sábado, 9 de mayo de 2026

Superé a los soldados

https://www.labellavarsovia.com/supere-a-los-soldados/ Recuerdo tener veinte años, ser una estudiante de Literaturas Comparadas y escribir poemas de desamor malísimos y trágicos en las alturas de Granada. Recuerdo leerlos después, meses más tarde, y avergonzarme. Sentir pudor por la imagen de mí que me devolvían. Recuerdo borrarlos, destruirlos, no querer pensar en ellos nunca más. Pasó el tiempo y me limité a escribir prosa. Primero cuentos, después novelas. Seguía leyendo poesía, fascinándome con la poesía, creándome una genealogía un poco disparatada que conectaba (me refiero a que dentro de mí conectaba, no a que estuviesen conectados en una tradición real) a J. Á. Valente con Szymborska, a Zagajewski con Vilariño, a Pessoa con Pizarnik, a Rilke con Mary Oliver. Pero, incluso cuando lo intentaba (luego me di cuenta de que no es algo que deba intentarse), ya no era capaz de escribir en verso; me iba inevitablemente a la frase. Y así fue durante casi una década. El año pasado, algo extraño e inexplicable ocurrió en mi mirada y me empezaron a salir poemas. La creación siempre tiene algo de misterioso que no me interesa en absoluto descifrar. Simplemente eso es lo que sucedió. Paseaba, o estaba en la piscina, o leía un libro, y se me aparecían versos en la cabeza que yo de alguna manera cogía imaginariamente con la mano, los estiraba y salía un poema. Suena bastante místico. De hecho, me suena que algo así decía Emily Dickinson, y tampoco es esa mi intención porque escribir tiene mucho de corrección, e incluso disciplina, muy consciente y terrenal, pero es verdad que Superé a los soldados está escrito desde un trance que me sorprendió muchísimo y del que disfruté también muchísimo. Creo que, conforme me acercaba a la treintena, y cuando entré en ella, con tantos cambios ocurriendo a mi alrededor, me golpeó el fantasma de la primera juventud perdida y de ese susto nació este poemario. Quería recoger la belleza que hay en lo que ya no está, en lo que ha desaparecido. Cómo se juntan la tristeza y el humor cuando vemos que nos hemos convertido en alguien que no esperábamos, y que lo que nos rodea se nos hace, de pronto, ajeno. Y nace de ahí una risa que da un poco de miedo, pero a la que conviene acompañar.

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