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Acabamos de leer Principio, medio, fin, la novela de la mexicana Valeria Luiselli con la que se estrena la editorial Feltrinelli en España, los Feltrinelli de Italia de toda la vida. Se puede y ser va a escribir mucho y variado sobre este magnífico libro, pero a nosotros nos ha dado hoy por colocarnos bajo la influencia del texto y acompañarlo haciendo un listado de cosas que pueden ser una novela, ese género literario tan flexible, tan acogedor, en el que se consumen buena parte de nuestras horas lectoras. Ahí van.
Una novela puede ser un conjunto de piedras que fueron extraídas de una montaña y que vuelven a ella con las formas diversas que el mundo les dio, fragmentos de algo más grande que alguien reúne, recompone y reintegra. Una forma de devolver algo a su casa.
Una novela puede ser una casa, un lugar donde alguien fregó los suelos con jabón de Marsella y ese olor “se alza desde el piso hasta encontrase con los rostros de todos”. Puede que en esa casa alguien esté tecleando algo en un ordenador portátil, algo que tal vez pueda convertirse en una novela.
Una novela puede ser el deseo y la búsqueda de la forma para construir esa casa, empezar a construirla de nuevo sobre los restos de otras casas que el tiempo zarandeó.
Una novela puede ser un diálogo con los clásicos grecolatinos, un juego donde a los libros de ayer se le hacen preguntas de hoy, porque “los clásicos siempre contestan bien a las preguntas” y a veces son adivinos.
Una novela puede ser un lugar donde las Metamorfosis de Ovidio y la Historia natural, de Plinio el Viejo, importan mucho más que La Odisea.
Una novela puede ser un intento por volver a poseer la pureza en la mirada de los primeros científicos, que fueron también los primeros filósofos. Ver el mundo de nuevo con ojos antiguos.
Una novela puede ser arcilla, que necesita estar a temperatura ambiente para moldearla, o vidrio, que precisa de altas temperaturas para darle forma. Materiales opuestos con los que fabricar algo, vasijas que albergan o ventanas a través de las que se mira.
Una novela puede ser un conjunto de notas para una novela que una hija escribe para su madre mientras la hija de la hija las escudriña furtivamente, las ordena, les otorga, quizá, un sentido definitivo.
Una novela puede ser un gesto de cariño inmenso, la manifestación explícita de un cariño repartido por mensajes de texto, sonrisas furtivas, silencios incómodos, léxico familiar compartido y separado por océanos reales y figurados. Los hilos de palabras reflejando una complicidad intergeneracional entre las mujeres de una familia.
Una novela puede ser esto, el intento de alcanzar esto: “Su manera de estar en el mundo me transmitió una intuición fundamental, la intuición de que la vida es mucho más que la suma de los días, una conciencia de que en el centro de la vida palmita un misterio al cual no tenemos acceso directo, pero que de tanto en tanto, muy de vez en cuando, se anuncia en nosotros calladamente, nos permite verlo, aunque sea solo de refilón, nos deja sentirlo, agradecer que pudimos participar de él, si solo por unos instantes. (…) No puedo decir con exactitud qué fue lo que hizo para transmitirme todo eso, pero todo lo que escribo es un intento por encontrarlo y volver a tocarlo”.
Una novela puede ser el tiempo hecho palabra, que no es otra cosa que la memoria. Un viaje al pasado y también al futuro.
Una novela puede ser, claro, un viaje a un lugar. Sicilia, por ejemplo.
Una novela puede ser un volcán en erupción. Un volcán dormido que explota sin que nadie lo tema ni espere o un volcán próximo como una bestia pacífica que se creía domesticada.
Una novela puede ser un conjunto de pequeños fuegos que sólo se ven en la noche o un fuego arrasador empujado por los vientos.
Una novela puede ser una frontera, un lugar límite entre al aquí y el allá y que recoge todas las tensiones, como una grieta que alguien ha hendido artificialmente.
Una novela puede ser una forma de aprender algo valioso de alguien a quien todo parecía indicar que debías enseñar algo valioso, como una hija. Una forma de escucha atenta, la creación del espacio propicio para la sorpresa y el reconocimiento.
Una novela puede ser un registro de cómo contar una historia en forma de novela y que ese registro se interrogue acerca de qué tiene que ver esa historia con la verdad, con la memoria que se pierde y con la que se genera, y con la imaginación.
Una novela puede ser un ensayo sobre escribir una novela.
Una novela puede ser la puerta de entrada a un lugar llamado escritura, concebido como un espacio en el que a veces no se puede entrar. “Toco la puerta, me asomo por sus ventanas y veo claramente que ahí dentro hay una vida llena de vidas, rica en detalles, completa en sí misma, pero por algún motivo inaccesible”.
