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Hace algunos años, el ilustrador Manuel Marsol encontró en un cajón una foto en la que aparece su padre lanzando un penalti durante un partido en 1970. Cielo azul pálido, campo de tierra. Está tomada desde detrás de la portería. Manuel padre: medias altas, piernas fuertes, bigote, camiseta azul oscura con franja roja. Parece el molde de futbolista regional de aquella época, alguien que no va a llegar a profesional pero mantiene intacta una fidelidad a la seriedad del juego.
Ha inclinado el cuerpo hacia atrás y metido el pie un poco debajo del balón blanco, una nube de polvo se levanta junto el punto de penalti. El portero se ha vencido un poco hacia la derecha y mira como pelota vuela hacia los territorios de la escuadra contraria. ¿Gol? No lo sabemos, el encuadre deja fuera los límites de la portería. El balón flota en la trama que forma la red que ocupa el primer plano de la imagen, como en esos gráficos que dibujan los científicos para explicar la curvatura del espacio-tiempo. Y ahí estará para siempre.
“La cámara detuvo lo que un día fue y lo convirtió en monumento”, escribe. Y sobre esa fotografía, deja que te lo digamos ya, Manuel Marsol ha construido otro monumento titulado El cielo en casa.
El 17 de julio de 1994, padre e hijo están sentados en el sofá de casa. Roberto Baggio, sexto de los ocho hijos de un fabricante de ventanas del pequeño pueblo de Caldogno, se dirige al punto de penalti en el estadio Rose Bowl de Pasadena. Es Balón de Oro y el mejor jugador de su país y venía de eliminar a España en cuartos en un arranque de velocidad y sutileza volando por encima de Zubizarreta. Final del Mundial, tanda de desempate. Si marca, Italia sigue con vida. Si no, Brasil es campeona. “Lo tira a las nubes”, dice el padre de Manuel. Busca la escuadra y encuentra la grada. Brazos en la cintura, mirada al suelo, la imagen de la desolación. “El hombre que murió de pie”, dijo la prensa. El 17 de julio de 1995, un año después, muere Marsol padre, papá, cuando él tenía once años.
Entre esos dos penaltis, Marsol teje con los hilos de la memoria una obra que quizá es una novela con pinturas, un cómic o un libro ilustrado, da igual, no vayamos a empobrecer con etiquetas la riqueza de lo fronterizo. Hace algo extraordinario, con una confianza absoluta en el poder vivificador de las imágenes, su carácter espectral. Una fotografía siempre es un momento congelado del pasado y esta obra se construye por entero en el empeño por captar la fragilidad de los instantes que no volverán, retener la cualidad derrochadora de vida que tiene el tiempo en presente. “Los objetos detienen el tiempo”, decía su padre. Marsol explora gráficamente esas huellas: muebles, habitaciones, discos, libros, dibujos infantiles, películas vistas en compañía, balones que vuelan hasta convertirse en estrellas del firmamento.
Cada imagen que pinta Marsol aquí vibra con la potencialidad del tiempo que contiene. No es un ejercicio de nostalgia, por mucho que por ahí aparezcan cromos de los noventa y hasta la carta de ajuste. Es la reconstrucción de un mundo perdido cuya emanación emocional le permite rozar con la punta de los dedos la huella que el padre dejó en su vida, la paradójica fugacidad de todo lo que ocurre en un instante y permanece para siempre. Esos restos de una vida en común, ese aura de lo dicho y lo callado, la familiaridad de un gesto íntimo, ese es el material que se desprende de cada página cuando abre el libro. Eso que se evapora sin remedio, aquella normalidad que un día recordarás como un momento feliz, aquí se fija.
Marsol ya había explorado el vacío y el dolor que le dejaron la muerte de su padre en Astro, otra maravilla donde un diminuto astronauta caía en un planeta ajeno. Alguien recorriendo una frontera, como los héroes que siempre caminan solos de los westerns de su infancia, un trabajo entre lo evocador y lo abstracto. En El cielo en casa lo hace de manera explícita y con la misma voluntad poética: un recorrido hacia un reencuentro, la asunción de la herencia recibida, la conciencia de que, como un balón lanzado hacia la portería, el mundo sigue girando y produciendo calladamente la música de las esferas.
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