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Es posible que lo que viene a continuación sea inexacto respecto al texto original o que provenga de alguna de las muchas versiones que hemos visto de Tío Vania, de Antón Chéjov, o que incluso haya sido fruto de nuestra imaginación, que para eso la tenemos. El teatro tiene esa magia: te obliga a entrar en un estado inmediato de fertilidad receptiva y luego desaparece. El teatro no está en Netflix. El teatro es una sensación que masticas caminando de vuelta a casa, un aroma que permanece únicamente en la memoria.
Así que Chéjov nos perdone si en algún momento de Tío Vania, en el que los personajes están reunidos en una de esas lánguidas tarde-noches eternas, no suena una música lejana, apenas unos acordes intuidos, y por un instante levantan la cabeza, casi olfateando como perros de caza, escuchan y sus rostros parecen rejuvenecer, como si esas notas hubieran hecho reverdecer fugazmente lo que de alegre pudiera tener la vida.
“Decía que el hombre más cruel de todos era Chéjov porque obligaba a sus personajes a vivir bajo el signo de la renuncia”, escribe Cristina García Molina en Los irredentos.
Los irredentos es quizá una novela, quizá un libro de cuentos, no lo sabemos ni nos importa. García Molina ganó el Premio Llibreter –concedido por los libreros de Cataluña– en 2023 con su edición original en catalán, que ahora publica Minúscula con traducción de la propia autora.
El libro tiene algo de la potencia constructiva del teatro de vanguardia: despojamiento, extrañeza, un abandono sin condiciones de todo aquello que resulta superfluo, la casi supresión de lo figurativo sin por ello dejar de ser narrativo, la creación de espacios para que el lector respire y asimile la magnitud de la tragedia. Tragedia no sólo por su división en tres actos, o su condición de tríptico pictórico, a la manera de Francis Bacon en sus estudios para una crucifixión, cuadro ante el que se conocen dos de los personajes del cuento central. “El olor de la sangre humana sonríe un poco por mí”: esa frase de la Orestiada, de Esquilo, obsesionó al pintor británico. Los irredentos es también trágico porque mira de frente y sin ninguna complacencia tres pilares constructores de la condición humana: educación, familia, cultura.
Una somera aproximación a los relatos, por no caminar todo el rato en lo abstracto. ‘Solar’ son unos maestros en una escuela provisional, barracones en la periferia: la intemperie de la que llegan los niños y las magras herramientas para acogerlos, cultivarlos, en medio de una burocracia rígida dirigida al triunfo de algún tipo de eficiencia fría, una hoja de cálculo. “A la fuerza creamos entre todos una ráfaga de familia. La rabia y el abandono pueden ser muy cohesivos”.
‘Linóleum’ recuerda al aire de Los niños terribles, aquella pieza de atmósfera cerrada de Jean Cocteau. La conciencia de dos hermanos de haber partido la vida de sus padres –los del cuadro de Bacon–. Padre escritor por encargo, ajeno al proceso de deseo y sufrimiento del arte literario. Madre: “Nos dejó tiempo después, vestida de negro y con lo que más dolía: una cita de Chéjov. Un perro hambriento solo piensa en la carne”. “Es complicada, la exégesis del abandono”, dice la narradora. Y un descubrimiento final, brillante y doloroso.
‘Muelle’ recrea mundos que se rozan pero no se abrazan, una cartografía de los límites. Un hombre con la columna retorcida observa a una mujer que llega cada día al museo en el que trabaja. La desea, desea quizá sobre todo desentrañar su misterio, entender la abrasadora destrucción que lo vivo puede introducir en lo catalogado.
Lo importante aquí es el lenguaje. Todo el libro avanza como si cada frase fuera un pulso que palpita y se abre hacia significados no explícitos, a menudo de forma furiosa con un ritmo que acelera y explota. Y a la vez tiene una suerte de concentración de fuera hacia dentro: el texto como ceniza de una realidad que le arde por dentro a los personajes, un vestigio sobre el que armar nuestro propio relato. Cristina García Molina no pisa los terrenos del “como si…”, esos símiles que tantas veces son inservibles para introducir lo poético dentro de una narración. Va a la metáfora, se la juega constantemente, mantiene un pulso tenso y magnético con lo oscuro que se resiste a ser traído a la luz.
Los irredentos parece creada para interpretarse en directo o leerse en voz alta o volver una y otra vez a sus escasas ciento veinte páginas. Cuando aquella vez creamos lo de Libro Piraña –pequeño, muerde, deja marca– fue para tener el gusto de vernos expuestos a una literatura como esta.
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