sábado, 1 de abril de 2017

PREFIERO EL SILENCIO | Antonio Di Benedetto: Claves de una literatura en los márgenes | Babelia | EL PAÍS

Antonio Di Benedetto: Claves de una literatura en los márgenes | Babelia | EL PAÍS

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Claves de una literatura en los márgenes

Convertido en personaje de cuento por Bolaño y elogiado por J. M. Coetzee, Di Benedetto ha pasado de ser un escritor marginal a ser un autor canónico

Antonio Di Benedetto y Jorge Luis Borges, en 1958.

Antonio Di Benedetto y Jorge Luis Borges, en 1958. 





En el interior. “Soy argentino, pero no he nacido en Buenos Aires”, escribió Antonio Di Benedetto en su autobiografía. La palabra clave es “pero”. Tradicionalmente, Argentina ha sido un país dividido en dos: la capital y el resto. La primera es un apéndice simbólico de Europa. La segunda, pura América Latina. Esa división ha tenido su particular expresión en la literatura y en la historia de la literatura. Di Benedetto nació en Mendoza “el Día de los Muertos” de 1922. En el cuento “Los reyunos” escribió una frase usada alguna para definir el carácter de su ciudad: “Pocas palabras, muchísima desconfianza”.
En el periódico. Di Benedetto estudió fugazmente Derecho antes de convertirse en periodista. Lo fue durante 43 años. “Esencialmente”, decía, “el escritor es un periodista que no trabaja sobre el tema que sucedió hoy y hay que entregar esta noche para que se publique mañana”. Trabajó como enviado especial (en Bolivia, en Chile) y como cronista en varios festivales de cine. Por ejemplo, en Cannes cuando se estrenó La dolce vita. También en los Oscar cuando Julie Andrews ganó el premio a mejor actriz por Mary Poppins. Fue en 1965. El escritor se fotografió con ella. También con Claudia Cardinale y Rock Hudson. Llegó a subdirector del diario mendocino Los Andes.
En el cine. “Leo mejor que escribo”, dijo. También dijo que su primera intención era escribir para el cine. De su pluma salieron películas como Álamos talados (1960) y El juicio de Dios (1979) y, tras su muerte, varios de sus textos han sido llevados a la gran pantalla: tras la novela Los suicidas (adaptada por Juan Villegas) y el cuento Aballay (a cargo de Fernando Spiner), Zama acaba de ser adaptada por Lucrecia Martel. Producida por El Deseo (la compañía de los hermanos Almodóvar), la película se estrena en Argentina el 1 de junio. Del reparto forman parte, entre otros, Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Rafael Spregelburd y Daniel Veronese.
En la historia de la literatura. Di Benedetto debutó como escritor de ficción en 1953 con el libro de cuentos Mundo animal. Tenía 31 años. Tres más tarde publicó su obra maestra, Zama, la historia de un dirigente de la administración colonial española que, en 1790, aguarda infructuosamente que lo releven de su puesto en un lugar perdido a orillas del Paraguay. En 1964 publicó El silenciero y en 1969, Los suicidas. La editorial El Aleph ha reunido las tres novelas bajo el título general de ‘Trilogía de la espera’. El volumen llevaba un prólogo de Juan José Saer y un epílogo de Sergio Chejfec. En su entusiasta reseña de la traducción estadounidense de Zama, J. M. Coetzee llama también la atención sobre El silenciero, la obsesiva peripecia de un hombre que trata de escribir un libro pese a que los ruidos de la ciudad no le dejan oír sus propios pensamientos. Según el Nobel sudafricano, esa novela corta señalaba la dirección que podría haber tomado la obra de Di Benedetto si “la Historia” -es decir, la dictadura- no se hubiera cruzado en su camino.
