jueves, 30 de junio de 2016

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Un pequeño rincón literario

Este blog atañe a los amantes de la literatura que, en algún momento de su vida, han sentido la pasión de escribir un libro y, al concluirlo, han descubierto que ningún editor se atreve a publicarlo. A ellos, y a todos los que aprecian el valor de la cultura, va dirigido este espacio, con la intención de exponer conflictos y proponer soluciones para resolverlos.


Pocos autores se han preocupado de reflexionar sobre su herramienta de trabajo. Luis Magrinyà es uno de ellos. Su libro “Estilo rico, estilo pobre”  (Penguin Random House, 2105) es tan valioso para escritores, periodistas, traductores, editores como para cualquier persona que se preocupe por la precisión, la claridad y la elegancia del lenguaje.

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Manu de Ordoñana

Donostia-San Sebastián

España


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Estilo rico, estilo pobre

Categoría (El libro y la lectura, El oficio de escribir, General) por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 29-06-2016

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Este es el título de un libro que ha sido todo un hallazgo. Nos ha abierto los ojos y nos ha hecho estar alerta ante lo que leemos y escuchamos. Cada vez que nos ponemos a redactar un artículo, ¡miedo nos da! escribir cualquier frase. Ojalá todas nuestras palabras sean las adecuadas para hacer un pequeño resumen de lo que contiene. Está dirigido a esas personas que realmente se preocupan por la forma de expresión, por escribir sin muletillas, con las palabras exactas y necesarias.
El español no es la lengua materna de Luis Magrinyá (Palma de Mallorca, 1960) y esa distancia que mantiene de observador y aprendiz le ha valido para darse cuenta de todos los errores que se cometen. Filólogo, traductor, trabajó en la RAE y es escritor de varios libros de cuentos y de una novela.
El contenido de este libro rompe varios estigmas: por un lado, desconfiar, en la justa medida, de los diccionarios, ya que no siempre dan fe de las condiciones de vida de las palabras, de su construcción, de sus relaciones…, ya que no siempre son del todo iluminadores y tampoco recogen todas las variantes de la lengua que, como todo ser vivo, cambia constantemente. Y por el otro, ratificar que la lengua es el instrumento de la literatura, lo que a veces no es tan obvio. En todas las artes y oficios se exigen conocimiento y dominio del medio con que se trabaja, de ahí que pensar la lengua es la primera condición del escritor.
En el estilo rico, la riqueza, la variedad, la belleza, la funcionalidad, la intensidad… serán los nobles objetivos a alcanzar, pero no siempre se acierta con ellos. En el estilo pobre, el tema principal es la falta de atención, de reflexión. La polisemia, las palabras comodín… habrá que evitarlas. Todo esto se da por el desconocimiento de las posibilidades de la lengua.
El trabajo de documentación realizado por el autor es inmenso, amplio y muy diverso, aparecen múltiples ejemplos extraídos de novelistas, políticos, periodistas, incluso de la telebasura. Resultan inesperados los ejemplos de muchas plumas autóctonas y de muchos laureados literatos.
Cuando indica la mala utilización de un verbo o de una expresión, alude a su procedencia. Y cuando ésta es el inglés reafirma su gran influencia y lo perjudicial que ha sido, aunque no se le puede culpar de todo. Si para decir que uno es “honesto” en vez de “honrado” o “sincero” no hace falta saber inglés (honest), para sufrir un “trauma” no hace falta tampoco tener ni la más remota idea de quién era Freud.
Vamos a ver varios aspectos que se comentan en el libro y que a nuestro juicio ilustran muy bien el trabajo del autor:
En ocasiones para evitar la repetición se utilizan palabras nada acertadas para lo que se quiere decir y, otras veces, las palabras repetidas no tienen el mismo significado. A los que aspiran a tener un “buen estilo” les han inculcado que la repetición deriva en una prosa pobre y cansina. Pero no todos los sinónimos valen como sustitutos; aunque tengan el mismo significado, no siempre se corresponden en el plano material de las palabras. Por ejemplo, tener miedo, no es intercambiable por poseer miedo. Aquí vemos claramente que hay ciertas expresiones fijas que no se pueden alterar, pero que por no repetir se alteran y el resultado resulta ambiguo y poco adecuado. No olvidemos que uno de los requisitos de un buen estilo es el uso de combinaciones estereotipadas.
