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¿Cómo se encuentra algo cuando hay demasiadas cosas entre las que buscar? A finales de los años cincuenta, cuando todavía faltaban décadas para que aparecieran los buscadores de internet, Cyril Cleverdon, bibliotecario e informatólogo del College of Aeronautics de Cranfield, reúne a tres indexadores (Mister Sharp, Mister Hadlow y Mister Opatowski), formados en las mejores escuelas, y les propone un reto: encontrar un libro escondido entre 18.000 documentos. La razón: el universo (que otros llaman biblioteca) está en crisis. Hay tantos libros que queda muy poco tiempo para que sea más fácil producir nuevo conocimiento que encontrar el existente. Para remediar ese mal, pide a los tres individuos «que le ayuden a decidir cuál es el mejor método para orientarse en el desorden».
Los tres bibliotecarios disponen de métodos distintos para orientarse en la colección; lo que están haciendo, sin saberlo, es ensayar una de las cuestiones fundamentales de nuestro presente, que trata sobre cómo convertir una biblioteca en algo que pueda ser recorrido, consultado, clasificado y, al final, calculado. El experimento de Cleverdon, en apariencia, trata solamente de encontrar un libro, pero en realidad va de decidir qué significa encontrarlo, qué información necesitamos para reconocerlo y qué criterios utilizamos para determinar qué merece nuestra atención.
Esta es una gran puerta de entrada a La revuelta de los copistas, el libro con el que Xavier Nueno ha ganado el Premio Anagrama de Ensayo 2026, que explora con profundidad y delicada erudición el momento en que el conocimiento empezó a necesitar máquinas para orientarse dentro de sí mismo. Copistas, relatores judiciales, bibliotecarios, estenógrafos, indexadores, documentalistas, secretarios, archiveros y técnicos de laboratorio. Gente que ordenaba, transcribía, clasificaba, relacionaba. Un trabajo que, durante siglos, permaneció en segundo plano. Manos invisibles a las que Nueno dedica el libro y que, a pesar de su anonimato, tienen nombre.
En el siglo XIX, por ejemplo, Henry Wheaton trabajaba como relator del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Su tarea consistía en transcribir, editar y publicar las palabras de los jueces. Sin sus libros, aquellas sentencias no habrían podido circular de la misma manera. Wheaton acabó enfrentándose a su sucesor, Richard Peters, que comenzó a publicar versiones abreviadas de sus volúmenes. «A efectos prácticos, esto significaba que los libros de Wheaton y los demás relatores quedaban convertidos en papel mojado: ediciones caras y abultadas que ya nadie querría comprar.» La disputa llegó hasta el propio Tribunal Supremo.
Trabajadoras realizando el cosido de los cuadernillos impresos en West Publishing. Fuente: West Publishing, The Making of Law Books (1920).
La de Wheaton es una historia remota de la edición, pero, en realidad, contiene el germen de los debates que hoy consideramos más urgentes, como los que tienen que ver con la inteligencia artificial, la autoría y la propiedad intelectual. Richard Peters abrevió el trabajo de Wheaton, y hoy se procesan millones de libros y artículos constantemente, como si la biblioteca hubiera sido absorbida por una máquina. El tiempo que ha transcurrido desde esa reivindicación de Wheaton hasta hoy es la transformación que Nueno reconstruye en su ensayo, siguiendo un hilo que une tecnologías que normalmente estudiamos por separado: los índices de las bibliotecas, las fichas de catalogación, las bases de datos, los sistemas de citas científicas, los buscadores de internet, los rankings, las redes sociales y los grandes modelos de lenguaje.
De ahí que el título sea muy apropiado: La revuelta de los copistas evoca un movimiento solidario y colectivo y hace perceptible la inmensa red de manos invisibles que han construido el conocimiento a lo largo del tiempo, a la vez que reivindica los modelos de lenguaje público: «En la carrera tecnológica por la inteligencia artificial general, la única opción viable es la que pasa por que los modelos de lenguaje se hagan públicos». Un libro que saca del olvido e indaga, sin defender un elitismo nostálgico, en cómo el saber se ha mantenido vivo hasta nuestros días. Y cómo podemos mantenerlo vivo en el futuro.
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