sábado, 25 de octubre de 2025

El mundo del revés. Encuentros con los maestros neerlandeses Benjamin Moser

https://letrascorsarias.com/tienda/ensayo/el-mundo-del-reves-encuentros-con-los-maestros-neerlandeses/ A John Berger le incomodaba que lo calificaran como crítico de arte. No lo ponía fácil: escribió sobre ello en algunos medios, publicó libros y protagonizó en los años setenta aquel programa de televisión llamado Ways of Seeing, que se convirtió en algo así como el Cosmos de las artes visuales. Berger aparecía como un intérprete que dirigía la mirada del espectador hacia espacios fértiles, los puntos de contacto en los que confluían el artista, la obra y lo que ambos decían de la época en que vivieron y también de la nuestra. Una manera de ver más allá de la superficie de un cuadro. Si el concepto no estuviera ahora tan echada a perder por el sensacionalismo retrógrado conspiracionista, podríamos decir que lo que quería Berger era hacerle preguntas a un misterio. El escritor británico se sentía, antes que nada, pintor. En un momento dado, dejó de pintar pero nunca de dibujar. Fue alguien que frecuentó más los desportillados estudios donde trabajan los artistas que las bibliotecas, que puso el foco en la necesidad comunicativa del arte más que en el afán catalogador de los historiadores. “A veces, algo de lo que hizo me responde”, escribió en el prólogo de Sobre los artistas, refiriéndose a su manera de intentar llegar al fondo de las intenciones de los creadores. Ojalá entregarnos con esa pasión a cada uno de los libros que leemos. Si es cierto eso de que en algún momento las imágenes de tu vida pasan como una película ultrarrápida por tu mente, las de esta semana serán: unos cedros mecidos por el viento al borde de un camino, unas ancianas surgiendo de la oscuridad, un jilguero, unos nísperos sobrevolados por una mariposa, un suelo lleno de baldosas, la luz entrando por una ventana, figuras en paisajes helados, el bigotillo de Rembrandt. Nos ha abducido esta semana el siglo XVII holandés, sus pintores. Benjamin Moser es un autor norteamericano que se ha hecho un nombre con un par de biografías, la de Clarice Lispector y la de Susan Sontag, que le valió un premio Pulitzer. Antes de todo eso se mudó a los Países Bajos siguiendo a su pareja y se llevó la ambición y la esperanza de encontrar un lugar y un tiempo para convertirse en escritor. Visitó museos, rebuscó en archivos y se preguntó qué tenían para decirle a él aquellas obras y artistas del pasado. El resultado es El mundo del revés, un libro que funciona como una guía ilustrada de aquella explosión de talento y como una indagación acerca de la necesidad del arte y su pervivencia a través del tiempo. Moser entrelaza lo personal con la investigación biográfica de los protagonistas y los apuntes sobre las obras que le causaron un mayor impacto, una especie de educación de la visión y la comprensión de algo ajeno, el deseo de mantener la mirada casi virgen del extranjero, del chaval nacido en Texas sobre los tesoros de Europa. “¿Cómo hacéis aquí para convivir todos los días con esta belleza?”, nos preguntó dando un paseo por la Salamanca monumental una escritora criada en el cinturón industrial de Barcelona, y se pregunta también Moser. Cada capítulo está dedicado a un artista, pero por encima flotan algunos temas que lo llevan más allá de una monografía sobre el período. Algunos ejemplos: Los vacíos de Vermeer como un terreno abierto a la interpretación, su manera de descomponer la luz en pequeñas pinceladas: cuadros como páginas en blanco donde el espectador puede volcar emociones que nunca aparecen de una manera explícita. La vida reflejada en una especie de utopía del orden y la calma, del encuentro con el tiempo y la dulzura de lo íntimo, mientras toda Europa era un lugar de conflicto. Pestes, tragedias, guerras, un pobreza inmensa al lado de la opulencia de un país que estaba inventando el capitalismo gracias a su poderío colonial y su mentalidad calvinista. Lo cotidiano teatralizado, un arte del escapismo. “¿De qué querían escapar?”, se pregunta al lado de un cuadro de Gabriël Metsu. La idea del temperamento como algo que permanece sobre de los detalles del cuadro. La obra del vividor Jan Steen como ejemplo de lo que Sontag definió como lo camp: destronar lo serio del mundo, ese mundo al revés del título, hacer explícito el artificio y lo dual, la teatralización de la experiencia donde el personaje pervive más allá de la obra. La ironía por encima de la tragedia. El orgullo de las ciudades ricas. Quizá podríamos decir que gran ciudad es aquella en la que puedes ir caminando, en cualquier momento, a contemplar una obra maestra del arte. La decadencia. Rembrandt muriendo pobre, maestros que no llegan a los cuarenta, sociedades que son barridas por una nueva guerra, la guerra de siempre. La importancia del futuro para la valoración de un artista: Rembrandt fue más apreciado a partir del XIX, cuando los románticos trajeron su genialidad individual, su juego con la oscuridad, al primer plano. Los pintores de género –naturalezas muertas, paisajes–, infravalorados hasta que alguien piensa que lo que hicieron fue emancipar la pintura de sus tradiciones religiosas o míticas. En fin, que nos lo hemos pasado a lo grande. Moser sabe acompañarnos, señalar y sugerir, estimular.

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