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Empezar un texto diciendo “según veníamos hacia aquí” suena a recurso malo de primero de monologuismo, porque lo es. Pero nos disculparás si lo usamos para contarte que según veníamos hacia aquí pensando en el libro de la semana, traíamos atronando en los auriculares el disco Futuros perdidos, de Radiadores Viejos, y algo ha resonado ahí, en ese furioso alzado musical de la ruina, con la lectura. Radiadores tocan mañana en la Sala B del CAEM, en un cartel con Miniño y Lemus. Y como nos gusta mucho repentizar hemos decidido escribir esto hoy como si fuera el borrador para un LP con unas cuantas canciones, las que salgan. Vamos allá.
Título: El despido.
Autor: Donald E. Westlake.
Traductor: Ce Santiago.
Editorial: Muñeca Infinita.
El fin de las certezas. “Hace doscientos años la gente sabía con certeza que iba a morir en el mismo mundo en el que había nacido, y que así había sido siempre. Pero eso se acabó. Hoy día el mundo no solo cambia, se precipita constantemente. Somos como pulgas que viven en un doctor Jekyll que nunca termina de transformarse en Mister Hyde”.
Westlake (1933-2008) escribió esto en 1997, cuando para acceder a Internet había que conectarse a un módem. ¿Qué pensaría de la aceleración que ha tomado todo en los últimos treinta años? Qué seríamos ahora, ¿bacterias en las pulgas que viven en…? Burke Devore, el protagonista, es un cargo intermedio en una fábrica de papel. Tiene una bonita casa, dos coches, una bonita familia. Es competente, serio. Un bonito presente. Su empresa se fusiona con una papelera canadiense. Le despiden. Lleva dos años en el paro, en medio de un proceso de deslocalización que está arrasando la industria manufacturera norteamericana. Futuro perdido.
Escribió el periodista Joe Bageant en Crónicas de la América profunda(2007): “La vida de los trabajadores como mi hijo y sus amigos me parecía tan dura, insegura y despojada de toda dignidad laboral que me entraban ganas de maldecir y llorar”. Devore no es clase trabajadora: es clase media.
Pesadillas de la clase media. “La clase media está acostumbrada a una vida sin percances. Renunciamos a lo más alto, y a cambio se supone que estamos protegidos de lo más bajo. Somos leales a una empresa, y a cambio se supone que nos proporcionan una vida sin percances. Y como no es lo que está pasando, nos sentimos traicionados”.
Dice Devore que un cargo intermedio es algo que “los jefes usan para no tener que tratar con gente que pone música country en la radio del coche”. Se siente traicionado y esa traición le llena de rabia y frustración, como aquel personaje de la película Un día de furia, que se encaramaba a su coche con maletín, corbata y un arma semiautomática. Otro Donald, Antrim, llevó la violencia implícita de la clase media norteamericana a sus últimas consecuencias en su distópica novela Votad al señor Robinson por un mundo mejor: búnkeres en los jardines, batallas en las idílicas urbanizaciones. La música alta de La zona de interés, de Martin Amis y Jonathan Glazer. Escribe “desaparición clase media” en Google, está lleno de noticias recientes. ¿Qué hace alguien mecido en el relato del éxito cuando todo fracasa?
Cueste lo que cueste. “No puedo cambiar las circunstancias del mundo en el que vivo. Estas son las cartas que me han tocado y no puedo hacer nada al respecto. Solo puedo confiar en que sabré jugar la partida mejor que los demás. Cueste lo que cueste”.
Devore desempolva una vieja Luger que su abuelo le robó a un alemán en la Segunda Guerra Mundial y decide hacer una lista de otros cargos intermedios expertos en papel de su zona que también están en el paro. Y matarlos, uno por uno. Para ser el candidato ideal hace falta estar vivo. Los juegos del hambre de la selección de personal. Los estudia fríamente, se obsesiona con ellos: sabe que no son el enemigo, que los malos son los jefes, los accionistas voraces, pero todo eso es un bocado demasiado grande. El individualismo extremo, o tú o yo, ante la ausencia de cualquier red.
Yo no soy así. “No soy un asesino. No soy un criminal, nunca lo he sido, no quiero serlo, un desalmado cruel y vacío. Yo no soy así. Me he visto obligado a hacer lo que estoy haciendo por la lógica de los acontecimientos: la lógica de los accionistas, y la lógica delos directivos, y la lógica del mercado, y la lógica de la mano de obra, y la lógica del cambio de milenio, y finalmente por mi propia lógica”.