Todos los sinónimos no siempre son equivalentes, su significado varía en función del contexto. Además, es conveniente ser selectivos, moderados y precisos, para no caer en desaciertos como: Haz que le siga uno de tus hombres de confianza, aseveró contundente; Bastante tiempo ha vivido usted gratis, rebuznó el administrador. Se tiende a confundir la disponibilidad con la sinonimia. Se ha sustituido el verbo decir creyendo que el estilo será más “rico” y “expresivo”; en cambio, el resultado es que se antepone la profusión a la exactitud.
Algunos verbos se convierten en comodínes porque se ponen de moda, usurpan el lugar a los otros y se termina por abusar de ellos. El uso repetido de verbos como “provocar” y “usar” revela una actitud muy desagradecida ante las posibilidades de la lengua, que se ven así tan pobremente aplanadas como desperdiciadas.
En cuanto al léxico penal, se tiende a vincular las metáforas a los delitos y casi nadie se da cuenta de ello. Así, por ejemplo, cuando no aparece “cometer” suplantado vulgarmente por el omnipresente “realizar”, nos sentimos autorizados a reclamar su presencia: …incluida la capacidad para realizar asesinatos. Asimismo, para el DRAE, “perpetrar” sigue siendo solo “cometer, consumar un delito o culpa grave”, pero para muchos escritores se perpetran obras artísticas: Sin embargo, ¿qué necesidad tenía de perpetrar una novela?, El destino (…) no me dejó en paz hasta que perpetré un cuento póstumo.
Hay cierta teoría que define el lenguaje literario como el que más se aparta de la norma y relaciona el estilo conpresencia y sonoridad. Mucha gente aplicada en “escribir bien” se lo ha creído: si algo suena raro, complicado, si no es lo que uno diría todos los días entonces es que tiene que ser “literario”. Que una palabra sea de uso frecuente no significa que sea un coloquialismo ni una vulgaridad. Parece que se rigen por esta máxima: para qué va uno a tener estilo si no se va a notar.
Fijémonos en que a veces, “todo” sobra y alguna vez falta. Todo lo que sabía era que quería matar a alguien, ¿y si se omite la palabra “todo”? El hombre explota al hombre y eso es todo. También podríamos omitir esta muletilla porque no aporta nada al sentido de la frase.
Las preposiciones son elementos de unión a tener en cuenta en el estilo. No siempre se utilizan de forma adecuada conforme a su significado. Podrá presentar cierto interés hacia las artes en general, lo normal es que “interés” se asocie, en este caso, con “por”.
Los fenómenos de sintaxis léxica, es decir, la relación que establecen unas palabras concretas al combinarse o no con otras, son algo enrevesados. A veces, sí que se puede elegir entre dos o tres preposiciones, actitud con, ante o frente a, pero otras veces esas combinaciones no son las propias: su lealtad era para con su familia, no hacia Sadam. En este ejemplo vemos lo que no hay que hacer, pues la palabra “lealtad” está asociada únicamente a la preposición “a”. El periodista recogió los documentos (…) y fue a meterlos bajo el sofá. ¿Seguro que no los meterá “debajo del sofá”? Rochelle estaba ante el ordenador. No, realmente estaría “delante del ordenador”.
Los hiperónimos (palabras de significado muy amplio, genéricos) no se pueden usar en todos los contextos. Cuando es necesario concretar, hagámoslo; normalmente se lee en la biblioteca, no leemos en el lugar. “Lugar”, “mueble”… serían hiperónimos. El camino del estilista está plagado de obstáculos. Las escenas de las novelas suelen ocurrir en alguna parte y esa parte hay que nombrarla. Evitemos: Llevaba una ropa con un escote pronunciado. Una descripción detallada no puede contener un genérico.
A la hora de traducir, se hace muy visible la diferencia fundamental que existe entre lo que es propio de una lengua y de sus mecanismos convencionales y lo que es propio de un tipo de estilo literario o de un autor en concreto. Cuando, en español, decimos de alguien que tiene el pelo «color caoba» no hacemos más que repetir, a pesar de la exquisitez cromática de tal combinación, un uso lingüístico; si dijéramos, en cambio, qué sé yo, que el pelo es de «color marta cibelina», se trataría de una aportación estilística personal. Este ejemplo es evidente y, al mismo tiempo, didáctico. Los apuros empiezan cuando los límites no están tan claros, o cuando creemos que podemos hacer usos estilísticos de meros usos lingüísticos.
En definitiva, este libro alude al gusto por la escritura. Merece la pena acudir a él, recapacitar antes de escribir, dedicar tiempo a pensar la lengua. Es importante saber elegir y atreverse a romper con lo esperable. Una máxima a tener en cuenta es que el estilo consiste precisamente en la identificación de lo prescindible.
Hay que tener presente que la lengua ofrece un repertorio estupendo de posibilidades y el estilo posiblemente consiste en conocerlas, distinguir las reales de las imaginadas o supuestas y hacer, después, una elección. No hablamos de que haya que hacer filigranas, sino, simplemente, de explorar la variedad sin perder la naturalidad.

