sábado, 27 de enero de 2018

ENTRE NOSOTROS Y LOS OTROS :: Extraterrestres de todos los colores | Cultura | EL PAÍS

Extraterrestres de todos los colores | Cultura | EL PAÍS

Extraterrestres de todos los colores

La imaginación ha compensado con creces en la literatura y el cine la imposibilidad hasta el momento de ver alienígenas reales







¿Quién no recuerda a su primer extraterrestre? Hagan memoria. El mío tenía aspecto de lagarto y era muy malo. Se llamaba Kloon y ejercía de consejero supremo de la flota imperial galáctica de los Lacertus, una raza alienígena reptiloide y huraña que procedía de los rincones más oscuros de la galaxia e invadía aviesamente nuestro sistema solar para esclavizarnos. Afortunadamente se topaban con el as espacial Jim-Alton Lowell. Los Lacertus aparecían en Se cierne la muerte, 22ª entrega de la serie de tebeos de la editorial Vértice Galaxia Ilustrada. Yo tenía nueve años cuando los conocí, pero nunca los he olvidado. Anticiparon los escalofríos de las lagartas comerratas de la serie de televisión V y precedieron a una larga lista de alienígenas, entre los que figuraban los no menos inquietantes, aunque antropomorfos, guerreros Skorpi, mortales enemigos de Flash Gordon comandados por el siniestro Barón Dak Tula —parece una prefiguración de Dark Vader y era también un gran piloto—, y las diversas razas de Mongo, como los hombres halcón del príncipe Vultan.
Hay que ver la cantidad de extraterrestres que se encuentra uno en la vida. Los melancólicos marcianos de ojos amarillos de Ray Bradbury; los pillastres que materializó Tim Burton para que desmaterializaran, precisamente, a Jack Nicholson en Mars Attack!; los vulcanianos y vulcanianas (¡comandante T’Pol!) de Star Trek; los humanoides del Área 51; el océano pensante de Solaris, de Stanislaw Lem; el popurrí galáctico de la cantina de Mos Eisley (en puridad todos los personajes de La guerra de las galaxias son extraterrestres)…
La ciencia no ha dado aún con ninguno, pero la imaginación, en libros, cómics o películas, nos los ha mostrado de todas las formas y colores (incluso azules como los na’vi de Avatar). Y humores. Ha habido una mayoría de seres de otros mundos malvados e intimidatorios, de aspecto que tiraba para atrás (entre mis favoritos, el terrible Alcaudón de la novela Hyperion, de Dan Simmons, cubierto de pinchos y cuchillos), aunque también los hemos tenido amables (con regalos, pese a que no se explicaran bien, como los recientes de La llegada) y hasta tiernos y divertidos, como los de Mi marciano favorito y Alf, y sobre todo el gran icono de la bondad extraterrestre, E. T., con aquellos ojazos (su rostro se basó en el de un perro carlino o pug) y el dedito más famoso del universo. En todo caso, es importante no fiarse demasiado de las apariencias. Un feroz wookiee como Chewbacca puede ser un tipo legal, o unos seres con cola de demonio, los grandes padrinos de la humanidad (en El fin de la infancia, de Arthur C. Clarke). En cambio, hay que ver qué malas pulgas gasta la bellísima Sil (Natasha Henstridge), la criatura de ADN alienígena hambrienta de sexo en Species.
Por lo general, los malos se parecen a insectos, gusanos, reptiles, cefalópodos y peces, mientras que los buenos se asemejan a mamíferos
El concepto moderno de extraterrestre aparece a final del XIX con los progresos de la astronomía y las nociones de evolución y adaptación de las especies al medio. Hasta entonces, salvo algunos adelantados como Bernard de Fontenelle y sus Discursos sobre la pluralidad de los mundos(1686), la especulación sobre seres de otros planetas consistía simplemente en poblar los cielos y los astros con seres extravagantes como los que se imaginaba que existían en los rincones ignotos de la Tierra.
Eso no quiere decir que no hayamos seguido enviando al espacio nuestras ideas de extrañeza y monstruosidad y los bichos más raros (o algunas de sus características) de nuestro propio planeta: Alien, el famoso octavo pasajero, no deja de ser un molusco mutante muy cabrón, y por regla general los alienígenas malos se parecen a insectos, gusanos, reptiles, cefalópodos y peces (con la excepción de los honrados calamarianos de la Alianza Rebelde), mientras que los buenos se asemejan a mamíferos.
