martes, 24 de marzo de 2026

Desde el jergón Josele Santiago

https://letrascorsarias.com/tienda/ensayo/desde-el-jergon/ Aquí todos leemos muchos libros y somos creyentes –y practicantes– en el poder de la palabra escrita, en el potencial de la literatura para configurar y enriquecer una manera de ver el mundo, de ampliarlo. Cuando das con algo de eso, algo que te sacude de verdad, te faltan caballos para caerte. Y parece inevitable que se produzca una especie de adhesión emocional hacia la persona cuya vida se ha ido configurando de tal manera que acaba arrojando ese resultado que se te pone ante los ojos, una conexión con ese código concreto que siempre es individual, íntima, y en el mejor de los casos se vuelve colectiva. Puede que se trate de un señor checo calvo con los ojitos pequeños o una mujer mexicana con los ojos grandes. No todos conectamos con lo mismo, ni falta que hace. Pero, de alguna manera, somos la suma de aquellos a quienes hemos elegido leer. Y entre nosotros nos reconocemos. Y todo esto, que es magnífico y que no sabríamos qué hacer sin ello, se multiplica con las canciones. Esos tres o cuatro minutos de palabra y música de tu elección deben de grabarse en alguna parte del cerebro que tenemos muy a mano, un surco que horadamos con la escucha repetida y que, como al subir en una bicicleta, basta un riff inicial para que todo fluya hasta el guitarrazo final. Ocurre algo que sin dejar de ser racional, se convierte en otra cosa. Algo que te hace saltar, sudar o hacer así con la cabeza, como asintiendo, cantar-gritar lo que sabes de memoria sin necesidad de haberlo aprendido. Tú solo o en compañía de otros en un concierto o inesperadamente en un bar. Algo que te convierte en fan. Lejos de teorizar sobre los aspectos cognitivos de todo ese conglomerado de ideas recibidas que nos constituye, este redactor venía hoy aquí a declarar que si alguna identidad grupal ha tenido es la de fan de Los Enemigos. No se parecían a nadie –no ir a favor de corriente es siempre ir a contracorriente–, no había que disfrazarse, nunca iban a ser números uno y se gastaban un humor descastado y desmitificador. Si tú también te sentías un poco así, era fácil sintonizar. La sensación es que era factible una relación de tú a tú con el grupo: no jugaban a ser estrellas, eran músicos metidos de lleno en su oficio. No eran perfectos, tú tampoco. Y, sobre todo, tenían las canciones, claro, lo más importante. Esas canciones. Josele Santiago, letra y música. Había en ellas rabia, deseo, miedo, muerte, arrojo, vértigo, parecían trozos de piel desprendidos de la carne al rozarla contra una tapia. Una poética del no encajar, de sentirse desplazado, tener la certeza de que la vida mata y desde ahí aplicar la mirada del que resiste como puede con sus pequeñas armas, su dignidad y su cabezonería. Música para desertores y náufragos, por usar sus propias palabras. Letras que enseguida se convertían –arropadas por una música punzante y melódica, un muro de sonido– en himnos que funcionaban en nuestras cabezas como bálsamos para la aspereza a base de agitar la aspereza misma. Esas canciones siempre decían –a cada quien lo que le tuviera que decir–, nunca subrayaban. Fino Oyonarte a la izquierda, Chema ‘Animal’ detrás, Josele delante. Subía al escenario con la furia del que viene a restañar una herida, con los movimientos precisos de su cuerpo de huesos largos entre lo que pide la guitarra y lo que pide el micro. No le gustaba cantar, decía. Pero su voz se convirtió en otra de las señas de identidad del grupo: desgarrada, intensa, alargándose para fundirse con la música. El mejor vehículo entre esas ideas desesperadas que hacían florecer las canciones y la entrega de la interpretación. Los Enemigos, aunque fallaran un poco algún día en algo, nunca fallaban. Todo esto de la rabia y la desesperación era algo que se intuía desde fuera, bastaba hacer un comentario de texto. No se sabía mucho de Los Enemigos: hasta que decidieron separarse en 2002 no tuvieron lo que podríamos llamar una atención de los medios de masas, por usar un término del siglo XX. Josele se mostraba escurridizo en las entrevistas, tirando de ironía ante las preguntas repetidas –la más repetida: qué querías decir con esta canción–, saliendo un poco por la tangente con su humor madrileño de barrio. Tampoco nos hacía mucha falta a los fans: teníamos los discos, teníamos los conciertos, teníamos lo mucho de antes y lo que esperábamos que viniera. Y todo lo anterior está escrito en pasado porque remite a aquellos momentos de encantamiento, de esa magia que se produce cuando alguien se hace fan de algo, lo admira de verdad y se coloca en la humilde pero inevitable disposición de apoyarlo. Porque Josele y Los Enemigos continúan su aventura. Están Los Enemigos de la etapa clásica (1985-2002), la maravillosa carrera de Josele en solitario acompañado siempre de bandas magníficas, y la Revuelta Enemiga –que nació como gira y continuó como resurrección del proyecto–, con dos discos y un tercero previsto para septiembre. Y ahora está Desde el jergón, el libro en el que Josele Santiago da contexto a su historia personal como artista, a la historia del grupo y, por extensión, a una manera de entender el oficio dentro del devenir de la música española desde los noventa para acá, con sus movidas, sus trampas, sus pelotazos y sus epifanías. Y el libro está escrito con la misma vocación de desnudez de las canciones (una canción, un capítulo), con esa franqueza y honestidad de quien no tiene nada que esconder y con su buen gusto para trabajar con la palabra precisa. Desde el jergón nos hace encajar piezas dispersas, conocer el detalle de momentos decisivos del grupo y no siempre fáciles, hace que sean más ciertos que nunca aquellos versos de Javier Krahe de su tema Gracias canción: “Gracias a ti trago espinas / que resultan proteínas”. Para los fans es algo inesperado y valioso, una excusa para volver a escuchar una vez más en bucle todas esas canciones: las míticas, las preferidas de cada uno, las rarezas que se coleccionan como en un gabinete de curiosidades (de estas grabaron en directo un puñado bueno en dos noches inolvidables de diciembre de 2001 en el inolvidable también Teatro Bretón, aquí en Salamanca). Para quien todo esto le suene lejano, una historia más de un grupo más: es uno de los mejores libros sobre música que hemos leído en mucho tiempo, la voluntad de una gente que se aferra obstinadamente a lo que mejor –tal vez lo único– que saben hacer, la manera en que se evidencia que en España el ecosistema musical es tan frágil –cuantitativa y cualitativamente– que gente tan buena como esta todavía tiene que hacer malabares para sobrevivir. Como en la portada de Las golondrinas etcétera…, su primer disco en solitario, Josele sigue tirando del burro. Desde el jergón es nuestro libro de la semana. Podría haberlo sido ya hace algunas semanas, cuando cayó en nuestras manos, pero hemos esperado a tener a Josele aquí. Si leyéndolo es inevitable imaginarlo contando las cosas con esa media sonrisa, su seriedad y su voz ronca, esta tarde ya no te tienes que imaginar nada.

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