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Dicen que hay escritores de mapa –aquellos que trazan un plan y lo siguen– y escritores de brújula –que buscan la orientación una vez sumergidos en el texto–. Y luego está Ángela Segovia.
Joi es su primera novela, su nueva novela, si es que queremos escribir la palabra novela con todas las letras, porque siempre encontramos en su poesía –especialmente en la última época– hilos narrativos que se asentaban en imágenes que emanaban una especie de resplandor, palabras como imanes que ponían toda la energía en movimiento. Imanes que desnortan todas las brújulas.
Joi: una niña mirando hacia abajo en un puente sobre el río Sena. Una niña con un vestido blanco entrando a un bosque, saliendo del bosque manchada de barro, hojas y sangre. Una niña que no puede dejar de serlo: un reducto de pura inocencia que resulta inconcebible entre las cosas del mundo. Una hija que ha dejado de serlo. Un perro al que le falta una pata. Un hospital psiquiátrico. Flores, árboles, insectos. Pinos, resina. Putrefacción. Silencio. Una estrella naranja en el cielo. Un grial dorado. Un escritor poseído por la furia, por la sensación de que existe el camino de la literatura y el camino de apagarse. La mano cálida de un nómada en el desierto del Sahara. Aguas que no desembocan. Un extraño lagarto que susurra, que tal vez lleve susurrando palabras desde que los egipcios enterraban a sus muertos rodeados de signos. Una herida que no se cierra. Un cuaderno verde con bordes dorados. Gente: vagabundos, aristócratas, escritores finos y escritores malditos. Todos miran a Joi y ven en ella lo que ya nunca jamás podrán poseer.
“El corazón ausente ya no tiene forma, hemos olvidado cómo era, posiblemente nunca lo supimos, porque lo perdimos antes de poder nombrarlo, y estamos atados a una búsqueda sin final posible. Queda entonces la mera búsqueda, a rebase”, escribía Segovia acerca de su poemario Amor divino. Era 2018, venía de ganar el Premio Nacional de Poesía Joven, y decía en una entrevista: “Soy una inútil, ahora sólo sé escribir”. Y aquí sigue, escribiendo, buscando, como quien concibe la literatura como una manera de entregarse desde la fragilidad a ese reclamo absoluto, como una detective salvaje obsesionada con encontrar alguna luz que ilumine lo oscuro. Su trayectoria nos parece única entre los escritores de su generación.
Es posible que Joi sea una novela sobre la escritura misma de la misma manera que un cuadro siempre es un cuadro sobre la pintura, más allá de la representación. De su necesidad. “Creo que la literatura y la escritura vinieron a colmar el vacío que quedó en mí al abandonar la infancia, y así pude prolongar ese legado de fantasía”, decía Ángela en otra entrevista. Orbita alrededor de algunos mitos: los cantares de gesta medievales, de aquellos cuentos en los que el bosque era un lugar sagrado donde la vida y la muerte jugaban a solas su partida, las vidas de escritores que vivieron su papel entre lo autodestructivo y lo epifánico, los arrebatos místicos, esa textura de lo herido y lo afilado de alguna literatura centroeuropea.
La novela está escrita con una intensidad febril. “Una frase apareció en su cabeza. Después apareció otra y luego otra. No tenían ningún sentido. Pero no se marchaban. Sacó los papeles de la mochila y anotó las frases. Las miró. Tampoco sobre el papel comprendió su sentido, pero eran sólidas como piedras. Otras frases fueron rebotando en su interior y él las escribía y en el papel se convertían en algo distinto”, escribe.
Es una novela que te zarandea con su belleza extraña, te invita a adentrarte con ella en ese bosque oscuro lleno de palabras y símbolos.
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