Claves de una literatura en los márgenes
En la cárcel. El 24 de marzo de 1976, el mismo día del golpe militar, Antonio Di Benedetto fue detenido en su oficina del diario Los Andes. Pasó en la cárcel 17 meses y 10 días. Durante ese tiempo fue torturado repetidamente y sufrió varios simulacros de fusilamiento. Nunca se recuperó de las torturas.
En sueños. Dado que en la cárcel le rompían todo lo que escribía, él se acostumbró a mandar cartas a una amiga con el siguiente encabezamiento: “Anoche tuve un sueño muy lindo; voy a contártelo”. Lo que seguían eran relatos escritos con letra microscópica que había que leer con lupa. En 1978 los recogió en el volumen Absurdos. Cuando en 1983 publicó el libro Cuentos del exilio, lo dedicó a Heinrich Böll y Ernesto Sabato en agradecimiento por sus esfuerzos para liberarlo.
En el exilio. Di Benedetto vivió en España entre 1977 y 1983. Era un escritor maduro y un periodista que había estado al frente de un importante diario de su país, pero tuvo que empezar de cero. España estrenaba democracia, su cultura estaba de moda y el interés de los lectores por la literatura latinoamericana parecía restringido a los novelistas canónicos del boom. Malos tiempos para tantos escritores que escapaban de las dictaduras del Cono Sur.
Antonio Di Benedetto, en Madrid.ampliar foto
Antonio Di Benedetto, en Madrid. EL PAÍS
En un cuento de Bolaño. Las penurias de Di Benedetto en España –y sus propias penurias- inspiraron a Roberto Bolaño el relato ‘Sensini’, incluido en Llamadas telefónicas, que narra la relación entre un autor chileno –él mismo- y el argentino Luis Antonio Sensini –trasunto del autor de Zama-. Ambos malvivían presentándose a concursos provinciales de cuentos.
En la otra orilla de Borges. Ricardo Piglia contaba que cuando él empezó a escribir había dos grandes modelos en Argentina: Borges y Di Benedetto. Para Juan José Saer la prosa de este era “la más original del siglo”. Si en Borges, escribió, se perciben ecos de Marcel Schwob, Wilde o Macedonio Fernández, Di Benedetto, por mucho que comparta temas con los existencialistas, “no tiene ni precursores ni epígonos”.
En Buenos Aires. Antonio Di Benedetto volvió a Argentina en 1983, con el fin de la dictadura. Falleció tres años después en el hospital italiano de Buenos Aires de un derrame cerebral. No había querido volver a Mendoza. Murió pobre y arrepentido de haberse ido de España. En 1984 había publicado su último libro, la novela Sombras, nada más…
Claves de una literatura en los márgenes
En el canon. El año de la muerte del escritor, la editorial Alianza preparaba dos tomos con toda su narrativa breve. Nunca llegaron a ver la luz. Pese a los esfuerzos de El Aleph, en España la suerte póstuma de Di Benedetto no ha sido ni de lejos la misma que en Argentina, donde su fama no para de crecer. La reciente edición de sus Escritos periodísticos en Adriana Hidalgo se suma a los Cuentos completos recopilados hace diez años en el mismo sello, que también ha publicado las novelas del autor mendocino y un ensayo de referencia sobre su vida y obra: Ejercicios de pudor, de Jimena Néspolo.
En un artículo de Coetzee. El pasado 19 de enero J. M. Coetzee dedicaba a Zama una reseña de diez folios en The New York Review of Books. Su título: “Un gran escritor que deberíamos conocer”.
En silencio. Sobriedad, culpa y autodestrucción son términos tradicionalmente asociados a la escritura de Antonio Di Benedetto. Su ‘Autobiografía’ se cierra con estas palabras: “Bailar no sé, nadar no sé, beber sí sé. Coche no tengo. Prefiero la noche. Prefiero el silencio”.

