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Hemos visto la mano de Eduardo Ruiz Sosa escribiendo sobre un mapa. Sortija engarzada de obsidiana, anillo de calavera dorada de algún herbívoro con grandes ojos negros, pulsera de cuentas negras, un tatuaje que asoma bajo la manga hasta el límite de los nudillos. Se posa sobre una frase que dice “Por eso se dice que los muertos abren los ojos de los vivos”. Al lado hay un gran círculo que enmarca, como una poza, un tramo del río Zuaque. Más abajo, una flecha donde se lee: Culiacán, la ciudad donde nació.
Sobre un mapa geológico de un fragmento de Sinaloa –desiertos, sierras, ríos, lagunas–, las palabras de un escritor, las palabras que lo cubren todo. Parece la obra de alguien obsesionado con una pérdida y su búsqueda, como esas habitaciones cerradas de detectives llenas de fotos, recortes de periódico de informes policiales sobre casos olvidados de chicas descuartizadas. Palabras: París, Mina del padre, Prehistoria, El desbalance, La caída de la casa Usher. “No resucita completo lo que regresa, lleva jiribilla la recordación, va torcida de los núcleos, más cuando lo nuestro está repartido entre tantos, nomás lo defectuoso es lo que nos recupera, la borradura”.
El mapa es la metáfora visual de un libro, El paisaje es un grito, que es a su vez metáfora de tantas otras cosas: el viaje, el regreso al origen, el otro lado, la frontera, el desarraigo, lo fantasmagórico, la voracidad de lo monstruoso. La figura del doble como estatus permanente del migrante. La muerte, como si hubiera otra cosa. Podríamos haber escrito cualquiera de esa palabras con mayúsculas.
No somos mucho de hacer estas distinciones, pero con mayúscula se podría escribir también en este caso Literatura, si entendemos lo de darle el relieve a la inicial cuando se produce esa magia de convertir en un lenguaje concreto una mirada personal sobre el mundo, la de alguien que no puede sacudirse la realidad de encima. Eso es lo que viene haciendo Ruiz Sosa desde hace ya unas cuantas novelas, desde Anatomía de la memoria a El libro de nuestras ausencias. Publicaba hoy Nadal Suau una elogiosa reseña sobre El paisaje es un grito, donde decía: “No sé si esto se tiene suficientemente claro: es uno de los mejores novelistas en lengua castellana de su generación”. Alguien ha dicho por aquí que se queda corto, aunque no sabemos si es porque en la frase sobraría uno de los, lengua castellana o generación. Aquí, muy de vez en cuando, nos dejamos llevar por el entusiasmo.
La novela es la historia de un viaje fantasmal en el que Baldor, que acaba de ser deportado desde Estados Unidos –el Otro Lado–, Lombardo y Caticha trasladan el cadáver de el Genízaro, le llevan a un pueblo llamado El Presidio, que quizá ya no exista. ¿En qué medida existe lo que se dejó atrás? ¿Nos abandona lo que abandonamos? ¿Quiénes somos al volver del lugar en el que creímos que podríamos ser otros? ¿Es el Otro Lado, como la muerte, un lugar mental del que aún es posible regresar?
Cruzan pueblos con nombres cambiados –Praga, Belfast, Cadaqués– en una extrañeza permanente, que se contagia a las historias que se cuentan: mitos, tiempos detenidos, lugares en los que se percibe la presencia de un territorio exhausto, las ruinas de la extracción. Una memoria del trabajo en minas y explotaciones pesqueras, gérmenes de violencias patronales y generadoras de un vacío del que nosvamosnosvamosnosvamos. Genealogías borrosas, como la de Mat Xante, un antepasado que se hizo gringo y quería extender los límites del país haciendo los caminos más laberínticos o agrandar la historia norteamericana fundando ciudades con los nombres de capitales europeas, veintitrés veces París.
“la naturaleza de lo caído,
cuando se levanta,
es otra”.
El paisaje es un grito es la obra donde Ruiz Sosa lleva a sus máximas consecuencias ese estilo torrencial, que no da tregua. Convierte esa realidad convulsa de violencia normalizada, el trágico limbo de los miles de desaparecidos, en una escritura que sacude, que es concreta y llena de hallazgos e imágenes poderosas y a la vez parece que se escapa entre los dedos como si intentáramos tocar un fantasma. Porque así es la literatura: el poder y la incapacidad de la palabra para convertir en vivo lo que ha muerto. “deja ya de decir el Origen y empieza a decir Culiacán”, le dice el narrador a, tal vez, el escritor.
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