Burke Devore es uno de los personajes más cínicos que nos hemos echado a los ojos. No quiere hacerlo, pero lo hace. Por momentos, brilla en sus ojos esa chispa del poder que ofrece disponer de la vida de los demás. ¿Seguiría haciéndolo si no lo necesitara ahora que sabe lo que es matar? En su fondo late un sentimiento de culpa fuertemente arraigado: sin trabajo no vale nada, su matrimonio se desmorona, su hijo se mete en problemas. Culpa suya, por no haber hecho lo que un hombre norteamericano de clase media necesita hacer. Es consciente de haber tenido una ética, de haber sido educado en la manera correcta de hacer las cosas. Y esa tensión, más allá de la trama, de si le pillarán o no, le aporta una profundidad moral a la novela.
Balada de Jim Thompson. Westlake adaptó al cine la novela de Jim Thompson Los timadores, una gran película de Stephen Frears por cuyo guion estuvo nominado al Oscar. Es imposible no acordarse de Thompson: sus más célebres personajes, los taimados y brutales ayudantes del sheriff en El asesino dentro de mí y 1280 almas actuaban de la misma manera, aunque sin remordimientos aparentes. Esas novelas ejercen un magnetismo perverso: te colocan como lector en el punto de vista del mal, no en el del detective que lo busca, como en la mayor parte de las novelas negras. Y esto hace también El despido. Suponemos que Thomson fue una influencia para Westlake, comparten cosas: escribir mucho, trabajar para el cine, hacer de un género considerado novelitasalgo con enormes cargas de profundidad. En una novela de su saga del patoso delincuente Dortmunder, Westlake bautizó a un personaje como Tom Jimson. El personaje era un psicópata.
Soy ese hombre (y muchos más). “Escribo como Westlake cuando estoy de buen humor, como Coe cuando estoy deprimido y como Stark cuando me siento agresivo”, dijo en una ocasión sobre las al menos dos docenas de seudónimos que utilizó en su carrera. Se sospecha de los autores excesivamente prolíficos. Escribió novelas eróticas, ciencia ficción, western, literatura infantil, parodias humorísticas. Novelas que fueron adaptadas al cine y guiones que adaptaban novelas de otros o suyas. El despido tiene dos películas: una de Costa-Gavras –siempre tan atento a las zonas limítrofes del capitalismo– titulada Arcadia y otra del coreano Park Chan-wook, el de Old boy, estrenada en Cannes el año pasado como No hay otra opción. Como Richard Stark escribió la saga de Parker, de la que existe un cómic extraordinario.
Tecnologías transitorias. “Y al parecer la idea era que una tecnología transitoria era la manera engorrosa en que la gente hacía las cosas antiguamente antes de descubrir la manera sensata en que las hacemos ahora. Y la idea que había detrás era: fijaos cuánto tiempo, esfuerzo y dinero hemos dedicado a algo que no era más que un parche temporal puentes ferroviarios, canales”.
¿Qué pensaría Westlake de esto de la IA, la herramienta ideal de la nueva fe de la productividad? ¿Qué brecha nos aguarda en la promesa de la eficiencia, la automatización, la desaparición del trabajo rutinario o del trabajo a secas? ¿Qué tipo de movilizaciones o de abandonos provocará? La situación que propone la novela y la actual se relacionan, pero en proporciones exponenciales. Tendencias aceleradas del sálvese quien pueda. Humanos transitorios ante El Gran Cacharro.
Por qué será. Un poli ha venido a su casa a hablar con él. Conversan.
“– Hubo recortes, ¿no?
– Exactamente.
– Hoy día hay un montón –comenta.
– En su gremio no tanto, creo –digo.
Se ríe, un poco cortado.
– Ya, bueno, el crimen –dice–. Una industria boyante.
– Por qué será –digo”
Ese humor malvado que también puedes encontrar en las novelas de Patricia Highsmith: cuanto se llega a un punto de tensión acumulada, siempre surge un chispazo que permite una válvula de escape. Y luego, por contraste, se vuelve todo mucho más terrorífico.
Los colores volverán a brillar. “En cuanto salga de esta. En cuanto acabe. En cuanto salga de esta y llegue sano y salvo a la otra orilla, con mi nuevo puesto, con mi vida recuperada. Entonces los colores volverán a brillar”.
A lo lejos se ve la otra orilla. ¿Se saldrá con la suya este hombre común entre los comunes convertido en asesino? ¿Habrá un final feliz que justifique los medios?
Bueno, para eso vas a tener que leerla y a ver si te lo pasas tan bien como nosotros. Tiene todo lo que le pedimos a una buena novela negra: tensión, solidez, desparpajo, ideas brillantes, dilemas morales, puñetazos en al tripa, en la nuestra.
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