MercatorNet: What ‘The Jungle Book’ gets right about rules [ONLY FOR THOUGHT - NEW SECTION OF LOST IDEAS] while adding value

MercatorNet: What ‘The Jungle Book’ gets right about rules



What ‘The Jungle Book’ gets right about rules



What ‘The Jungle Book’ gets right about rules

Kipling put words into the mouths of animals to teach us about ourselves.
Stephanie Cohen | Jun 30 2016 | comment 1 
written for ages 9-12 | highly recommended
published in 2016 (1894) | CreateSpace | 78 pages


A scene from the 2016 film of The Jungle Book, by Disney   
The latest issue of National Geographic arrived at our house with a dazzling cover story on Yellowstone National Park, full of images of grizzly bears, wolves, elk, and bison. Yellowstone is a wild place “filled with wonders—fierce animals, deep canyons, scalding waters—that are magnificent to behold but fretful to engage,” and the issue asks whether humans can ever make peace with such wildness. As my sons thumbed through pages of glossy pictures of predators and prey, I sat nearby rereading a nearly 120-year-old copy of Rudyard Kipling's The Jungle Book, which asks similar questions about man and nature, one of the most important of which is: What rules should we live by?
Kipling, of course, did what no NatGeo explorer can do: he put words into the mouths of animals in order to teach us about ourselves. Entering a Kipling book feels dark and mythical. A newspaper reviewer in 1895 correctly called Kipling's Jungle Book stories “weird and wonderful” tales that fascinate, which is why it has been the subject of many movie adaptations, including themost recent one released by Walt Disney and now currently dominating the box office.
In his captivating tale of man-cub and beasts (originally published in 1894), Kipling delivers an account of a world both lethal and fascinating. In that world, we learn, there are packs we are born into and laws that have been devised to protect us; there are shifting alliances and adaptations that save us; there is danger but also care. Kipling's fictional world is timeless, although for generations people have read The Jungle Book and comforted themselves by assuming (incorrectly) that their own times are far more civil, better educated, and more morally grounded.
Today, many people celebrate the demolition of old rituals and ideals, seeing in that destruction the promise of a more enlightened, rational future. And yet, it is the presence of sacred rules and traditions that offers one of the starkest contrasts between modern times and the one in which Kipling set his stories.
We still have rules, of course, and plenty of them, but they are often focused more on cultivating personal safety than strengthening moral traditions. One mother, writing about the movie version of The Jungle Book in The Washington Post, noted:
Like the animals of ‘The Jungle Book,’ we think the law of our jungle exists to keep our kids safe; moreover, we think if we follow the law, safety is the only possible outcome. That's naive, of course, but it's actually dangerous—it produces children who not only function best in a rules-laden society, but who are comfortable obeying supposedly unchangeable rules that are based on tradition rather than reason.
Kipling's characters, in fact, mostly strive to live under the so-called Law of the Jungle, “which never orders anything without a reason.” The most sacred rule of the jungle is that animals never hunt and eat man, outside of rare approved circumstances. Under this guiding tenet, Kipling crafts a case study of behavior.