ACASO LOS BUCLES DEL TIEMPO ▲ Antonio Di Benedetto, el escritor ‘anti-boom’ | Babelia | EL PAÍS

Antonio Di Benedetto, el escritor ‘anti-boom’ | Babelia | EL PAÍS

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Antonio Di Benedetto, el escritor ‘anti-boom’

Nombre indiscutible de la literatura argentina, el autor de 'Zama' fue un creador en los márgenes. Un libro con sus textos periodísticos, una película y el éxito en el mercado anglosajón subrayan su valor



El escritor argentino Antonio Di Benedetto, en Madrid.



El escritor argentino Antonio Di Benedetto, en Madrid.



Puede una ficción rizar nuestro presente? Acaso los bucles del tiempo, aquella especulación científica que fabula sobre la existencia de curvaturas espacio-temporales, sean como los rizos de esa mujer abismal y fantasmática que aparece en el corazón de Zama solo para mostrar en espejo todos los terrores que habitan al protagonista. Una mujer de edad indefinida y sensualidad dominadora, capaz de cavar hasta dejarlo vacío o de llevarlo allí donde todo “es un acogedor y dilatado silencio”. El tiempo sin tiempo de la muerte… En efecto, la lectura de esta novela de Antonio Di Benedetto, publicada en Buenos Aires en 1956 pero ambientada en la América colonial, es como un viaje en el tiempo del que se regresa sólo para comprobar el ingenio o la clarividencia de la máquina.
Me enteré de la buena recepción que está teniendo la versión inglesa de Zama por medio de su traductora, Esther Allen. A las elogiosas reseñas publicadas por J. M. Coetzee (The New York Review of Books) y Benjamin Kunkel (The New Yorker), hay que agregar además que Publisher’s Weekly la coloca entre las 20 obras de ficción más destacadas de 2016. En la misma carta Allen me comenta que si bien la traducción estaba lista hacía más de cinco años, la casa editora decidió esperar al estreno de la película de Lucrecia Martel, previsto para fines de 2016 y reprogramado para junio de este año.
Marcelo Cohen, en un reciente análisis de esta traducción, afirma que para mantener el espesor del sonido y la peripecia mental de esa lengua inventada ad hoc en Zama se debería crear un cóctel de inglés isabelino depurado por Conrad, alta retórica de estadista estadounidense (Jefferson, Lincoln, Obama) y divagación socarrona del Middle West, sumándole, por si fuera poco, algunas líneas de la elocuencia delirante y psicopática de los villanos de Tarantino. Algo imposible, claro, que Allen resuelve de un modo austero, llevando la textura polisémica de cada frase al conjunto de escenas de cada secuencia y de allí a toda la novela, quizá para resguardar la significación total. Dicho de otro modo: Allen prefiere reflejar la movilidad de la prosa antes que la densidad diacrónica del sonido, porque la lengua de Zama es perfectamente intraducible. Las reverberaciones idiomáticas de los tiempos pasados crepitan aquí en una escritura que avanza, con pulso oscilante, bajo el chirrido existencialista de una máquina obcecadamente soberbia.
“Tal vez la ‘gran novela americana’ la escribió un argentino”, sugiere J. M. Coetzee al hablar de ‘Zama’
Di Benedetto —como el mexicano Juan Rulfo, como la chilena María Luisa Bombal o la uruguaya Armonía Somers— forma parte de una línea que sería no del todo errada calificar como el antiboom latinoamericano. El primero en observar esa “antinovela” que se estaba poniendo silenciosa pero tesoneramente en marcha en la región fue Augusto Roa Bastos; en un artículo emblemático publicado en la revista Los Libros (Buenos Aires, 1969) señala la proximidad entre Pedro Páramo y Zama en la concentración, el despojamiento y la sequedad estilística para afirmar que es a partir de este campo de influencias donde habría de surgir la verdadera renovación literaria del continente.
Por tanto, la respuesta a la pregunta que un tanto burdamente lanza J. M. Coetzee en el artículo mencionado —¿es posible que la “gran novela americana” la haya gestado un argentino?— está escrita hace rato.
Desarraigado de su entorno, a la espera de un ascenso que nunca llega, el drama del funcionario Diego de Zama se proyecta desde el siglo XVIII a nuestro presente con inusitada fuerza. La existencia alienada y alienante del sujeto colonial americano que vive escindido de su realidad a la espera de un orden externo que lo salve y justifique (la corona española y sus promesas, los capitales de la metrópoli, las transas y alianzas de linaje, etcétera), la búsqueda del amor ideal y de la transgresión erótica, la infancia y la animalidad como enigmas fantásticos se entrelazan en esta obra con el tema literario de la experiencia de la escritura, pensada como camino de conocimiento del sujeto.
La edición inglesa de Zama mueve la manivela de la máquina del tiempo y nos ubica en Argentina en 2016: la coyuntura invita a festejar el bicentenario patrio en un anacronismo encriptado que reactiva aquellas épocas donde los países de la región eran meras tierras coloniales a saquear, enclaves de comercio o de piratería donde los imperios se solazaban a sus anchas con los innumerables tesoros de lo viviente. El calendario se obstina y marca una simultaneidad de fechas para nada azarosas; los 200 años de la declaración de la independencia argentina se solapan con el 40º aniversario de la detención de Di Benedetto por parte de la Junta Militar en el poder, con el 30º aniversario de su fallecimiento y el 60º aniversario de la primera publicación de Zama. 2016 es un año donde el nombre “Antonio Di Benedetto” se paladea como si fuera un talismán de piedra frente a la absurda realidad.
Los escritos periodísticos reunidos ahora desmuestran que la Junta Militar lo detuvo por defender la verdad
Pero 2016 también nos ofrece el gozo de la lectura y el asombro: el volumen Escritos periodísticos (Adriana Hidalgo, 2016), al cuidado de Liliana Reales, recoge textos de lo más dispares publicados por el autor entre los años 1943 y 1986 —desde un largo artículo sobre el zoológico de Mendoza escrito por un joven de apenas 21 años, pasando por las coberturas del terremoto de San Juan de 1944, prestigiosos festivales internacionales de cine o el golpe militar de Bolivia de la década de 1960, hasta llegar a las notas de cultura publicadas poco tiempo antes de morir—. Cuarenta y tres años de ejercicio periodístico donde vemos, ante todo, la presencia de un estilo singular de escritura puesto al servicio de la información.
Entre la cantidad de hallazgos variopintos que ofrece el libro, cabe destacar el descubrimiento de un “Di Benedetto político” que incluso llegó a ser candidato a diputado por parte del Partido Socialista en 1950. El segundo gran aporte del volumen es —a mi juicio— la constatación de la tesis planteada por Natalia Gelós (Antonio Di Benedetto periodista, 2011) de que los verdaderos motivos de su detención por parte de la Junta Militar se debieron al tenor y compromiso con la tarea periodística, más específicamente, a la postura asumida en los meses previos al golpe de Estado, cuando la represión, la desaparición de personas y los asesinatos habían desatado ya una ola de terror en el país y el editor del diario se mantenía firme en la decisión de publicar toda la información obtenida.
Hay quien dice que cada libro es una nueva muerte. Estos Escritos periodísticos señalan que aquel 24 de marzo de 1976 en que los militares irrumpieron en la redacción de Los Andes en busca de su máximo responsable empezó a agonizar un modo de concebir y ejercer el oficio. Diecisiete meses de presidio: recuperó la libertad, no por la intermediación de Borges o de Sabato, sino por la del premio Nobel alemán Heinrich Böll. Luego de años de exilio, de recomenzar en otras tierras hasta convertirse incluso en personaje literario de Roberto Bolaño, ese compromiso con la verdad que la trayectoria de Di Benedetto señala —fiel al humanismo pacifista a pesar del presidio, de las torturas y de los simulacros de fusilamiento— se asoma en el horizonte con una luminosidad sombría. Porque la máquina del tiempo nos (retro) trae a 2017: los juicios continúan, la memoria de los pozos sigue abierta y sangrante…, pero los dinosaurios siguen ahí.
Jimena Néspolo es autora de ‘Ejercicios de pudor. Sujeto y escritura en la narrativa de Antonio Di Benedetto’.
‘Escritos periodísticos (1943-1986)’. Antonio Di Benedetto. Edición de Liliana Reales. Adriana Hidalgo, 2017. 602 páginas. 23 euros. Se publica el 10 de abril.


LOS HUMANOS, CUALESQUIERA SEAN, SON TODOS "HUMANOS" | El arte en tiempos de corrección política | Cultura | EL PAÍS

El arte en tiempos de corrección política | Cultura | EL PAÍS

El arte en tiempos de corrección política

La decisión de tapar los cuadros del Parlamento canario sobre el sometimiento de los guanches abre el debate sobre si se deben aplicar criterios actuales para interpretar obras del pasado



'De español e india nace mestiza', de José Joaquín Magón (segunda mitad del siglo XVIII).



'De español e india nace mestiza', de José Joaquín Magón (segunda mitad del siglo XVIII). 





En 2009, Jaén inauguró el Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa, encargado al gestor cultural Manel Miró, quien recuerda: “Las cartelas explicativas buscaron un lenguaje contemporizador, que no incidía en la conquista de la España musulmana, sino que hablaba de reinos moros y cristianos. Esto recibió muchas alabanzas, menos del entonces diputado del PP Esteban González Pons, quien dijo en su blog que si él hubiera vivido en aquella época ‘habría cargado contra los innumerables guerreros del desierto y el parapeto de cadenas y diez mil esclavos del califa”.
De cualquier modo, los héroes y los villanos cambian según las épocas. De ahí la polémica suscitada en el Parlamento canario debido a dos pinturas que presiden su sala de plenos, en las que se representa la conquista castellana de los guanches y la entrega de una princesa, algo que ofende a algunos políticos. “A finales del siglo XIX y principios del XX se hacían obras historicistas que reflejaban las ideas del momento, y entonces estaba de moda ser español”, explica Concha García, directora del Museo de América de Madrid.
“Juzgar con criterios de este siglo las obras de otros anteriores no tiene sentido”, zanja García. Y recuerda que cuando Hernán Cortés llegó a México le regalaron a una mujer india que ya antes había sido vendida. “En el caso de Canarias, yo diría que hay más ofensa en el uso de la mujer como moneda de cambio, ya sea indígena, insular o goda”. “Una ofensa es una metáfora, no una descripción de la realidad”, dice el catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia Jesús Mosterín. “La gente se ofende en la medida en que se identifica con algo, por ejemplo con los guanches”. “Lo único objetivo es la investigación científica. Si vamos a la historia del arte y hacemos números, una gran mayoría de las obras son políticamente incorrectas, ya que han sido encargadas por dictadores tremendos”. Y mete en el mismo saco el monasterio del Escorial, el Valle de los Caídos o las pirámides de Egipto. Ni le ofenden ni aboga por su destrucción.
Concha García tiene la impresión de que detrás de todo esto “hay una utilización política más que un verdadero sentimiento”.
¿Qué se debe hacer entonces con los cuadros canarios? “Si se decide taparlos tendríamos que empezar a poner cortinas en medio país”, sostiene Antonio Tejera, catedrático de Arqueología de la Universidad de La Laguna. Para la conservadora del Museo Nacional de Antropología (Madrid) Patricia Alonso esas pinturas recuerdan lo que ocurrió en el pasado, y cree que “lo importante es que se conserven bien, también se puede añadir un texto explicativo”.
El Rijksmuseum de Ámsterdam modificó en 2016 hasta 300 títulos de obras porque tenían palabras que podían herir sensibilidades: enano, negro, esquimal por inuit, etcétera.
La mesa presidencial del Parlamento canario y los lienzos de la discordia: 'La entrega de princesa' (izquierda) y 'La fundación de las Santa Cruz de Tenerife'.ampliar foto
La mesa presidencial del Parlamento canario y los lienzos de la discordia: 'La entrega de princesa' (izquierda) y 'La fundación de las Santa Cruz de Tenerife'. MANUEL ARMAS
Tapar fue lo que hizo el Parlamento andaluz cuando inauguró su actual sede en 1992. Un crucificado que pertenecía al edificio, antiguo hospital católico, quedó tras un cortinón con el escudo autonómico. La cosa religiosa en el edificio más público de toda Andalucía abre un debate distinto: Xavier Collel, sociólogo de la Universidad Pablo de Olavide, considera que no deben existir símbolos religiosos en instituciones aconfesionales o edificios públicos en una sociedad tan diversa como la actual. Entiende que no es una cuestión de arte, sino religiosa.
El caso de Santiago Matamoros en la capital gallega también es religioso, pero en esta ocasión lo políticamente correcto estalló tras los atentados del 11-M en 2004. El santo está en un recinto católico, pero el cabildo consideró entonces que no era muy edificante la figura del santo a caballo pateando sarracenos. Unas flores intentan tapar hoy ese suplicio.

