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«A las 4:35 h terminé Ivanhoe. Dejé el libro. Me puse los pantalones y cogí un jersey. Luego bajé las escaleras y le dije a mi padre que estaba teniendo un ataque al corazón.» Pero lo que tiene Nicholas, el protagonista de Pan, el deslumbrante debut narrativo de Michael Clune, en realidad es un ataque de pánico. «¿Un ataque de pánico?, repetí.» A lo que el médico respondió: «Un ataque de pánico. Nada de lo que preocuparse, gracias a Dios». Nicholas insiste: «¿Y qué me provoca pánico?». Puede que esa sea la pregunta clave, el misterio que sociólogos, psicólogos y médicos intentan responder: ¿por qué están tristes los chicos? ¿A qué le temen exactamente?
Ese momento es el núcleo de Pan. Y también, quizá, una de las claves para entender por qué tantos chicos parecen estar atrapados hoy en la angustia, el bloqueo y la sensación de estar perdidos. En los últimos años, se ha intentado explicar ese malestar de muchas maneras: estadísticas sobre el suicidio, debates sobre las masculinidades, diagnósticos culturales sobre la soledad, la pornografía y el aislamiento… Pan sugiere algo más profundo: muchos jóvenes sufren hoy una crisis espiritual para la que nadie ha dado todavía lenguaje.
Nicholas no encuentra respuesta en los adultos: los médicos le ofrecen técnicas de respiración; una monja lo acusa de querer robar con esas bolsas de papel con las que debe reaprender a respirar en momentos de crisis; el colegio administra normalidad; su padre es una figura ausente… Entonces, aparece otro tipo de comunidad: un grupo de adolescentes, liderados por el carismático Ian, se erige como una suerte de refugio, una salvación. Practican extraños rituales con drogas, sexo y símbolos paganos, mezclando arte y teorías metafísicas en un granero perdido de los suburbios de Chicago.
Imposible no pensar que los chicos necesitan una narrativa sobre su sufrimiento. De hecho, muchas comunidades funcionan como religiones improvisadas que giran en torno a ese deseo de transformación total: la promesa de abandonar la mediocridad. Clune no solo retrata, como hicieron John Kennedy Toole en La conjura de los necios y J. D. Salinger en El guardián entre el centeno, la intensidad de la adolescencia y esa búsqueda desesperada de sentido, sino que consigue trasladar al lector la experiencia misma del pánico: esa alteración de la conciencia que transforma la relación con el propio cuerpo y con la realidad.
El autor, que ya había publicado libros de culto como White Out —sus memorias, que se convirtieron en un clásico de la literatura de adicciones en Estados Unidos—, entiende que detrás de este delirio hay una pregunta auténtica: Nicholas no está enfermo solo porque tenga ataques de ansiedad y pánico, sino porque no logra encajar la experiencia de estar vivo en el lenguaje disponible. ¿Qué es lo que va a salvarlo? ¿Encontrará en Ian y en ese grupo carismático una solución a tanto malestar?
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