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“Emigrar es contraer una deuda que se extiende como una mancha de aceite sucio por muchas generaciones. Aceite de motor literalmente. Una deuda con el lugar que te expulsa y una deuda con el lugar que te absorbe. Ni el uno ni el otro dice ‘expulsar ni ‘absorber’ porque eso cambiaría el relato (…) Los lugares dicen que nos fuimos, que emigramos, que marchamos, y dicen que nos acogieron, nos recibieron, nos dieron oportunidades. Y aquí no ha pasado nada (…) siempre que te portes bien, siempre que estés calladita, siempre que pases por el aro, porque la deuda, la deuda. Y a callar. Pero todo este destierro, esta pena, esta violencia, esta soledad, esta incomprensión, este silencio, este borrado, este olvido”, escribe Bigritte Vasallo en La fosa abierta.
El artista Florencio Maíllo leyó su tesis doctoral en 2006, una investigación sobre la emigración en la Sierra de Francia (Salamanca), realizada a raíz de la aparición azarosa del archivo del fotógrafo Bienvenido Vega, que trabajó a mediados del siglo XX en la comarca. Tres mil fotografías que documentaban la emigración –también interior, pero sobre todo a Europa– en los años sesenta: un vaciamiento de población, la pérdida de una manera de vida campesina. Tituló su tesis Identidades perdidas y eligió una foto que habla bien del carácter poético que insufló a su trabajo académico: un retrato de unos abuelos con un niño de alrededor de un año, los adultos aparecen velados por un defecto en el negativo. ¿Quiénes eran, cuáles eran sus vidas, sus identidades más allá de su filiación?
Este proceso se dio en toda la provincia, en todas partes en realidad, en todo el campo. El periódico El Adelanto publicaba hace un siglo anuncios a toda página en los que las compañías navieras ofrecían viajes trasatlánticos, como si esto fuera puerto de mar. La totalidad de los vecinos de Boada cursaron una petición en 1905 para emigrar a Argentina. La pregunta de por qué se marchaban tiene fácil respuesta: porque eran pobres.
“La pregunta para las y los mutantes, las criaturas de la diáspora rural nacidas en las ciudades y en el relato urbano es: ¿por qué éramos pobres?”, escribe Vasallo.
La fosa abierta es un ensayo que se ramifica desde una raíz muy profunda: la diáspora de la emigración –seis millones de personas entre 1955 y 1975– como un proceso histórico, político, que podría empezar con la desaparición de las tierras comunales que permitían la supervivencia de sus gentes. El desamortizador que lo desamortice buen desamortizador será: reformas y contrarreformas para que todo siguiera igual. “La correlación migratoria: no hay ‘zonas ricas’ y migrantes atraídos por la riqueza como moscas a la miel. Hay zonas enriquecidas a través del empobrecimiento de otras zonas y las vidas migrantes forman parte del expolio. Todo lo demás es simplemente una mentira repetida las suficientes veces”, escribe. Por eso éramos pobres.
Parece un signo de los tiempos: silenciar los orígenes de los problemas, trazar una raya a partir de que ya no se quiere saber nada, utilizar con alevosía estos lodos metiendo bajo la alfombra aquellos polvos, por utilizar el refrán. El lenguaje, los lugares de poder de enunciación. Vasallo le presta mucha atención a eso, a los sí-lugares desde los que se construye el discurso frente a los no-lugares –no, no eran un aeropuerto– que quedaron atrás y no tienen voz.
Alrededor de ese silencio que la autora llena de momentos históricos significativos, como quien teje un mapa, existe en este libro otro: el personal. Emigrada a Barcelona desde Chandrexa de Queixa, una aldea gallega, Vasallo intenta acceder al pasado de su madre antes que que fuera su madre, sirvienta en una familia parisina de alta alcurnia. La imposible correspondencia con el niño al que ella cuidó –un tal monsieur Charmat, aficionado al golf y dueño de un château– articula una investigación que se expande hacia vecinas, amigas y compañeras, dejando entrar en el libro un río de oralidad, de testimonio, que conforma una voz múltiple que no atiende al punto de destino sino al de origen. La evidencia de que ese proceso fue colectivo, que esas identidades siguen en cuestión, miradas por encima del hombro. Lo charnego como algo compartido, más allá de puntos de llegada.
Vasallo escribe impulsada por una especie de rabia poética e insumisa que, desde el punto de vista literario, se lleva de maravilla con el análisis histórico, político y social. Su estilo borda ese tipo de ensayo que va de lo personal a lo colectivo para poner una mirada nueva delante de una realidad insoslayable y tan manoseada hoy. Lo hemos disfrutado mucho.
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