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Esto debe de estar ya bastante estudiado, seguro que hay cientos de artículos académicos y decenas de tesis doctorales sobre el tema. El tema: qué y cómo escriben los autores cuando tienen casi noventa años (los que llegan), en ese momento en el que son conscientes de que la propia obra ya está más cerca de ser un listado de títulos dados a la imprenta –y que recogerá meticulosamente la Wikipedia– que un abanico abierto de posibilidades expresivas, un potencial, especialmente cuando en esa lista se incluyen al menos un par de libros que en el pasado sirvieron para reformular lo que entendemos como novela.
La pregunta ofrece muchas respuestas posibles, tal vez haya algo en común entre ellas. Nosotros acabamos de leer una respuesta contundente. Se titula A oscuras y es la nueva novela de Thomas Pynchon después de Al límite, publicada aquí en 2013.
Hicks McTaggart, detective privado, ha ido a desahogarse y recibir algún consejo de su colega Lew Basnight, protagonista por cierto de Contraluz, que comparte con Hicks su pasado como revientahuelgas, es decir, como matón revientacráneos de los piquetes huelguistas: la manera en que las empresas norteamericanas entendían los derechos laborales, todo un crujir de huesos que sirvió como base real sobre la que se construyó buena parte de la narrativa hardboiled. El propio Dashiell Hammett trabajó para la agencia Pinkerton, de donde sacó a su agente de la Continental, antes de tomar conciencia de clase. Basnigh le dice a Hicks: “Mientras no seas otro de esos detectives metafísicos que van en busca de la Revelación... Leen demasiadas novelitas de misterio, empiezan a pensar que la clave está en averiguar quién lo ha hecho. Qué ocurrió de verdad. La historia oculta. Oh, sí. Ver todas las cartas al final de una mano. Para algunos, ese tipo de cosas se convierten rápidamente en algo religioso”.
A Hicks la metafísica le queda un pelín lejos, un poco más que a Doc Sportello, detective de Vicio propio: inolvidable aquella sensación de no entender nada de lo que estaba pasando a su alrededor, de que en vez de tener la sartén por el mango le daban, una y otra vez, con la sartén en su psicodélica cabecita. Todas estas novelas de investigadores privados de Pynchon –las tres últimas, como si hubiera identificado en ese género, que pone patas arriba, lo más genuino del relato norteamericano– se inscriben en la dificultad de saber, de encontrar la verdad.
En las novelas negras clásicas, el detective se hace el tonto para no revelar información, para que el lector construya hipótesis si quiere, pero siempre da la impresión de que internamente está atando cabos, haciendo cálculos que tienen que ver con su experiencia, su olfato, la lectura que ha hecho del mundo en el que vive y la clase de personajes con los que se ve obligado a tratar. Hicks no: hay algo llamado Manual del Sabueso que consulta mentalmente, pero casi nunca parece servirle para nada. No para a lo que se enfrenta aquí: una trama que empieza en Milwakke –principio de los años treinta– al lado de un Chicago con Al Capone en el trullo y termina con un periplo por la Europa del este donde van a comparecer nazis, mentalistas, buscadores mágicos, motoristas, músicos de jazz, emperadores de la industria del queso, etcétera, etcétera. Puro pulp.
“Sea como sea, no esperes respuestas fáciles por mi parte”, le dice muy de cerca a Hicks la cantante April Randazzo –de la que probablemente pudiera enamorarse si tal vez no estuviera comprometida con el capo Don Peppino Infernacci–. Hay una vena juguetona en todas esas escenas estereotipadas del cine negro, que Pynchon a menudo resuelve con un etcétera, etcétera: sabe que nosotros ya sabemos lo que va, o debería pasar. Lo que le interesa es plantear un “juerguista carnaval mental” donde es inútil detenerse buscando pistas significativas porque en cualquier momento te cuela una digresión sobre las lámparas de mal gusto o lo que sea que ocurra en el Café del Crucigramista Suicida.
No esperes ni ese restablecimiento del orden mediante la sagacidad que proponían las novelas de Agatha Christie, ni quiera el camino hacia el cinismo nacido de un vago sentido de la justicia de un detective melancólico ante tanta corrupción y tanta mierda de las de Chandler. Aquí predomina el caos, un swing loco con cancioncitas y hasta un submarino, que recoge toda la estética de la narrativa negra clásica y la de espías y las mete en una centrifugadora que escupe imágenes que podrían estar en una de gánsteres con sombrero, un tebeo de Tintín, la bonita tradición de la ucronía o una de John le Carré. Porque así es Pynchon, un maestro que a estas alturas hace que toda esa confusión se convierta en una aventura apasionada, con diálogos que te levantan de la silla. “Me he fijado en que sigues vivo” o “no me vendrían mal unos consejos, aunque fueran tuyos”. Y así todo el rato.
