domingo, 26 de julio de 2020

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Cervantes no consideró al Quijote su obra mayor y sin embargo es la más grande; quería escribir una obra sencilla y nos dejó una de las más complejas.
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Manu de Ordoñana
Donostia-San Sebastián
España


Don Quijote de la Mancha o un pasaje hacia la gloria literaria

Categoría (El libro y la lecturaEl oficio de escribirGeneral) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 26-07-2020

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Cuando hayas leído a Cervantes, habrás entradocomo adulto, como ciudadano de pleno derecho,en la cultura hispánica. Bienvenido.Daniel Eisenberg
Hoy en día hay más lectores ficticios del Quijote que reales. ¿Cuántos afirman haberlo leído y cuántos lo han hecho de verdad? Parece difícil que ese viejo caballero protagonista de una historia perteneciente a un género olvidado pueda cautivar a los lectores del siglo XXI, y menos a los jóvenes. Hay que planificar bien cómo abordar esa labor, cómo hacer que el libro responda al interés del lector. Si no apasiona por la historia en sí, destaquemos lo que la hace merecedora de ser una de las obras más traducidas de la literatura universal y hagamos indispensable su lectura.
Quien anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho
Cervantes fue un lector impenitente y un gran viajero. Estas dos características le dotaron de bagaje suficiente para argumentar y discutir sobre la importancia o no de la evolución de los distintos géneros literarios de la época. El fruto de sus reflexiones lo plasmó dentro y fuera de sus obras: unas veces en los prólogos a sus escritos y otras en boca de sus personajes. Sin quererlo se convirtió en un crítico-historiador que con sus comentarios estaba haciendo historia de la literatura. Estudiar por tanto todo el legado cervantino equivale a visualizar el panorama de la literatura española de aquel momento que, por cierto, era la más desarrollada de Europa; no en vano los siglos XVI y XVII fueron calificados como “Siglos de Oro”.
Los críticos afirman que el Quijote es una de las obras más importantes de la literatura y la primera novela moderna, con permiso naturalmente del Lazarillo de Tormes, ya que es en él donde comienza a realizarse la conversión del género novelístico. El germen del Lazarillo está en una serie de anécdotas curiosas y divertidas —documentadas algunas de ellas— unidas por la figura de Lázaro. Esas historias ya no se presentan como estructuras cerradas cuyo sentido se agota en sí mismo, sino que son historias que se desempeñan como peripecias dentro del proceso vital del personaje protagonista; son reelaboradas para que muestren el dolor, el sufrimiento, las contadas alegrías y en general todos los sentimientos concretos de la vida de Lázaro. En definitiva, que el personaje centraliza en sí el interés y la atención del lector; aquí está el cambio radical y esto es marca de auténtica novela.
Pero volvamos al Quijote. Analicemos los valores que la hacen merecedora de un lugar privilegiado en el mundo de las letras. Comencemos por lo más evidente, la variedad del lenguaje usado.
La riqueza lingüística
Cervantes es uno de los autores lingüísticamente más brillantes que hayan escrito en castellano, lo que le ha llevado a ser objeto de estudio de muchos analistas: en el siglo XVIII, el humanista y editor francés John Bowle recomendó la lectura del original, cuyos matices lingüísticos son intraducibles; el hispanista francés Marcel Bataillon afirmaba que el estilo cervantino es una amalgama personalísima de elegancia florida a la manera de Boccacio, de irónico despego a la manera de Ariosto y de sobriedad aguda según la mejor tradición castellana, y hasta el gran Freud aprendió castellano para poder disfrutar al máximo de esa joya lingüística. Es innegable la repercusión que ha tenido en el castellano moderno; muchos refranes y expresiones —creer a pies juntillas, andar con pies de plomo, quien canta sus males espanta, a quien madruga Dios le ayuda, valer un potosí— se conocen hoy principalmente porque los usó Cervantes, lo que le llevó al filólogo Zamora Vicente a afirmar que la lengua de Cervantes se ha erigido en norma, siendo utilizada sólo por él.
