miércoles, 6 de mayo de 2026

Encuentros Corsarios 2026: mayo en Letras Corsarias Llegó mayo y ningún mes sin su programación de encuentros en Letras Corsarias. Tienes para elegir.

https://letrascorsarias.com/encuentros-corsarios-2026-mayo-en-letras-corsarias/ Mientras estaba empezando a escribir esta carta, la conciencia de este redactor ha recordado que hace algún tiempo unos artistas le invitaron a un sótano con el fin de que escribiera algo sobre una obra que estaban preparando, un algo indeterminado sobre lo que no se no se iba a pactar condición alguna –salvo que la traducción de aquello a palabras se consideraba sin duda un encargo por amor al arte– pero que, en último caso y en un plazo estipulado, acabaría tomando forma como capítulo de un libro colectivo que ofrecería piezas textuales sobre la obra –tomada en su conjunto– de al menos uno de esos dos artistas. Esos artistas parecían tener muy claro en qué consistían sus obras por separado y también esa obra concreta en común, que tomaría forma en el sótano ante los ojos de este redactor para que este describiera, interpretara, contextualizara e incluso analizara la obra que se le presentaba de sopetón –tal vez sabiendo, tanto unos como otro, que las obras de arte siempre se presentan de sopetón y que se resisten a ser descritas–, y tal vez albergaban la esperanza –este redactor nunca lo preguntó, pero lo intuía– de que escribiera desde las maneras de lo que se escribe generalmente sobre arte contemporáneo, un género literario que no suele distinguirse por su ambición comunicativa sino por encajar las obras en las categorías que funcionan como escalones en la pirámide truncada del prestigio artístico. Truncada no porque ese sistema cultural concreto del arte no funcione ni como pirámide ni como soporte visual de una idea de ascenso, que es posible que tampoco funcione o que su funcionamiento no responda a una lógica tan vectorial y geométrica, sino porque este redactor asocia las pirámides con escalones a las pirámides truncadas rollo Tenochtitlan, nada más. Que la pirámide no acabe en un ápice no le resta un ápice a su condición piramidal, deduce este redactor. La obra estaba siendo producida, los artistas estaban trabajando, llevando al plano físico un magma de pensamiento que habían originado y compartido, estaban revelándose en directo las decisiones que habían tomado en otros lugares que no eran aquel sótano –tal vez sus estudios, no sabemos si en el de uno, en el del otro o en ninguno– y bajo tonalidades de luz que seguro que tampoco eran las de aquel sótano, estaban exponiendo lo que habían decidido traer a la realidad en medio de un vacío en el que crepitaban invisibles las ideas rechazadas o incluso las impensadas, todo aquello que podría haberse sugerido en conversaciones más o menos formales pero que quizá no encajaba con esta obra en particular y tal vez tampoco con las obras por separado de los artistas, esto no se puede saber, no se puede saber hasta qué punto ellos eran conscientes de que aquella concreta intervención del pensamiento en la realidad iba a cambiar de alguna manera la percepción que tenemos del mundo, de su potencial para hacerlo, lo acabara haciendo o no. Bueno, sí, todo se puede saber, todavía estaríamos a tiempo, habría que retroceder bastante en el tiempo, concertar algunas entrevistas, ser al menos un poco convincentes acerca de nuestros motivos últimos para desenterrar todo aquello, repasar algunos papeles, estudiar, contrastar la realidad con los recuerdos si es que esto es posible, incluso leer aquel libro colectivo en cuyo capítulo este redactor no incluyó respuesta alguna a ninguna de estas u otras preguntas porque este redactor –bien sea por la humedad y el frío de aquel sótano o por algo que podría ser interpretado como una falta de receptividad pero que tal vez se tratara de una receptividad mucho más aguda de lo habitual, que habría sido alcanzada, en todo caso, de forma involuntaria– subió las escaleras del sótano con la certeza clara de que iba a ser incapaz de escribir tal y como se escribe habitualmente del arte contemporáneo en general de ese arte concreto que había tomado forma ante sus ojos. Lo que hizo entonces aparece hoy en la conciencia de este redactor como una obra derivada de la obra que, en lo que todas luces se puede considerar un exceso de confianza, los artistas habían inaugurado para él, una obra (la de este redactor en aquel momento, que no es este momento y por lo tanto no es el mismo redactor que ahora porque nadie se baña ni se mete dos veces en el mismo lío) que cifraría cualquier capacidad de éxito o fracaso –entendidos estos como la facultad del texto de encargo por amor al arte para al menos vibrar en la misma sintonía de la obra, no vayamos a pensar en