En sus dos novelas anteriores, exploró como la maquinaria de ese entramado político-industrial llamado Estados Unidos de América aplicaba toda la violencia posible en momentos críticos que desafiaban el estatus, la conservación del poder. Vicio propio iba sobre la desactivación de los movimientos sociales de los setenta, Al límite sobre aquello de renunciar a la libertad en favor de la seguridad post 11-S. Ahora sitúa la acción en el surgimiento del nazismo en Europa y toda la actividad fascista en casa, una especie de viaje a los orígenes del dejarlo todo atado y bien atado y de la construcción de una máscara de libertad a su alrededor a mayor gloria del consumo. No puede ser casualidad que cierre esta especie de trilogía detectivesca sobre violencia y poder en el momento en el que manda el presidente que más parecido de la historia tiene con el bajito de Los Morancos. Siempre con una prosa que es como caminar sobre guijarros, llena de elipsis, sobreentendidos, dislocaciones semánticas, a la que le pilla fenomenal el ritmo su traductor, Vicente Campos.
Lo que pasa en Corsarias
El lunes viene Liliana Muñoz con un libro íntimo y delicado, Los umbrales, que se aleja de las retóricas de la épica con las que a veces se intenta engrandecer la vida cotidiana. Su abuela, Yoli, se acerca al límite final de la vida y toda la narración es una gran carta de amor, escrita desde la pausa, la autenticidad de los lazos verdaderos y la complicidad. Pequeñas escenas que nos hablan de la brevedad y la fragilidad, del paso del tiempo, del desarraigo y el buen humor. Conversa con Marina Capasso.
Aquí todos los días son un poco pasolinianos, pero este martes más. Nos reunimos alrededor de Petróleo, la novela que el artista italiano trabajaba intensamente cuando fue asesinado en noviembre de 1975. “Contiene todo lo que sé, será mi última obra” manifestaba en enero de ese mismo año. Ahora la tenemos aquí en su versión definitiva. Intervienen Miguel Ángel Cuevas, traductor de la novela; Cristina Santamarina, socióloga, y el editor de Nørdica, Diego Moreno.
Bibiana Collado Cabrera regresa el miércoles con Marcelino, su nueva novela después de la celebrada Yeguas exhaustas. Marcelino es un hombre mayor, un hombre mayor de campo que habla de sexo, un hombre que siente la extrañeza del lenguaje y que no alcanza a decir lo que quiere decir y apenas logra señalar lo que le duele. Y pese a esa ausencia de palabras, trata de entender y acompañar el dolor ajeno y el propio. Conversa con Celia Corral Cañas.
El jueves recibimos a Clara Obligado, que acaba de publicar Exilio, un libro ilustrado por Agustín Comotto, en el que narra la historia de la Clara que se exilió en España en 1976, tras el golpe de la dictadura militar en Argentina, una de las muchas historias posibles de aquel éxodo. “Ser exilada es que te hayan partido por la mitad. Es haberlo perdido todo, menos la vida. Es saber que no hay retorno posible. Es, poco a poco, convertirte en una extranjera para toda la vida. El exilio se termina, cuando termina la situación que lo provocó. El corte, en cambio, sigue para siempre”. La acompaña Paqui Noguerol.
Esto es el sábado que viene, día 23, pero queda el aviso por si tienes que hacer planes. A las 12h, una sesión infantil con Ellen Duthie titulada ¡Viva la imaginación!, un viaje a los maravillosos cuentos de Crockett Johnson. Duthie ha editado en WonderPonder Ellen y el león y también nos contará historias de Harold y el lápiz morado. Jonhson es una fuente inagotable de imaginación. Recomendado para público familiar a partir de cuatro años. Reserva tu plaza en letrascorsarias@gmail.com y 923216704.
Novedades, han salido. Un rápido repaso, que hay mandanga buena. Tenemos una novela de Kae Tempest, que siempre sorprende y que nos encanta como músico. Ahora se descuelga Bill Bryson con una edición revisada y actualizada de su clásico divulgativo Una breve historia de casi todo. Hay una Valdemar gótico nuevo con tres textos sobre la Antártida de Poe, Verne y Lovecraft, escalofriantes y enfriantes. Seis minuaturas sobre la verdad es lo nuevo de nuestro querido abejorro Clemens J. Setz. Un viejo nuevo Hamsun, Por senderos que la maleza oculta. Una reedición del clásico Operación masacre, de Rodolfo Walsh, con prólogo de Leila Guerriero, ahora que se cumple medio siglo de la dictadura militar argentina. Obra reunida de Arthur Rimbaud con traducción y edición del poeta Miguel Casado. Ojo, el quinto de M, de Antonio Scurati, que habéis preguntado mucho. Y el séptimo, penúltimo, de la Saga de Sailor y Lula, de Barry Gifford. La reedición de Los niveles del juego, de John McPhee, para que te prepares bien para Roland Garros. Ojo también a otro singular, Tom McCarthy, con Caja 808.
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