Cervantes hace hablar a nobles, campesinos, criminales, barberos y prostitutas, y a cada uno con su léxico. Y si tomamos como ejemplo a los dos personajes principales de la novela, Don Quijote y Sancho Panza, parecen estar echando un pulso entre dos formas de hablar muy distintas. Don Quijote está todo el tiempo pensando no sólo en libros, sino confrontando el español medieval con el moderno, y el habla vulgar de su escudero Sancho con el lenguaje aparentemente correcto o exquisito de la lengua del siglo XVI, nos dice el escritor mejicano Ignacio Padilla. Es como si en el fondo Cervantes estuviera invitándonos a una reflexión sobre la lengua misma, planteando la muerte del español antiguo y dando paso al moderno, convirtiéndose así en un puente hacia la modernidad del idioma.
De hecho podemos inferir que toda la obra es en gran medida una sabrosa conversación entre esos dos personajes que viajan por los pueblos y disfrutan del paisaje que su creador ideó para ellos con todo lujo de detalles. Cervantes se anticipa a su tiempo al servirse de su obra para aportar información sobre el mundo que le tocó vivir en aquella España popular y humilde, que él tan bien conoció. No en vano trabajó como procurador y recaudador de impuestos, lo que le llevó a viajar por todo el país. Con sus deliciosas y agudas descripciones de la sociedad, de sus ventas, de sus viajeros, de la vida cortesana… delata su gusto por la gente sencilla, por el pueblo y al hacer de ellos tema novelable consigue otorgar un rasgo de modernidad a su Quijote.
Don Quijote y Sancho Panza, personajes redondos
Caballero y escudero, a lo largo de las páginas, aprenden y evolucionan. Al igual que nosotros, los lectores, Sancho y don Quijote ríen y lloran; sienten profundas emociones y tienen muchos defectos; son idealistas y soñadores, pero constantemente la cruda realidad se les impone. Cada uno es de una forma de ser muy distinta y a la vez su visión de sí mismo difiere de la de su compañero y también de la del lector.
Los personajes planos, sin crecimiento personal, era lo habitual en las historias que leían los lectores de 1605, por eso en su momento no se entendió sino parcialmente la obra. Sin embargo los lectores del siglo XXI vemos hasta necesaria esa evolución de los personajes, porque corresponde más con nuestra visión de la personalidad humana; este es precisamente uno de los aspectos más innovadores y atractivos de la obra cervantina. El autor del Quijote logra mostrar una relación entre ambos personajes verosímil, compleja y magistralmente desarrollada como no se haya presentado nunca antes. Una amistad sin paliativos y sin antecedente en la literatura.
La importancia de esta novela se mide también por la cantidad de escritores de la época que cogieron a Don Quijote como arquetipo para la nueva ficción realista que escribían. Basaban sus personajes en él e imitaban sus aventuras. En poco tiempo, en Europa, empezó a ganar puestos el género novelístico sobre lo que era tendencia hasta la fecha: la poesía. Pero no solo se valieron de personajes y aventuras cervantinas sino también de buenas técnicas narrativas, como la del narrador infidente.
El narrador infidente o la conspiración del silencio
En los primeros capítulos de la segunda parte se nos narra cómo don Quijote tras un mes de convalecencia parece recobrar el juicio. El cura y un poco después Sancho vuelven a hablarle de correrías de caballeros y parece que se está preparando una tercera salida. Entonces entra en escena el bachiller Sansón Carrasco, recién llegado de Salamanca, que promete dar todo su apoyo a esa nueva salida: “Encargó don Quijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese Nicolás, y a su sobrina y al ama porque no estorbasen su honrada y valerosa determinación. Todo lo prometió Carrasco”. Esta promesa se rompe inmediatamente, pero el dato se le esconde al lector. En ninguna de las oportunidades en que el bachiller urde planes con el cura y el barbero, se hace la menor alusión al hecho de que estos planes se han realizado a sabiendas del quebrantamiento de una promesa.
Y es importante porque “Todo lo prometió Carrasco” son las palabras que definen el desenlace de la segunda parte del Quijote (1615). El hecho de que la ruptura de la promesa marque el final de una trama no es nada nuevo —ahí están las bodas de los Infantes de Carrión con las hijas del Mío Cid—, pero sí que se conspire para ello una y otra vez, en cada una de las oportunidades que tiene el narrador de levantar ese silencio.
