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Ya estamos de vuelta los corsarios, con septiembre entradito, alargando los sabores del verano hasta después de Ferias, que es como llamamos en Salamanca a las fiestas de la ciudad, ese jaleillo de padrelucas, cocinas portátiles y algarabía juvenil. Nos hemos hecho esperar, pero te aseguramos que se viene una temporada, un curso, lleno de sorpresas excitantes.
Está bien eso de hacerse esperar. No se tiene noticia de títulos nuevos en verano, como si quisieran dejar su espacio a los menos nuevos, a los hasta hace nada nuevos, dejarles respirar un poco y con ellos a los libreros. Y luego llegan todos de golpe, con una puntualidad alarmante. De entre todos esos hemos elegido nuestro primer libro de la semana, Pajaritos preñados, de Andrea Abreu.
Andrea Abreu también se ha hecho esperar. Han pasado seis años desde que al comienzo del verano de 2020, aquellas épocas de confusas nuevas normalidades, empezó a crecer como una ola el rumor de que había un librito llamado Panza de burro que abría una posibilidad al deslumbramiento: la historia del verano del despertar de dos niñas contada con un lenguaje inédito –al menos para el lector peninsular–, el habla de la zona donde se crio la autora, en el norte de Tenerife. Aquello tenía una textura y un sonido pegadizo, como sintonizar de repente una emisora de radio lejana y cercana a la vez, la sensación de que aquella historia no se podía contar de otra manera que con esa literatura. Y, como en un cuento, el libro de aquella desconocida vendió miles de ejemplares y la gente preguntaba: cuándo hay más, qué está haciendo, cuándo vuelve. No se sabía, ni cuándo ni cómo iba a volver.
Es posible que durante este tiempo, Abreu se haya dedicado más a escuchar que a escribir. Porque Pajaritos preñados es la multiplicación de la apuesta, no sólo por su volumen sino por la ambición: una inmersión total en ese lenguaje que vuelve a sonar como recién hecho.
Hay un personaje llamado El Tiznado que tiene fama de saber “echar el cuento”, un gusto por narrar, por hacerlo de manera convincente hasta ese punto en el que la realidad y la imaginación no se distinguen ni falta que hace. Y la novela está contagiada por esa idea, sumergida en ella, “abierta como una caballa” a que le entre la tropicalidad por todas partes: una naturaleza indomable, plantas, animales y alimentos cercándolo todo, una atmósfera impregnada de brumas, lluvias y soles donde se mueven personajes que tantas veces se comportan como “animales vestidos”.
Tiene la novela un carácter mítico indudable. El viaje del Tiznado, opuesto al famoso rey de Ítaca, huyendo de algo que no sabe qué es hacia no se sabe dónde, quizá de sí mismo hasta los bordes mismos de la locura. La dolorosa iniciación a la vida adulta de Cathaysa, su hija, que empieza cumpliendo dieciséis y acaba con diecisiete, transformada, tres veces pretendida, casi una película de Cronenberg cuando aparecen los bichos carreteros tras la lluvia. Los hilos del destino que manejan “brujentas” del tarot, el coro de viejas entrometidas persignándose y bebiendo café dulce. La madre como figura trágica. Todo con una dualidad de fondo: el norte brumoso de las faldas del Teide y los Sures soleados donde se explayan los extranjeros, la economía de supervivencia y los pelotazos urbanísticos, la vida que se tiene y la que se desea.
Abreu convierte lo coloquial en literatura, el sonido local en algo que queda escrito como en piedra. Hay algo en su lenguaje que incorpora todo el paso del tiempo: erosión y variaciones sobre la norma. Las palabras parecen sacadas de una lengua antigua sobre la que actúan los elementos, comiéndose letras, adoptando vericuetos. Una lengua que adopta la forma de lo que no se está quieto. Más que una literatura del habla, lo que hace Abreu es una literatura de lo mutante, lo expuesto, una poética de la proximidad con el mundo.
Ese es su estilo y con él ha construido este monolito de escritura extraña y sospechamos que imperecedera, una obra mayor. La noche que leímos del tirón Panza de burro nos despertamos con una sensación de urgencia y escribimos en una de aquellas cartas diarias: “Es su primera novela. Es como empezar por donde se suele terminar”, y “Abreu seguramente tiene más novelas por delante, pero esta ya va a quedar ahí para siempre, como roca volcánica”.
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