His animal “community” includes characters whose traits are familiarly human: a mother wolf prepared to fight to her death for a child who is not of her own body; Baloo the sleepy brown bear who has “no gift of words” but speaks the truth knowing that “learned wisdom” can protect the young; Bagheera the black panther who is a cunning, bold, and reckless creature who also knows how to listen to nature; Akela the pack leader who would save his wolf family shame by teaching them honor; Shere Khan, a Judas in the jungle, ready to betray anyone; and the gray apes who have no leader and no laws. Such types are as common among humans on the streets of any modern city as they are in Kipling's nineteenth-century Indian jungle.
When Kipling places the gentlest of souls—a child—into this wild place, he introduces an implicit challenge to the Law of the Jungle. In trying to make sense of the jungle's unspoken rules, the child, Mowgli, discovers his own creativity and natural curiosity—and naturally tests the rules. But he eventually realizes he needs the protection of those same sacred rules to survive.
And despite their anthropomorphized traits, the animals are still animals; Mowgli is different. When he prepares to leave the wolf pack for the first time to escape the marauding Shere Khan, Mowgli experiences a heartbreak that brings tears to his eyes, a human capacity unknown to his animal brothers. He struggles with his love for the mother who has raised and protected him and worries greatly that he will be forgotten by his parents. The Law of the Jungle demands many things of its inhabitants, (even that some, like Mowgli, leave the jungle) but it also provides a foundation for these bonds.
Kipling, who spent several years of his youth in an unhappy surrogate home separated from his parents, reading voraciously and learning how to write, uses the animals in his imaginary jungle to remind us—and perhaps himself—of the same important truth: that we are not alone in our struggle to live honorably and wisely, and among friends and family (whether by blood or by choice). But for those relationships to thrive they need the support of broader sacred laws and rituals; without them, life really is a dangerous jungle.
Stephanie Cohen is the founder of Lions of Literature. This essay first appeared in May 2016 onAcculturated.com.


MercatorNet

When you think about it, the Pope is the only world leader with 1.2 billion people to keep him in line. Theoretically, the Secretary General of the United Nations has more, but Ban Ki-Moon never says anything politically incorrect and no-one ever tells him off.
Pope Francis, on the other hand, has a few rather vocal critics who are pained by his spontaneous thoughts on pastoral problems to do with marriage and homosexuality, and seem to agonise over whether this pope is really a Catholic.
Well he is, says Michael Cook in a spirited defence of Francis today: “I’m a fan of Pope Francis and I don’t think that there is anything to worry about. Perhaps he should get a new press secretary, but his Catholic critics shouldn’t get their knickers in a knot.” I happen to agree.
Michael gives seven reasons why, and concludes:
THERE ARE PUBLIC men who have a gift for precision, for le mot juste, for pleasing with polished phrases, for sound bites which win votes without making waves, for promises so vague they need never be kept, for words so vacuous they can never be criticised. Spineless creatures like this are called politicians. Do Catholics really want a politician for a Pope?
Great stuff!


Carolyn Moynihan
Deputy Editor,
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