Afirma el filólogo argentino Avalle-Arce que en el Quijote el narrador engaña al lector con premeditación y alevosía. La literatura anterior desconocía tal posibilidad de engaño. Piensa también que detrás de este tratamiento narrativo está la filosofía de Alonso López Pinciano, contemporáneo de Cervantes, al que este leyó y que decía: El poeta no se obliga a escribir verdad, sino verosimilitud, quiero decir posibilidad en la obra. Cervantes se dejó llevar por lo verosímil aunque imposiblePara ello utilizó a un narrador que retiene y oculta información aun a sabiendas de que es capital para que el lector se pueda formar un juicio adecuado acerca de los acontecimientos del relato. Estamos pues ante un narrador del que uno no se puede fiar: el primer narrador infidente de la historia.
Hasta ese momento la tradicional situación ética de la literatura rechazaba a la ficción por “mentirosa”. La novela durante mucho tiempo tuvo que basarse en “realidades” históricas —las novelas de caballerías, por ejemplo— para poder mantener cierta hegemonía literaria. Se consideraba a la imaginación como dañina, pues podía convertir lo real y hermoso en algo feo. Además, existía un pacto tácito entre narrador y lector de absoluta confianza y dotado de una solidez fuera de toda duda. Cervantes con esta audacia se cargó ese pacto que solo podía progresar en nuestros tiempos, no en los de su época. De hecho esta táctica-técnica literaria no prosperó hasta mucho tiempo después, dato que le sirvió a la crítica angloamericana para afirmar que fue Henry James su creador. Olvidándonos de discusiones estériles, por evidentes, hay que decir que autores como Borges utilizaron este tipo de narrador en algunos de sus cuentos, por ejemplo en “La forma de la espada” y, dentro de la novelística inglesa, Agatha Christie en una novela que levantó bastante revuelo: El asesinato de Roger Ackroyed. Este narrador en la moderna literatura le viene como anillo al dedo a la novela policial, ya que jugar al despiste con la información es la base del género.
La paradoja
Podemos traer a colación también otro rasgo que destaca en la obra cervantina: la paradoja, que el autor utiliza como fin y medio de la narración. Para no extendernos mucho más, diremos que durante el renacimiento se pusieron de moda las paradojas literarias y que Cervantes, consciente de sus muchas posibilidades, supo aprovechar esa figura literaria y la incluyó de diferentes formas. El Quijote está lleno de paradojas y es una paradoja en sí mismo: los personajes de la novela discuten el libro en que figuran y se espantan ante la capacidad del narrador de incluir cosas que dijeron a solas; el prólogo a la primera parte, el más original de la literatura española, tiene como tema la escritura de un prólogo; Cervantes no consideró al Quijote su obra mayor y sin embargo es la más grande; quería escribir una obra sencilla, pero nos dejó una de las más complejas…Precisamente porque es paradójico, lógicamente contradictorio, Don Quijote es el colmo del realismo, afirma Eisenberg.
Nadie ignora la vasta obra de Cervantes, obra de gran calado y que abarcó todos los géneros literarios, pero lo hemos traído hoy aquí por ser un innovador de su tiempo o, como afirma Francisco Ayala, porque el Quijote inaugura, en efecto, la novela moderna y la agota al mismo tiempo al explotar de una vez todas sus posibilidades. Su impronta le hace merecedor por derecho propio de estar en el canon literario y a nosotros, responsables de buscar la mejor manera de mostrar a los jóvenes lectores sus encantos. Aunque en un principio los contemporáneos de Cervantes le leían y le veían como a un autor más bien humorístico, a partir de la publicación de sus Novelas ejemplares, se le calificó de honra y lustre de nuestra nación, admiración y envidia de las extrañas.
Desde ese momento Cervantes fue consciente de su valor en la historia como escritor. A Alonso Quijano se le metió en la cabeza hacerse caballero andante como los héroes de sus libros favoritos. Le obsesionaba tanto la idea de ser un personaje famoso, que dedicó todos sus esfuerzos a esa búsqueda de la inmortalidad. ¿No podemos vislumbrar, entre autor y personaje, cierto interés común por la fama? Este tema se convierte en motivación principal para el hidalgo manchego y por tanto en tema nuclear de la novela. Vida y literatura se unen y se entremezclan si afirmamos lo que es bien sabido, que detrás de cualquier ficción están los rastros de las cuestiones que preocupan al autor en el momento de la concepción de la obra. Y en aquel momento de su vida Cervantes comenzaba a saborear la gloria que ofrecía el noble arte literario y a darse cuenta de que este resiste bien el paso del tiempo. ¡Eureka!, había dado con la fórmula. Por eso su Quijote, porque la mejor manera de sobrevivir por los siglos de los siglos y no ser olvidado es una obra literaria.

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