domingo, 2 de julio de 2017

OGROS SUELTOS EN LOS JARDINES DESCOLGADOS DE BABILONIA || El ogro sin filantropía | Babelia | EL PAÍS

El ogro sin filantropía | Babelia | EL PAÍS

ICONOCRACIA / 7

El ogro sin filantropía

La corrupción ha dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un modus operandi que cruza la sociedad

Secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo '10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50' 57.2172” Norte y 2º 40' 5.3688” Oeste'.



Secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo '10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50' 57.2172” Norte y 2º 40' 5.3688” Oeste'.



La imagen del poder ha sido, históricamente, tan mutante como aquello que refleja. Y si hoy tiende a la simbiosis, a esa amalgama en la que política y economía han roto sus contornos, lo cierto es que hubo otras épocas en las que el poder del dinero y el poder del gobierno se diferenciaban, relativamente, en su representación iconográfica.
Tal vez convenga recordar aquella “pirámide del sistema capitalista”, que se hizo “viral” a principios del siglo XX. Con sus roles bien definidos y la bolsa de dinero ocupando el trono, allá en la punta. Desde ahí, la plantilla del expolio al completo: “Nosotros ponemos las reglas”, “Nosotros los atontamos”, “Nosotros los golpeamos”, “Nosotros comemos por ustedes”. Y todos descansando sobre los hombros de los que trabajaban para sostenerlos.
En una línea semejante, tenemos a ese burgués opulento —al que “nada humano le es ajeno”, porque es propietario de casi todo—, tantas veces dibujado por Chumy Chúmez. Y tan desdibujado hoy por la marea de un poder ubicuo al que no siempre conseguimos situar, pero que siempre acaba por situarnos a nosotros.




Secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo '10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50' 57.2172” Norte y 2º 40' 5.3688” Oeste'.
Secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo '10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50' 57.2172” Norte y 2º 40' 5.3688” Oeste'.




La tentación de personificar el poder en el Estado y en su condición monstruosa ha vivido momentos de esplendor. Así el Leviatán devastador de Hobbes. O ese Ogro filantrópico de Octavio Paz que, como diría Rubén Blades, “te da y te quita y te quita y te da”.
Hoy, en cambio, el Estado es visto como un elemento más del poder, ni siquiera el más importante, aunque los emoticonos insistan, exclusivamente, en representar a la autoridad con la policía.
La que sí se ha actualizado, un siglo después, es aquella pirámide de 1911 con la famosa teoría del 1% de Thomas Piketty. Desde ahí se desvela el crecimiento exponencial de la desigualdad en la distribución de la riqueza y, al mismo tiempo, se apunta al pacto concertado entre la política y las finanzas. He aquí el gran cóctel de este capitalismo millennial, consistente en un neoliberalismo de Estado que lo mismo atraviesa el modelo chino que las democracias occidentales, con el autoritarismo salvaguardando el crecimiento del mercado. O el mercado velando por el crecimiento del autoritarismo.




Secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo '10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50' 57.2172” Norte y 2º 40' 5.3688” Oeste'.
Secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo '10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50' 57.2172” Norte y 2º 40' 5.3688” Oeste'.




Gracias a esta mezcolanza, se han ido diluyendo las representaciones doctrinarias: la hoz y el martillo, la espada y la cruz o la esvástica han dado paso a los objetos por encima de los símbolos ideológicos. Y la reproducción hagiográfica del poder ha quedado desfasada ante el selfi infinito del dinero: el coche y la casa, los yates diurnos y las fiestas nocturnas; la obscenidad absoluta de los gastos.
El territorio propicio para esta simbiosis es, sin duda, la corrupción, que ha sido atendida por el cine, el teatro, la novela o las artes visuales. Presente en todos los estamentos, esa corrupción ha dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un modus operandi que cruza la sociedad y nos enreda a todos, aunque nos guste pensar, como Sartre del infierno, que estamos a salvo o que la corrupción son “los otros”.
Llegados a ese punto, el dramaturgo checo Petr Sourek se inventó un Corrupt Tour. Con visitas a los barrios de Praga donde viven los estafadores y mostrando sus malhabidas viviendas como “nuevos monumentos” de la nueva economía. Una forma extrema de patrimonio de la humanidad.
La corrupción ha desatado, por otra parte, una estética que oscila entre el narco y el nuevo rico, con esa repartición de “tequieros” tan propios de la camaradería dopada del atraco, sus vicios privados y sus dineros públicos.
Cuando la revista Forbes decidió incorporar en su lista al Chapo Guzmán, y a las ganancias del narcotráfico, quedó sellada esta normalización en la que ya no parece haber vuelta atrás. Precisamente, a partir de ahí, la corrupción se convierte en norma, y no excepción, de nuestro tiempo.




Secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo '10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50' 57.2172” Norte y 2º 40' 5.3688” Oeste'.
Secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo '10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50' 57.2172” Norte y 2º 40' 5.3688” Oeste'.




Figuras como el hombre hecho a sí mismo desaparecen, entonces, del imaginario colectivo a la misma velocidad con la que queda cancelada la posibilidad de que el tesoro privado nos sirva para contar la historia del individuo en el capitalismo. Ahora el botín se consigue en el erario público. Y el viejo capitalismo en el que el emprendedor conseguía su riqueza a pesar del Estado, ha dado lugar a la figura del corrupto que sostiene su riqueza gracias al Estado.
Poco importa que sean los mismos que predican contra los males del gobierno y que, en consecuencia, se dediquen a achicarlo por la vía rápida del desfalco.
Un Estado al que, eso sí, se le deja la monstruosidad del Leviatán pero se le arrebata su capacidad para repartir algo de riqueza o paliar algo de miseria. Un ogro al que se le mantiene su fase represiva y, al mismo tiempo, se le va despojando de su filantropía.

2 comentarios:

Elisabeth dijo...

KARMELO BERMEJO: BUSCAR Y NO ENCONTRAR. EL ARTE COMO MAPA DE UN TESORO A LA VISTA
Javier González Panizo
El mundo es trasparente, se nos dice. El secreto ha terminado no por deglutirse sino por remitir a una paradoja fundacional para nuestra sociedad: que el secreto está a la vista. No hay encriptación o clave de seguridad que no pueda romperse. Todo está, literalmente, a la vista. Pero, al mismo tiempo, la sospecha de impostura campa a sus anchas. No hay ámbito de producción que, pese a gozar de una hipervisibilidad absoluta, no cargue con un quantum de inherente sospecha: es todo tan perfectamente falso que apenas acertamos a balbucear algún resquemor, alguna queja. El juego de manos se realiza ante nuestros ojos pero por ello no dejamos de ser engañados.
Desde esta perspectiva, la pieza de Karmelo Bermejo (Málaga, 1979) no es sino una inversión en las coordenadas ideológicas en las que nos movemos: esconder algo para que los resortes ideológicos dinamiten el consenso estipulado. Porque, ciertamente lo sabemos todos: el arte sobrevive fagocitado en formas de estatalización e institucionalización que hacen que el producto resultante no sea sino un ejercicio panfletario de simulación. Pero a través del gesto del artista ese saber, que nos esforzamos por no ver del todo pese a que, como decimos, se encuentra a la vista, rompe su estado de postración, de silencio condenatorio, para hacer saltar las medidas de seguridad del sistema y situarse desnudo ante nuestros ojos.
En definitiva: si el sistema opera haciendo gala de un régimen de hipervisión desde el que no caben ya ámbitos de sombra, Bermejo da la vuelta a la situación para mostrarnos el reverso ideológico de tal sedimentación ideológica del saber. El resultado, pese a que lo sabíamos, no deja de ser desconcertante: no solo es falso que no existan zonas de sombra, sino que el mundo entero ha devenido una fantasmagoría de una realidad para la que hemos perdido cualquier clave de acceso.
Lo que sucede es que, confundiendo las churras con las merinas, nos creemos en posesión de un mundo-imagen global cuando somos nosotros los efectos de superficie de un juego chinesco de sombras. No es que el saber esté ya a la vista: es que para esta situación nuestra de genuflexión constante a los primados del espectáculo mediático –y el arte no es sino uno de los más capaces regímenes de producción llamados a glosar las bondades del sistema–, cualquier saber nos vale pues todo saber en un mundo falso es tan falso que puede pasar por verdadero sin dificultad alguna.
Y es que –y la referencia a la obra en concreto que comentamos no es simple casualidad– el saber, nuestros saberes, no nos ayudan a encontrar el tesoro escondido en medio de la isla sino, precisamente, a no toparnos con él. No queremos –porque ni siquiera podemos– ver otra cosa que aquella que las tectónicas ideológicas nos han puesto sobre la mesa con el aviso previo de que, si somos buenos, podremos ver más, mucho más. Porque, como reza el frontispicio de nuestra escena ideológica, todo está a la vista.
La conclusión tiene que ser obvia: estamos de acuerdo en que quizá haga falta empezar a sabotear al sistema. Y, además, sabiendo que la única posibilidad es hacerlo desde dentro. Porque no hay más allá, no hay exterioridad, no hay ningún punto de apoyo arquimediano desde donde poder realizar la maniobra de desvelamiento. Todo tiene que remitir a una inmanencia de sentido que en su emerger se deje atrapar ella misma en forma de paradoja manifiesta, de indecibilidad capaz de interceptar el sentido consensuado de un saber que solo puede ser ya ideológico.