comprar casas en Madrid– en un ejercicio que consistía en escribir un flujo de conciencia arrastrado por las sensaciones de aquella tarde noche, algo escrito del tirón, no sin mucha maduración anterior –algunas ideas, al menos una, recuerda ahora, se le ocurrieron al pasar una noche por la plaza de San Justo–, y entregado justo antes del plazo estipulado porque este redactor siempre entrega justo antes del plazo estipulado porque para eso existen los plazos y porque los límites siempre le vienen bien a las obras, a la manera de aquel otro redactor que fue a Las Vegas en un coche descapotable a ver una carrera de caballos con el encargo de escribir sobre la carrera o los caballos a cambio de algún dinero y luego escribió de todo menos de lo que se suponía que tenía que escribir o de otros caballos y sin embargo ya ves. Y aquello, lo de este redactor, fue entregado y publicado y la conciencia de este redactor de aquel momento quedó tranquila –de ninguna manera este redactor puede atribuir a su intervención sobre la obra ajena que aquellos artistas no volvieran a llamarle para trabajar por amor al arte ni de ninguna otra manera ni que ellos nunca volvieran a trabajar juntos– y aquella conciencia no podía imaginar que aquello iba a volver a aparecer y sin embargo ya ves, aquí estamos otra vez dejando fluir la conciencia, ahora motivado el flujo por un libro titulado El camino más largo, en el que este redactor viene pensando desde hace un par de semanas, incluso cuando la otra noche viendo un concierto de Rata Negra –en medio de epifanías de guitarra, bajo y batería– escuchó una canción llamada Sobrepensando, que es lo que le pasa a la protagonista de esa novela, una artista que no es capaz de dejar de pensar en qué es su obra, cómo crear algo físico que poder entregarle a una galerista para que esta lo pueda vender tal vez a alguien o al menos salir en alguna revista con una foto chula donde a ella se le note en la mirada que es poseedora de una visión y que esa visión se ha convertido en algo tangible, que ha salido victoriosa de esa batalla contra el ejército de la indefinición, y que al lado de su foto con suerte alguien haya escrito un texto a la manera en la que se escribe habitualmente de arte contemporáneo y que ese texto, al menos en la parte que se pueda recortar y resumir, sea en alguna medida elogioso, y por eso mientras camina hacia la galería donde va a entrevistarse con la galerista, ella no deja de pensar en sus intentos por definir un campo de intervención estética sobre la realidad, un lenguaje, en encontrar un contexto en el que algo signifique algo, ya sea a través de hacerle fotos a un huevo –un huevo de piedra, que tal vez podríamos considerar solo un objeto que sólo comparte su aspecto externo con la huevidad– bajo condiciones lumínicas cambiantes, analizar las exportaciones argentinas o dibujar puntitos en papel reciclado en horas de trabajo, no de su trabajo como artista en su pretendido estudio que en realidad es su habitación, sino en un trabajo burocrático que desempeña mientras su jefe no deja de mirarla de soslayo, moviendo tareas a la columna de completado mientras ella no está completa ni está nada. La conciencia de este redactor se ve a sí misma en estos momentos anteriores al plazo estipulado para la entrega de esta carta, que esta semana va un día más tarde de lo que informalmente hemos acordado que es lo estipulado porque llevamos años haciéndolo así, se ve a sí misma –al menos la parte de la conciencia que se utiliza en horas de trabajo, si es posible desligar una conciencia de otra, alternarlas como quien entra y sale por puertas, que este redactor cree que no– como una madeja de la que constantemente van fluyendo ideas recibidas de los libros que luego van a parar a esta carta, escritas a la manera en la que escribimos nosotros sobre libros, que no es la manera en la que se escribe habitualmente sobre libros, en eso creo que estamos de acuerdo. Y tiene la sensación este redactor que Emily Hall, que así se llama la autora de El camino más largo, ha construido una novela en forma de flujo de conciencia espiral porque quizá ya estaba un poco harta de escribir de arte contemporáneo como se escribe habitualmente de arte contemporáneo, que se ha abrazado a toda esa legión de los llamados antirrealistas –Thomas Bernhard que estás en los cielos, László Krasznahorkai, Clarice Lispector– en busca de algo subyacente, de cómo se articula el proceso de ir desde A hasta B, caminar y caminar hasta llegar quizá a alguna parte sin saber mucho más que cuando saliste, en busca de las revelaciones de la gramática oscura, con la sospecha de que algo que podríamos llamar verdadero siempre tiene más posibilidades de emerger del caos bajo el que funciona nuestra mente que