una mirada subjetiva ante la que van a desfilar las pequeñas historias y la gran Historia, la Alemania de entreguerras. Tenéis que ver esto, esto es lo que pasó, es necesario no olvidarlo, parecen estar diciéndonos el cuadro y el propio Luz. Tal vez revelar este genial hallazgo narrativo se convierta en un gigantesco spoiler: no afecta a algo que ocurre al final de la obra, sino que la determina por completo. Un spoiler no de contenido, sino de forma. Pero, en fin, también lo dicen en la contraportada y todo lo que se cuenta está en los libros de historia: Dos mujeres desnudas fue considerado y expuesto como arte degenerado por los nazis, se salvó de la destrucción y se conserva hoy en el Museo Ludwig de Colonia. Es la historia de un superviviente. La sensación es que Luz consigue una obra maestra de esas que no pretenden apabullar proclamando su genialidad a cada instante sino desde una posición más escorada y silenciosa. Aquí van algunas ideas e impresiones que nos ha generado el cómic para respaldar esta afirmación. En 1925, Mueller vende el cuadro al abogado y coleccionista judío Ismar Littmann. Lo cuelga en su despacho, frente a una ventana. Esta parte podría titularse Cómo contar el auge del nazismo en dieciocho páginas. Por el trozo de calle que vemos van apareciendo soldados borrachos dibujando esvásticas sobre la nieve con su orina, brazaletes, pintadas, carteles, banderas, la violencia cada día haciéndose más explícita, noches de caza y cristales rotos. Las fauces del lobo cada vez más grandes, más oscuras, plenamente a la vista. En algún momento, Ismar corre una gran cortina negra que tapa la ventana. La exposición Arte degenerado, inaugurada en Munich en 1937, reunió alrededor de setecientas obras. Organizada por Goebbels y comisariada por Adolf Ziegler, el pintor favorito de Hitler después de sí mismo, clasificó en nueve categorías las representaciones de lo que consideraban impuro, obsceno, mestizo, loco. Lo que se alejaba de su idea heroica de pureza. Las cartelas, pintadas a mano, componen un manual de deshumanización. ¡No alineen las obras!, gritaba Ziegler. Quería caos, una impresión que generara lo opuesto a aquel neoclasicismo ario. El montaje expositivo como mensaje: la guerra cultural nuestra de cada día. La muestra recibió tres millones de visitantes durante todo su peregrinaje por Alemania: un irónico efecto Streisand si la mayor parte no hubieran terminado entre las llamas. Luz formaba parte de la redacción de Charlie Hebdo. El 7 de enero de 2015 llegó tarde a la reunión en la que cinco dibujantes –entre once personas– fueron asesinados por terroristas islámicos. El odio hacia el poder desestabilizador del arte. Luz como superviviente: Dos mujeres desnudas como autorretrato de Luz con un cuadro delante. Mueller y Maschka en el estudio. Conversan mientras él mira al cuadro, nos mira. Nunca habíamos visto representada tan bien esa actitud de abstraimiento puro en el que la mente del artista se vuelca en la pintura y otra parte de su cerebro todavía mantiene un diálogo con la realidad. Un pie en cada lado, pero en el lado del cuadro está metido hasta la rodilla. Esa dualidad del proceso creativo, que Luz maneja con una soltura exquisita. Es como estar allí, y esa es una de las cosas más bellas del cómic. “No soy un pintor expresionista”. “No formo parte de ningún grupo, yo soy un artista libre”. Mueller está asociado históricamente a Die Brüke, el colectivo expresionista que a principios del XX plasmó en formas y colores toda la agitación cultural y social centroeuropea. En la obra de Luz parece empeñado en romper ese vínculo, desmarcarse. El temor de que una etiqueta malentienda su obra, la reduzca, la prive de sus vínculos más genuinos. El cuadro como espejo de nosotros, los espectadores, la sociedad civil. Y también de nosotros como lectores de este cómic, hoy y aquí. El cuadro como permanencia del pasado, formando parte de una familia de obras artísticas que nos siguen interpelando. Entre los tonos sepia que utiliza Luz para representar la vida, los cuadros ven a sus colegas cuadros a todo color. Las viñetas parecen pintadas sobre esos papeles poco nobles que utilizaban los artistas cuando no tenían dinero, como casi toda la obra de Henri Toulouse-Lautrec por ejemplo. Esas superficies ocres que aprovechan para jugar con el color. El trazo de Luz le otorga una sorprendente levedad a una historia terrible: su dibujo parece flexible, fluido, los contornos de personajes y cosas se dilatan y la vez son sumamente precisos. Luz ha creado una máquina narrativa muy especial: es a la vez una novela (gráfica) histórica, un delicado estudio sobre la vida del artista (de uno concreto y en general), la evidencia de que el cómic puede hacerlo todo, una alabanza profunda al valor y la necesidad del arte libre en una sociedad y una no tan velada conexión con un presente donde vuelven a aflorar mentalidades regresivas.

No hay comentarios: