lunes, 2 de marzo de 2026

Comrade: An Essay on Political Belonging by Jodi Dean

https://www.versobooks.com/en-gb/products/881-comrade?srsltid=AfmBOopkoX1rxcZ-7s35IKtXpwqEph_i4Khi5BWBhlQKkHVAIV5bHtnS El término «aliado» pertenece al vocabulario de las naciones soberanas y está históricamente ligado a la guerra. Así lo recuerda la profesora de Ciencias Políticas Jodi Dean en su ensayo Comrade (‘camarada’), donde señala que ciertas facciones de la izquierda emplean la palabra sin atender a esa genealogía. En efecto, un aliado es, ante todo, el Estado o el pueblo unido a otro mediante un tratado, generalmente en un contexto de conflicto. Hélène Giannecchini insiste en este punto en Un deseo desmesurado de amistad: «No hay que olvidar que fueron los Aliados de la Segunda Guerra Mundial quienes propiciaron la fundación de la Organización de las Naciones Unidas». Giannecchini, doctora en literatura y profesora de teoría del arte, cree en el poder de las palabras, en la necesidad de decir las cosas por su nombre. Un aliado nunca podrá ser un amigo porque lo que precisamente define al aliado es su posición de privilegio y su deseo de hacer algo en favor de los oprimidos: no son supervivientes ni víctimas, solo quieren ayudar, como nos recuerda Dean. Lo son, por ejemplo, las personas heterosexuales que defienden a las LGTBIQ+, o las blancas que apoyan a las racializadas. También todos aquellos hombres que defienden a las mujeres. Dean añade: «Los aliados no quieren verse a sí mismos como homófobos, racistas o sexistas. Se consideran personas de bien, parte de la solución». Sin embargo, ¿estarían dispuestos a ceder su poder? ¿Puede el aliado trascender la interacción personal y luchar codo con codo para cambiar el mundo? ¿O eso queda relegado solo a los amigos? Dean contrapone el concepto de «camarada» al de «aliado»: el camarada es aquel que gesta una relación política –no individual– con el otro y la orienta a una causa colectiva, por lo que representa una relación de igualdad y pertenencia. Más que una etiqueta, la camaradería implica responsabilidad mutua, apoyo en la lucha y compromiso con una acción común. Giannecchini actualiza el debate explorando en profundidad la palabra «amistad», que es, ante todo, una forma de estrecharnos a los demás: «Nos permite salir de nosotras mismas y desplazarnos. Y ese movimiento es también un vector de alegría y de poder». En Un deseo desmesurado de amistad, Giannecchini convierte este vínculo en una nueva categoría para pensar un mundo en común. «Faltan relatos de amistad en nuestros archivos», confiesa, y por eso estructura su narración a través de fotografías, recupera artistas desatendidas como Donna Gottschalk e indaga en cajas empolvadas, para revisitar el material que se pierde cuando no se narra. Recobra la memoria del archivo, y lo hace con el relato, sumando palabras. Aunque parezca que el término «amistad» esté agotado y en los últimos meses se haya dicho todo sobre él, Giannecchini lo pone en duda: la amistad también es una conversación con los fantasmas, con aquellas personas que estructuraron nuestra forma de relacionarnos y de verter nuestro deseo hacia el mundo, aquellas que quedan hoy congeladas en retratos que empezamos a olvidar. Por lo tanto, no se trata solo de invocar sus biografías, sino también de llenar con un sentido complejo lo que las unió: la amistad, más allá de la alianza o la camaradería. El inicio de una nueva manera de vivir juntos.

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