http://blogeartemadrid.blogspot.com.es/2016/04/karmelo-bermejo-buscar-y-no-encontrar.html

Andrea dijo...

EL TESORO (PÚBLICO) ENTERRADO

Iván de la Nuez

Ni cofre en la jungla ni barco hundido. Ni náufrago solitario que, varado en isla remota, acaba encontrando fortuna.

No Salgari, no Stevenson, no Verne. No Smith, no Marx, no Keynes.

En su última obra, Karmelo Bermejo (Málaga, 1979) planta una lápida de bronce en el suelo del centro de una ciudad española y nos ofrece las coordenadas de una nueva patente de corso que los antiguos maestros no imaginaron. Estamos ante una cancelación lapidaria —valga la obviedad— de aquellas tramas en las que el tesoro privado trazaba la ruta de una historia individual del capitalismo.

Ahora, quien quiere raudal, busca primero en el erario público. En esas arcas donde se consigue botín gracias al uso y abuso de un Estado que ya funciona como vehículo idóneo para el enriquecimiento individual. En esa circunstancia, no hace falta simular enigma alguno porque el misterio está a la vista de todos. Entre otras cosas, porque es patrimonio de todos.

10.000 euros de dinero público enterrados.

He aquí el título de esta pieza que enlaza a Richard Serra con Edgar Allan Poe. Una escultura que entierra el mito del hombre hecho a sí mismo como modelo de virtud y, a la vez, desentierra la corrupción como el grado cero de una sociedad que se deshace por cuenta ajena. Lejos de aquel capitalismo seminal en el que el individuo conseguía su riqueza a pesar del Estado, el corrupto obtiene su riqueza gracias al Estado. (Así es capitalista cualquiera.)

Estamos, también, ante una obra sobre el arte y su relación con el dinero público. Con ese glamuroso 1% del sector —la élite del Sistema— dedicado a la construcción de sus carreras privadas como directores, artistas, comisarios…, con los fondos de todos. Carreras bien aliñadas, faltaría más, con esa hipocresía que les permite seguir proclamando que los corruptos, los ambiciosos o los tramposos —como el infierno sartreano— son “los otros”.

Por eso, si queremos detectar la verdad última de la economía del arte no debemos fijarnos en el discurso, sino en la dirección del tráfico: en esa conducción temeraria que traza el camino que va desde el dinero público hasta la gratificación privada.

Ya Picasso decía que no hay arte sin robo (él mismo no tuvo remilgos al respecto). Pero el devenir del arte puede ser visto, también, como la historia de un regalo; la larga marcha de un ofrecimiento que no siempre ha de remitir a una transacción o involucrar al Estado, el Mercado o el derecho.

Algo de esto encontramos en esa pieza que Karmelo Bermejo ha plantado en suelo español. Una bomba lapa programada para hacer saltar por los aires la verdad desnuda de nuestro último expolio.

Karmelo Bermejo, 10.000 euro of public funds buried / 10.000 euros de dinero público enterrados. Latitud Norte 42º 50’ 57.2172” y longitud Oeste 2º 40’ 5.3688”.