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La persistencia de los bosques sagrados entre los mari, pueblo fino-úgrico asentado sobre todo en la cuenca del Volga medio, plantea una pregunta que excede la etnografía regional. Se trata de determinar cómo un espacio natural puede conservar una densidad religiosa durante siglos de evangelización, colonización y reorganización estatal. Sostenemos que el bosque sagrado mari no es un vestigio pasivo de una religiosidad anterior, sino un dispositivo activo de memoria comunitaria, cuya eficacia reside en su capacidad para articular lo ritual, lo territorial y lo político.
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