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Tash Aw, nacido en Taiwán, criado en Malasia y educado en Inglaterra, es uno de esos escritores que llegó a la literatura contemporánea con un mundo entero y singular a cuestas: durante años, ha construido una sólida obra alrededor de la memoria, la identidad, la familia y las transformaciones sociales de Asia. Sus novelas, que han formado parte hasta en tres ocasiones de la longlist del Premio Booker, han sido traducidas a más de veinte lenguas. El sur, el libro con el que damos la bienvenida al autor a nuestro catálogo, fue uno de los nominados y el primer volumen de una tetralogía dedicada a una familia malasia y a un país en plena transformación.
Para los lectores de Édouard Louis –a quien Aw traduce al inglés– o de Colm Tóibín, hay algo que les puede resultar familiar: como Louis, Tash Aw entiende que la intimidad está atravesada por la clase, la familia y las estructuras sociales; como Tóibín, sabe encontrar en una historia aparentemente privada el eco de las transformaciones históricas. A esa tradición, a esos escritores que desde geografías distintas están trazando un mapa compartido, marcado también por la importancia de la sexualidad y la corporalidad, Aw añade la marca de la herencia colonial, las migraciones y la transformación acelerada de las formas de vida en países como Malasia.
De forma análoga a Louis y Tóibín, pero también a la de Didier Eribon u Ocean Vuong, en la escritura de Aw el deseo aparece como una fuerza desordenadora de estructuras familiares y las jerarquías sociales, algo que se descubre antes de poder ser nombrado y que abre nuevas formas de vida. Con una escritura sensual y sin solemnidad, al autor le interesa más mostrar qué sucede cuando el deseo irrumpe en una vida.
En la novela, ese deseo tiene dieciséis años. Jay viaja con su familia a una propiedad heredada en el sur de Malasia, una antigua plantación que ya no es lo que fue. Allí conoce a Chuan, el hijo del administrador de la finca. Entre ambos comienza una relación marcada por la curiosidad, la atracción, el secretismo y la sensación de descubrimiento. A pesar de pertenecer a clases sociales distintas y tener futuros claramente diferentes, el deseo y su insistencia en el tiempo presente del cuerpo y del amor suspenden temporalmente los destinos opuestos. No es extraño, pues, que Édouard Louis haya definido El sur como «una novela sublime» y a Aw como «uno de los escritores más importantes de nuestro presente».
El tercer personaje de la novela, no menos importante, es el paisaje: los árboles, cuando Jay llega a la finca, están enfermos, y los campos llevan meses sufriendo una sequía. La plantación, antes próspera, se encuentra ahora en decadencia. Como la familia: un padre a punto de quedarse sin trabajo, una economía estatal que se tambalea y una herencia que ese convierte en carga. Los personajes intentan aferrarse a un mundo que está marchitándose. Puede que esta sea una de las ideas más potentes de la novela: que la crisis ecológica no es un escenario que pueda separarse de la vida humana. Por eso, la sequía que convierte la lectura en una sensación de hastío y agotamiento no es solamente una condición meteorológica, sino que modifica lo que los personajes pueden hacer, sentir, heredar y hasta imaginar.
Quizás por eso el deseo entre Jay y Chuan sea tan potente y transformador, porque en un mundo que parece estar perdiendo sus formas conocidas, ellos experimentan por primera vez la posibilidad de algo nuevo: el amor. El descubrimiento del cuerpo del otro. La posibilidad de una vida nueva. Todo, una forma mínima de creación. En los tiempos que corren, novelas como esta recuerdan que la posibilidad de imaginar, ni que sea algo delicado y frágil, puede devenir una gran forma de resistencia. Leyendo el libro es imposible no preguntarse qué merece la pena salvar y qué cosas tenemos que ser capaces de crear de nuevo.
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