sábado, 23 de mayo de 2026

Macbeth

«Amortajada, / inmóvil y pálida / (el trocito de manzana atorado en la garganta), / la niña / o / la princesa adolescente / encerrada en una torre, / un palacio, un jardín, / una caverna, / arrojada al foso de los cocodrilos, / exiliada en el fondo del bosque / entre temibles criaturas, / cautiva, dormida, paciente, / espera al príncipe o / a lo que sea. / Espera es una palabra fértil, / inspira y alienta, / pero, / ¿de qué color es la espera?, / ¿cuántas patas tiene?, / ¿se puede comer?» En el inicio de la película Macbeth, dirigida por Roman Polanski, las brujas aparecen en una escena muy inquietante en una playa desierta. En un ritual oscuro, entierran una mano cortada, una daga y una cuerda con un nudo. Luego preparan una poción o hechizo en un caldero, mientras recitan palabras mágicas («Double, double toil and trouble; / Fire burn and cauldron bubble»). Al final, se alejan y dejan esos objetos enterrados, como si estuvieran sembrando el destino trágico que vendrá. En la película o en el libro, las brujas son figuras que actúan sobre el mundo: se mueven sin restricciones por un espacio abierto (la playa), manipulan objetos, realizan rituales y, sobre todo, intervienen en el destino. No esperan a que algo ocurra: lo provocan. Su libertad es incluso perturbadora, porque no está sujeta a normas morales ni sociales; son agentes del cambio, del caos y de la tragedia. Muy al contrario de la niña o la princesa de este poema de Vida insecta, que encarna una existencia limitada, donde la «espera» —una espera sin cuerpo, no tangible, es decir, una actividad vacía— sustituye a la posibilidad de actuar. https://www.filmaffinity.com/es/film809978.html

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