El negro de Banyoles

Ocho años tardaron en enterrar en Botsuana al Negro de Banyoles desde que saltó la polémica en 1992. El indígena africano embalsamado se exponía en ese pueblo de Girona que ese año era subsede olímpica y aquel negro allí... “Los museos antropológicos cuidamos mucho las cuestiones éticas porque exponemos objetos sagrados y restos humanos”, dice Patricia Alonso. El museo está cambiando parte de la cartelería “porque hoy resulta racista”. Pero hay una pintura titulada De español e india nace mestiza por la que han recibido críticas por el uso de la palabra india, “cuando los movimientos indígenas la reivindican”, señala Alonso.
Los excusas para instaurar una corrección política surgen por cualquier motivo. Después de Banyoles, Barcelona no ha parado con lo políticamente correcto. En 2009 se cerró el Museo Militar de Montjuïc y se retiraron valiosas piezas. En 2012 el Parlament tapó el escudo borbónico de la fachada del edificio, construido por Felipe V. En septiembre de 2016 se retiró un cuadro de la reina María Cristina y su hijo Alfonso XIII del salón de la Reina, que pasó a llamarse, desde septiembre de 2016, Carles Pi i Sunyer, alcalde republicano de Barcelona.
Mosterín no se anda con tantos miramientos. “La mayor empresa de automóviles europea es Volkswagen, impulsada por los nazis. Si yo me compro un coche me importa un bledo si fue Hitler o el Papa quien le puso nombre. Me fijo en otras cosas”.
Con información de Raúl Limón (Sevilla), Silvia R. Pontevedra (Santiago), José Ángel Montañés (Barcelona) y Octavio Toledo (Tenerife).

“LA PINTURA NO ES CIENCIA, ES FICCIÓN”

Ante la ofensa que puede causar una obra de arte o las sensibilidades que pueda herir, el filósofo Jesús Mosterín defiende que lo que ocurre en los cuadros o dibujos históricos, sencillamente, no es ciencia: “Hay que distinguir: lo que sí que es objetivo es la investigación científica, luego están las historias que se cuentan de algunos personajes, que sean más o menos reales no impide que haya quien se pueda sentir identificado con ellas, lo que lleva al agravio, que es totalmente subjetivo”.
La polémica le parece absurda, lo compara con la posibilidad de ofenderse o asustarse al ir al cine y ver cómo se mata a gente en una película policiaca. “Ya sabes que has ido al cine. La historia del arte no es ciencia. Los creadores pueden representar las cosas como quieran y nadie tiene motivo para sentirse ofendido. La diferencia entre el arte y la ciencia es que el primero es ficción. A diferencia de las revistas científicas-históricas en las que lo que se afirma, ya sea verdadero o falso, pasa unos mecanismos de control y al menos otro experto lo revisa”.