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#4 LA FIESTA: FERIAS Y ATRACCIONES
«Büchner, cuando literariamente rehace la locura de Lentz, la describe por medio de un disparatado viaje, en el que se suceden los crepúsculos ardientes, las calmas luces de las auroras, la frialdad de las noches, los soles dorados de los mediodías, y ese tiempo que no es tal para la mente enferma gira en los ciclos continuos y semeja un reloj que, a fuerza de moverse sobre el mismo circulo, parece parado.
Sin estar locas, muchas personas experimentan la necesidad de sumirse en un ciclo parecido, de huir de la historia de sus existencias y de buscar lugares en los que el transcurso tenga un sentido y una forma diferentes. Se ha dicho con razón que los viajes alteran el significado y el valor del tiempo; no es lo mismo pasar treinta días en los habituales lugares de trabajo y distracción que invertir cuatro en un viaje, no por raudo menos apasionante. Si se quiere envejecer con sabiduría o madurar por dentro, hay que saber introducir esos incisos en los que la lejanía pone su horizonte aprisionado.
Pero no siempre es posible viajar. La estación marítima, con sus grandes barcos bajo la niebla de la mañana; la del ferrocarril o el aeropuerto están a veces, muchas veces, demasiado distantes de la posibilidad inmediata. Y es urgente lanzar un puente entre unas horas de idéntico cuidado. Se puede, desde luego, ir al cine, al teatro, a presenciar un deporte, pero todo eso, a la postre, es ir a ver la vida de los demás, en la ficción de las tablas, en la pantalla, en la lucha por conseguir un triunfo que no es nuestro sino del que lo obtiene. Cansa a veces ver tantas soluciones logradas por los demás, a costa de una escenografía, un argumento y unos fotogramas.
En ese estado de ánimo, consciente o inconscientemente, muchos se acercan a ciertos lugares de su ciudad natal o de residencia, en los cuales, fija o transitoriamente, están enclavados esos conjuntos llenos de color, de formas llamativas, infantiles, girantes, que se llaman Parques de Atracciones. Es la música la que atrae, con su politonal mezcla de sonoridades y armonías, porque a la derecha suena una y a la izquierda otra y enfrente una tercera; y todas, como en una partitura de Milhaud o de Stravinsky, se combinan para formar algo deliciosamente infernal, grato de veras para los que están cansados de sus cosas y sobre todo de sí mismos.
De Ferias y atracciones, Juan Eduardo Cirlot (Wunderkammer, 2023).
El poeta y crítico de arte Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973) no fue ajeno a la fascinación que los grupos de vanguardia –el círculo surrealista o el grupo de Dau a Set– sintieron por las ferias y los parques de atracciones. Magia, misterio, vértigo y azar son algunos de los ingredientes que nos atraen secretamente hacia esos lugares de «diversión». La rueda, el laberinto, las cavernas y hasta el propio Hades son los símbolos ocultos que encierran, y que Cirlot, con su sensibilidad y erudición habituales, desvela para nosotros. Este recorrido minucioso por los parques de atracciones de la Barcelona de los años cincuenta –el Tibidabo, la sala de atracciones Apolo–, ilustrado con fotografías de Agustí Centelles, no solo es un documento entrañable de una época, sino que nos ofrece la posibilidad de sumergirnos en lo más profundo de nosotros mismos: los arquetipos que nos susurran quiénes somos al oído.
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