Pero el intento de imaginar extraterrestres con visos de realidad no era posible antes de Darwin y Lamarck, antes de saber cómo funciona, se desarrolla y se modifica la vida influida por lo que la rodea. A Stanley G. Weinbaum se le acredita haber sido el primero, en los años treinta del siglo XX, en inventar extraterrestres plausibles, con sus propias razones para existir, como Tweel, la pseudoavestruz inteligente de Una odisea marciana (1934).
Es cierto que la visión darwinista de la lucha por la existencia produjo (y sigue produciendo) una verdadera invasión, y valga la palabra, de alienígenas hostiles que van a por todas, un estereotipo que tiene su mejor ejemplo en los marcianos de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, y que llega hasta los invasores de Independence Day. Con ellos no hay negociación posible, es su exterminio o el nuestro. Y lo llevan escrito en la cara. Eso los del filme de Roland Emmerich, porque los de Wells no tienen ni cara; su descripción es de las más espantosas que ha hecho jamás la ciencia-ficción: “Los que no hayan visto un marciano vivo se imaginarán difícilmente el horror extraño de su aspecto, la singular boca en forma de V (…), el gorgóneo grupo de los tentáculos (…)”. En la novela se afirma que un espécimen de marciano se conserva en los fondos del Museo de Historia Natural de Londres, por si alguien se anima a ir a buscarlo. Afortunadamente son asexuados, porque solo nos faltaría. Se limitan a alimentarse de nosotros.
Otros muchos extraterrestres han sido, en cambio, muy rijosos, con una predisposición especial hacia las terrícolas bien formadas (toda una galería de ellos, solazándose con ellas, ilustró las portadas de las revistas pulp del género). En eso, como en muchos otros rasgos de las razas alienígenas, el militarismo, el machismo, el racismo o las pulsiones genocidas, lo que hemos hecho es proyectar en el espacio nuestras peores características y morbosas fantasías.
A menudo, los seres de otro mundo imaginados han tenido apariencia humana. Unos porque eran naturalmente así (Klaatu, el protagonista de Ultimátum a la Tierra) y otros porque trataban de camuflarse (los de la serie televisiva de los años sesenta Los invasores o los de La invasión de los ladrones de cuerpos). Por supuesto que hacer que los extraterrestres invasores sean como nosotros es una buena manera de sospechar de nuestros semejantes, algo de lo que tomó buena cuenta el macartismo.
Todo apunta, sin embargo, a que los habitantes de otros mundos deben ser no solo distintos a nosotros, sino muy distintos, incluso extravagantemente distintos. La ciencia-ficción más seria ha tratado de imaginar extraterrestres plausibles. Uno de los intentos más esforzados fue el de Hal Clement, que en sus novelas —usualmente verdaderos tratados de física aplicada— describió alienígenas producto de las condiciones de su mundo. Es el caso de los habitantes de Mesklin, ciempiés inteligentes cuya fisonomía es resultado de vivir en un planeta superjoviano (que no jovial) con una gravedad aplastante. Si usted viera un mesklita —aunque se tratara como en Misión de gravedad (1953), de Hal Clement, del capitán de una nave local—, seguro que lo pisaría con asco, lo que sería no solo un error, sino una desgracia.
Probablemente la criatura alienígena más perturbadora que ha imaginado la ciencia-ficción, en dura competencia, sea Jeannette, la insectoide que se aparea muy explícitamente con el protagonista humano de Los amantes, de Philip José Farmer, que tanto escándalo provocó en su día (1961). Parece una chica de buen ver, pero en realidad es una lalitha, un parásito mimético de aúpa… En fin, es de temer que criaturas tan interesantes vamos a tardar en encontrarlas por esos mundos. De momento toca seguir imaginándolas.

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