Maurice Blanchot: la escritura del rechazo
La incuestionable dimensión política de la obra de Maurice Blanchot se orienta a través de dos conceptos –el 'refus' y la 'révolution'– a la búsqueda de una nueva comunidad –la de quienes no tienen comunidad– en la que tomen cuerpo y voz las experiencias desobradas, encerradas y silenciadas por la Comunidad positiva, la Ley y la Historia.
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Orfeo, músico excepcional, hijo de la musa Calíope, aquel joven que con su lira podía conmover a animales, árboles y piedras, se enamoró de Eurídice, una ninfa, y se casaron. Poco después de la boda, al ser mordida por una serpiente, Eurídice murió. Orfeo decidió entonces, devastado, hacer algo que parecía imposible: descender al inframundo, el reino de Hades, para recuperarla. Gracias a su música, Orfeo logró conmover a las almas del subsuelo, al barquero Caronte, también a Hades y Perséfone. Así fue cómo aceptaron devolverle a Eurídice, pero con una sola condición: Orfeo debía caminar delante de ella y no mirar atrás para comprobar que lo seguía hasta que ambos hubieran salido completamente del inframundo. El ascenso empezó. Preso de la duda, de la incertidumbre, Orfeo se giró para cerciorarse de que los dioses no lo habían engañado. Y en ese preciso momento Eurídice se desvaneció.
Maurice Blanchot, escritor y crítico literario, publicó en 1955 El espacio literario, un libro en el que convertía este instante, el de la traición de Orfeo y la desaparición de Eurídice, en el momento del arte. Actualizó el mito, lo repensó, para dotar de sentido la idea contemporánea de la creación. Decía que en ese gesto de girarse, en ese desafiamiento del pacto con los dioses, se contenía la verdad del momento del arte: ya sea por impaciencia o por imprudencia, Orfeo se convierte en un solitario que no puede ver eso que desea ver. Sin embargo, al volver a la Tierra, empieza a componer canciones que evocan el momento de pérdida definitiva de Eurídice y lamentan la muerte final de su amada.
En realidad, dice Blanchot, esas creaciones poéticas, esos cantos elegíacos, hablaban de algo que jamás se había visto, el rostro de Eurídice, porque justo al girarse, ella se había esfumado. Crear siempre implica, pues, algo de traición (por la negación del pacto) y algo de disimulo (por cantar algo que no se ha vivido). El espacio literario, afirma Blanchot, trasciende los límites convencionales de la realidad y el tiempo: es una experiencia en relación a la ausencia, la soledad y el silencio.
La escritora belga Amélie Nothomb también recupera este mito. En Psicopompo, su última novela, una exploración fulgurante del concepto del vuelo como forma de entregarse a la ebriedad del vacío, Nothomb confiesa: «Yo quería ser Orfeo», pese a que también sea la Eurídice de esa historia, porque hay una parte de Nothomb que muere después de que un grupo de cuatro hombres abuse de ella en la playa de Cox’s Bazar, en Bangladesh. «Yo era la tumba de aquella muerta.» Convertirse en Orfeo fue su manera particular de reunirse «con la muerta que había en mí».
Orfeo es el poeta, el que canta, como los pájaros. Orfeo es el psicopompo, aquella figura que viaja entre el mundo de los vivos y los muertos. Orfeo encarna una visión de la literatura, una nueva visión de la escritura, según Nothomb: es aquel que hace del arte algo que permite reencontrarse con los pedazos perdidos de uno mismo. Orfeo, como Nothomb, como tantos otros escritores, canta la pérdida y recupera el cuerpo. Revive la experiencia. Salva la desolación. Reconstruye el relato. Repara los muertos, incluso cuando los muertos son uno mismo. Rescata la vida. Esa es la afirmación que perdura en el libro de Nothomb: un canto al canto, a la creación, a la escritura.
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