Una novela puede ser un acceso a la belleza. “La belleza no surge ipso facto, como nacen otras deidades de la frente o las piernas de Zeus. La belleza nace solo con el tiempo, a su tiempo, después de un tiempo, y no sin dolor y tiempo de espera”.
Una novela puede ser un álbum de fotos polaroid quemadas por el sol y un conjunto de postales que se escribieron pero nunca se enviaron.
Una novela puede ser un mosaico en el que cada una de sus teselas da sentido y a la vez contiene el retrato entero de un dios antiguo.
Una novela puede ser la primera frase de otro libro leída muchas veces, como una especie de mantra que no se va de la cabeza. “Los primeros pasos de las cosas suelen ser inciertos y vagos”. El mar que nos rodea, Rachel Carson.
Una novela puede ser el listado de los nombres cariñosos que se le dicen a una persona querida, a una hija, cuando acaba de despertarse.
Una novela puede ser un texto en el que se dice mucho “no sé”.
Todas estas novelas y muchas otras están en Principio, medio, fin. Leer a Valeria Luiselli –desde Los ingrávidos a Desierto Sonoro o Los niños perdidos– nos deja la sensación de estar asistiendo a una especie de obra abierta y multiforme, en proceso, cuyo núcleo central, más allá de las formas literarias que adopte, tal vez sea el deseo por permanecer atenta al mundo, construir una voz que recoge, enuncia y abraza.
Lo que pasa en Corsarias
¡No se vayan todavía, aún hay más! Esta tarde viene Ricardo Menéndez Salmón con Arca, una de las novelas de mayor ambición literaria de las que hemos leído este año. Su personaje tiene un don: puede averiguar el pasado de los objetos a través del tacto, conectar con sus relatos. Está en Venecia investigando la desaparición de un hombre y algo llamado la Gran Conmoción aparece ante sus ojos: una plaza hundiéndose en el mar, un glitch de la realidad. Nos encanta su manera de encajar una novela de ideas sobre el resbaladizo presente en un andamiaje de géneros diversos, su capacidad para revelar imágenes poderosas y su lenguaje arrebatado. Una gran novela de un gran escritor. Conversa con Guillermo Granado.
Mañana recibimos a Laura Ramos, que ya presentó aquí su poemario Pasan cosas bellísimas. Ahora acaba de publicar Nonú, un libro donde reúne emoción e imaginación, poesía que es lenguaje y fábula, que inventa realidades o encuentra en esta otras con las que no contábamos. Poema y cuento que desbordan las fórmulas para enunciar una voz y una mirada sobre el mundo. La acompaña Alejandro Sánchez Cabrera.
El lunes regresa Jesús Carrasco con su nueva novela, El detalle, cuya portada es muy reveladora: un regalo del que sólo queda el lazo que lo envuelve, algo que podríamos llamar el exoesqueleto de una ofrenda. Carrasco mete su escalpelo –preciso y cargado de humor– en el vacío que queda dentro de una pareja clasemediana: veintitrés años de convivencia, dos hijos, dos hipotecas, un coche grande y mucho cansancio. Una ocurrencia como de guionista de reality de citas –viajar juntos al lugar donde se besaron por primera vez– coloca a los protagonistas ante un momento decisivo e imprevisible. Conversa con Mariano Acosta.
El martes es para Israel Merino, que ha construido Epifanía sobre aquella máxima de “pueblo pequeño, infierno grande”. La novela ofrece una imagen endogámica y violenta sobre la España mesetaria, el interior del interior, que toma su forma literaria de la tradición del realismo y la mirada periodística, el fijar en los detalles. “Su talento es enigmático y sucio y costumbrista y homicida. Es como la cola loca de una lagartija moviéndose perversamente después de haber sido cortada”, se ha escrito sobre él. Le acompaña Antonio Marcos.
El jueves llega Bernardo Atxaga con Golondrinas, una novela que, como esas aves, viene y va, narrada en tres momentos como si el tiempo fuera un continuo cuyo pasado siempre acaba regresando. Entierros en el cementerio de Arroa Goia: el del boxeador Urtain en 1992, el del Tirolés –que odiaba a Urtain– en 2017 y el de Pedro en 2042, un artista que parece unir a los dos personajes. Un narrador inmaterial, Uzariel, con el que Atxaga despliega toda esa poética del territorio y sus relaciones con lo humano que ya estaba presente en lejanos libros como Obabakoak. Conversa con Raúl de Tapia.
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