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Este libro nació como una búsqueda ciega. Es el resultado de una narradora que se ha pasado mucho tiempo rumiando asuntos cuya comprensión le rehúye. Ese rumiar ha dejado surcos que recorren y profundizan preguntas esenciales que, por suerte, no aspiran a ser resueltas. Pero, al cabo de los años, el conjunto parece revelar un mapa emocional, o, como una vez me dijo un lector, «una colección de malestares colectivos».
Leí que las arañas tienen un saber que consiste en poder anticiparse a la totalidad a partir de un pequeñísimo primer movimiento. Desde la primera puntada, la araña ya sabe qué forma y qué alcance tendrá su red cuando la termine. Me dio envidia ese don. También me dio alivio. Saber a dónde se apunta quizá te ayude a ganar control sobre el resultado, pero también te quita el vértigo y el asombro que traen las búsquedas.
Algunos de estos textos fueron encargos de revistas literarias. Para mí un encargo es un anzuelo que muerdo todas y cada una de las veces. Te dan un marco –como decir una bolsa– y tú pones tus pertenencias adentro. Sospecho que, también, me resultaba conveniente desligarme de la génesis de aquello que escribía y, ante cualquier planteo posterior, sacudirme las manos: esto no se me ocurrió a mí, esto me lo pidieron y además me lo pagaron (el dinero, en este oficio magro, es un argumento difícil de impugnar).
Lo que quiero decir es que los textos de Primera persona son de fechas y latitudes tan distintas que nunca hubo un criterio unificador que me llevara a concluir: acá hay una serpentina de hermanitos, vamos a buscarles un hogar. Y, sin embargo, la sensación que tuve al leerlos en conjunto fue que, más allá de la premisa de turno, eran partes de un ecosistema que juntaba todo aquello capaz de generar la más grandiosa ambivalencia (madre, padre, hijos, patria y otras pequeñeces existenciales).
Pero como mis puntadas no son de araña, me cuesta mucho pensar en estos textos como «autobiográficos». Si bien parten de una experiencia cercana, fueron escritos casi en el momento mismo en el que la estaba transitando. ¿Pero son reales? Prefiero pensar que son vitales. Por eso carecen de esa dimensión tan propia de la autobiografía, que es la del aprendizaje que deviene tras un camino recorrido.
Los textos de Primera persona no dicen «esto me pasó y ahora miro hacia atrás y lo cuento con el glaseado de condescendencia que se ejerce desde el futuro». Los textos de Primera persona podrían decir: «Esto me está pasando ahora mismo a mí, pero en la medida que te lo cuento también te está pasando a ti». Porque su mayor aspiración es que esa voz gramatical que los impulsa, la primera persona del singular (yo), se convierta en una primera persona del plural (nosotros). Lo que más me gusta de haberlos vivido/escrito es no haber acuñado moralejas. Porque una moraleja no se puede acompañar, pero una búsqueda sí. Llevo tiempo cosiendo estos retazos, he recibido mucho de vuelta. No solo me siento cada vez más acompañada, sino que hay días en que me olvido quién dio la primera puntada. Y me ilusiona adivinar quién dará las siguientes.
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