de casilleros organizados y estancos, y que esas barahúndas de pensamientos, esos meandros, son más reales y nos acompañan más que, por ejemplo, los coches deportivos de cualquier marca, nos definen mucho más, y que la novela de Emily es una fuga, de las fugas musicales que hacen variaciones sobre un tema dado y seguro que si lees este libro en voz alta no será el mismo libro que leído sin voz –la conciencia de este redactor interviene para introducir el tema de que cuando se lee, de alguna manera siempre se vocaliza mentalmente lo que se lee o por lo menos él no puede evitar casi nunca hacerlo así–, y una fuga también de lo que se espera que haga una mujer que habita la institución artística, fuga total y encuentro afortunadísimo con la condición creativa. Tampoco es que todo el mundo tenga que escribir así, ni escribir así siempre, pero qué placer encuentra la conciencia de este redactor cuando le proponen esos pliegues de lo real, esas asociaciones de ideas que huyen de lo categórico y que funcionan como remolinos de inteligencia, digresión y lenguaje donde poder darse un bañito y salir un poco mojado de ahí, un poco renovado también, un poco osado, tanto como para haber escrito así esta carta interminable justo antes del plazo estipulado con la intención de rozar al menos alguna parte valiosa de un libro tan brillante, que no y sin embargo ya ves. Estamos leyendo Aquí van algunos de los libros que tenemos entre manos, los que aterrizan en las mesas de novedades y los que salen del fondo de armario. Rafa va con Beloved, de Toni Morrison; El desierto de nosotros mismos, de Eric Sadin; El camino más largo, de Emily Hall, y el cómic Descender, de Jeff Lemire y Dustin Nguyen. Guillermo se sumerge en una frase que es también esa novela titulada Herscht 07769, lo último publicado del Nobel László Krasznahorkai; La larga marcha, de Rafael Chirbes, y la poesía completa de César Vallejo que acaba de editar Pre–Textos. Miguel: Sucesos críticos variados, de Deniz Camp, Eric Zawadzki y Jordie Bellaire; I am a Hero 3, de Kengo Hanazawa; Than Texas blood, de Chris Condon y Jacob Phillips; los dos primeros volúmenes de Fool night, de Kasumi Yasuda, y Cuando vemos o parecemos, de Ken Liu. Mariano: Materia prima, de Jörg Fauster; Escena de caza furtiva, de Agustín Gómez Arcos; al ya mencionado Eric Sadin y Norteña. Memorias del comienzo, de Julieta Venegas. Marina: Niñas vírgenes, de Yanina Vidal; Fanunologías: Bestiario de animales que parecen inventados, de Andrés Cota Iriart, y Los umbrales, de Liliana Muñoz. Mercedes: Amor, de J. José Becerra; El estanque de los soñadores, de Juliet Marillier, y Aggie y el fantasma, de Matthew Forsythe. Antonio: El alma se oscurece, de Eusebio Calonge y Ejercicios de observación, de Nicolas Nova. Lo que pasa en Corsarias Después del descanso pertinente del Día Internacional de los Trabajadores, hemos madrugado porque es sábado y los sábados son días que apetece librerear. Y el lunes empezamos ya con la programación de mayo, que la tienes entera por aquí. Encaramos la recta final del curso, pero todavía nos quedan muchos momentos jugosos por delante. Arrancamos el lunes con Carlos Villar Flor, que en su novela Tras las huellas de Greene construye una historia de intriga basada en las peripecias españolas del autor de El tercer hombre. Una trama criminal llena de guiños literarios y que se expande hacia la literatura de viajes y las novelas de campus. Conversa con Ascensión Rivas. El martes viene Álvaro Valverde, una de las voces más consolidadas de la poesía española. Territorio. Poesía reunida (1985–2025) es la antología que acaba de publicar en Tusquets, una excelente oportunidad para conocer a fondo todo su ideario estético. Le acompaña Antonio Colinas. Miércoles para Miguel Barrero, que ya en El guitarrista de Montrealdejó clara su vocación por revolver desde la literatura en enigmas culturales. La cabeza de Goya parte del un hecho real: cuando se abrió la tumba del pintor para repatriar sus restos, faltaba la cabeza. Barrero genera a partir de ahí una reflexión sobre la identidad española y su dificultad para hacerse cargo de su propia tradición. Conversa con Javier Sánchez Zapatero. Las ilustradoras Ilu Ros y Ana Jarén protagonizan el jueves una nueva sesión de Diálogos Corsarios, conversaciones entre creadores con una perspectiva que abarca más allá de sus últimos trabajos. Ros ha firmado obras como Federico o Una casa en la ciudad y Jarén es autora de Amigase ilustradora de biografías literarias como la de Almudena Grandes y Jane Austen. Lorena Velázquez ejerce de maestra de ceremonias. Para el próximo fin de semana tenemos a Ricardo Menéndez Salmón y a la poeta Laura Ramos. Te lo contamos todo con más detalle el viernes que viene.

No hay comentarios: