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Del Londres de leer sabemos unas cuantas cosas. Del Londres de viajar también y se resumen en una: no vayas con poco dinero. Tal vez esto del dinero sea importante más adelante (más adelante en este texto, queremos decir).
Londres, la gran metrópoli. Charles Dickens arrastrando su insomnio por las calles, escuchando a borrachos, vagabundos y desesperados en las tabernas, mirando con sus ojos entre la niebla del Támesis, ese río que era a la vez un gran estercolero, “una imagen de la muerte”, y la vía por donde entraba toda la riqueza colonial, una especie de sumidero que tragaba todo lo que vertía la ciudad y todo lo que el mundo tenía para tomar en los territorios de ultramar.
En el capítulo titulado ’Las calles de Londres’, de su sátira colonial Música acuática, T.C. Boyle agarra a Dickens y lo pasa por aquel chiste de los Monty Python titulado ‘Los cuatro de Yorkshire’, unos ricos que compiten a ver quién era más pobre en su infancia. “Hubo una época en que las calles de Londres, plagadas de miasmas y enfermedades, eran una sucesión de estercoleros unidos en vasos comunicantes, dos veces más peligrosas que un campo de batalla y tan aquejadas de incuria como las mazmorras de un manicomio. Eran tiempos muy duros”, escribe. Y continúa con una detallada descripción de todo lo que se encontraba por la calle. El antihéroe Ned Rise, entre el fango y la alta alcurnia, el casi llegar pero no, siempre ha habido clases.
Will Self nos llevó al oscuro corazón de sus mercados y callejones ocultos en ‘Foie humano’, un cuento incluido en Hígado: un tugurio clandestino llamado The Plantation donde beben y beben y vuelven a beber gentes de toda condición, donde se mezclan artistas de éxito con hombres de negocios y otras gentes del hampa. Esa imagen de Self seguramente toma algo de la obra de Iain Sinclair, el paseante, el lector de indicios, una especie de médium entre las capas sepultadas de la ciudad y el presente, como se ve, por ejemplo, en La ciudad de las desapariciones.
Hay en Sinclair la certeza de la maquinaria pesada del comercio y la explotación haciendo crecer una ciudad que él recorre, explora y documenta desde los años sesenta: fábricas, toda la actividad portuaria, tiempos de hardware. Él ha vivido lo suficiente para asistir a un tiempo de software, donde la economía obedece a la especulación, las transacciones desde paraísos fiscales, toda esa red opaca que ha configurado la Londres del siglo XXI. Una ciudad todo fachada donde no es oro todo lo que reluce y todo lo que brilla esconde algo.
Y en esto que llega a la ciudad el periodista Patrick Radden Keefe y escribe un libro sobre esa Londres del presente, la de la apariencia.
A primera hora de la madrugada del 29 de noviembre de 2019, un joven de diecinueve años llamado Zac Brettler cae al Támesis desde un balcón del quinto piso del edificio Riverwalk, una lujosa propiedad en una zona de expansión inmobiliaria. Era el menor de dos hermanos de una familia británica de clase media-alta, pero en otros ámbitos se le conocía con un apellido ruso: se había hecho pasar por el hijo de un oligarca, ese tipo de nuevos ricos que se repartieron los muebles en la mudanza de la antigua URSS hacia el capitalismo y que en Londres encontraron tendida la alfombra roja que siempre despliega el olor del dinero. Decía que estaba metido en negocios, mucho moni en el banco. Cuando murió, la policía investigó su cuenta corriente: tenía cuatro libras. ¿Se suicidó o fue asesinado? El hijo del oligarca es su historia.
“Tengo la sensación de que ha resuelto varios asesinatos”, dijo su colega de The New Yorker, Jia Tolentino, sobre la tenacidad de Patrick Radden Keefe (PRK) para internarse en los laberintos de los sumarios judiciales. La adaptación a serie de televisión de No digas nada –su retrato coral sobre los años duros del conflicto en Irlanda del Norte y ensayo corsario del año 2020– le han colocado en una posición extraña para un periodista, alguien más acostumbrado a hacer las preguntas que a contestarlas, a prestar atención que a convertirse en su centro. Si en libros como El imperio del dolor –sobre la crisis del fentanilo en USA– y Cabeza de serpiente –la inmigración china a Nueva York– había aterrizado grandes tramas hasta el detalle, ahora pone el foco en un caso muy concreto y se mantiene muy cerca de los padres de Zac, que mantuvieron a lo largo del tiempo abierta la pregunta sobre cómo había ocurrido lo que le pasó a su hijo. El cómo es importante.
El hijo del oligarca es un compendió total de PRK: el investigador implacable en busca del dato preciso, el perfilador de personajes (algo que ya comprobamos en su magnífico Maleantes), el que amplia la mirada para ofrecer todo el contexto. El que ha depurado su forma de contar las cosas hasta llegar a un texto que es puro músculo: ese vigor del periodismo narrativo para implicarnos en una historia real con toda la fuerza de las ficciones mejor construidas, una extraña mezcla rítmica entre lo transparente y lo adictivo.
PRK huye de las estrategias tan ubicuas y sensacionalistas del true crime: no hace trampas, no inflama, no inventa hipótesis espectaculares. Busca comprender: a los padres –fuente de la que proviene la gran parte de su investigación– y su sentido de culpa, las genealogías familiares de los sospechosos –desde la Uganda colonial a la metrópoli o a los gánsteres tipo Carter–, la ciudad como un ente en transformación vendida al pelotazo, el dinero viejo y el nuevo y sus colegios de pago como vía de acceso a la élite. El pasado colonial y el presente reflejándose como espejos. Es un libro sobre la mentira, el fingimiento, la ocultación, ese camino al éxito cuya cara B acabó con la vida de un chaval de diecinueve años al que un criptobró le ardía dentro.
“Es como si la ciudad hubiera pasado directamente del siglo XIX al XXI”, dijo un periodista sobre la mentalidad del pelotazo. “Londres se está ahogando y yo vivo junto al río”, cantaban los Clash en ‘London Calling’. London Falling se titula la versión original de este libro. Gran periodismo, gran narrativa. El hijo del oligarca es nuestro libro de la semana.